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Ah, qué tiempos. Cuando combatíamos a la oligarquía y a los gobiernos autoritarios del PRI, las marchas eran una parte obligada de nuestra vida, casi un hobbie. “¿Vas a la marcha este domingo?”, preguntaba un amigo o familiar. “¡Claro! ¿Contra qué es?”, respondía uno.
Sí, éramos muy antisistémicos. Quizá demasiado. Pero, ojo: también estábamos combatiendo un régimen cerrado, autoritario, corrupto hasta la médula y –más que nada– que había cometido numerosos asesinatos. Estábamos luchando contra el priismo más despiadado, ese que el PRI de hoy finge que nunca existió.
Cuando llegó la democracia a México, con el triunfo de Fox, no estuve entre los alegres. Cualquiera sabe que la verdadera lucha por democratizar a nuestro país la dio la izquierda, mientras el PAN recolectaba las migajas del poder. Pero Fox ganó bien, limpiamente. Sacó al PRI. Y eso es muchísimo.
Antes de eso, cuando vivíamos combatiendo al sistema teníamos una perpetua frustración: el conteo de la SSP de los asistentes a las marchas. Nadie –ni el priista más recalcitrante– negará hoy que el gobierno del Distrito Federal siempre calculaba para abajo la cantidad de personas que iban a una marcha.
Así, si éramos 100 mil contra el Fobaproa, la SSP decía “20 mil”. Si éramos 250 mil contra el TLC, la SSP decía “60 mil”. Si éramos 50 mil contra la privatización de Telmex, el gobierno decía “15 mil”. Era frustrante y, en una época de muy pocos medios independientes, la perdición. No importaba que hubiera cientos de miles, siempre nos aplastaban con las cifras.
Todo eso cambió con el gobierno de Andrés Manuel. En esa época, la SSP se volvió “selectiva”. Si la marcha era contra el desafuero y asistían 80 mil, la SSP calculaba “200 mil”. Si la marcha era contra la delincuencia y asistían 100 mil, la SSP calculaba “20 mil”. Así, nació la comodidad de lo que yo llamo “el antisistémico selectivo”, que están contra algunos sistemas y, en otros casos, totalmente a favor.
Paradojas de la democracia. Pasamos de que las marchas eran buenas y las acciones del gobierno eran malas, a un nivel de matiz único: si son de mi partido, re bien; si no, todo mal. Ojo: es enseñanza priista. Cuando en 1997 Cárdenas ganó el GDF, el PRI pasó de ser un partido sumiso y obediente a uno rijoso y pandillero. El Inge tuvo que lidiar con los cientos de “Noroñas” del PRI, que aún hoy son los líderes de ese partido en el DF, al punto que son un partido con un famoso dipuporro. Y se preguntan por qué nadie vota por ellos.
Eso es lo que estamos viendo en la política pública hoy, con una nitidez increíble. El gobierno dice –con razón– que Luz y Fuerza del Centro es una empresa quebrada e insostenible, y que su sindicato es corrupto, clientelar y disfuncional. Todo cierto. Acaben con ellos. Pero, eso sí, el sindicato de maestros que preside Elba Ester Gordillo es –misteriosamente– un ejemplo de eficiencia, honestidad y decencia.
Para las mal llamadas fuerzas de izquierda –una verdadera izquierda jamás sería defensora de los miles de aviadores del SME– dicen que no: que este sindicato es el bueno y lindo, que no debe cambiar nada, y nos vamos a la calle con ellos.
Entonces, de forma misteriosa, la SSP calcula re bien los asistentes: 150 mil. Me parece perfecto y les creo. Pero, como bien escribió Denisse Maerker en El Universal, este caso es otra de nuestras nuevas paradojas democráticas: si el gobierno “negociaba” el cierre de LyFC, igual habría habido miles de manifestaciones, tomas y sabotajes. Igual se habría convertido en una guerra sin cuartel. Así que, aunque uno puede ser muy crítico de la forma en que el gobierno de Calderón decidió resolver el tema –de forma autoritaria–, todos sabemos que tratar de solucionarlo “en buena onda” no tenía ningún futuro. En nuestro país todas las posiciones moderadas son avasalladas y convertidas en polvo. Siempre gana el que grita más fuerte.
Esa es la tragedia de México y la razón por la que estamos quedando en la retaguardia de América Latina: por un intrínseco e incontrolable instinto de ceguera. Todos sabemos que LyFC era una compañía pésima. Todos los que hemos recibido sus servicios sabemos que se quedaron atrapados en los 70 y son irremediablemente ineficientes. Ni el sindicalista más rabioso lo puede negar. Pero tampoco creo que la solución sea mandarlos a todos a la calle. No puedo creer que la única forma de lidiar con el tema sea con policías.
La marcha del SME, curiosamente bien resguardada por el gobierno del DF, demostró su fuerza y convocatoria. Pero fue, ironías del destino, una marcha conservadora. Una marcha digna de Pro-Vida. Una marcha para todos aquellos que creen que el status quo está funcionando y nada debe cambiar.
Este es el punto: antes, la SSP calculaba que nadie iba a las marchas. Después se volvió selectiva y sólo las marchas “progresistas” recibían un conteo justo. Y ahora, otra vez, son las marchas conservadoras las que son apoyadas por el sistema. Las marchas a favor del clientelismo, del charrismo y la corrupción. El DF es, otra vez, gobernado por conservadores.
Chale.
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