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Nicolas Sarkozy nominó a su hijo Jean, estudiante de 23 años, como presidente de la junta directiva de EPAD, el cuerpo público que gestiona el mayor distrito financiero de Europa, La Défénse
Como siempre, esta columna no deja de regodearse cuando tiene la oportunidad de decir “se los dije”. Claro, en este caso “se los dije” a los franceses, que difícilmente me leen. Pero no por eso deja de ser cierto.
Hace un par de años, mientras se llevaba a cabo una dura campaña presidencial entre Ségolène Royal —candidata socialista— y Nicolas Sarkozy —representante de la derecha— advertimos aquí que de ganar Sarkozy (cosa que las encuestas pronosticaban) habría un profundo desencanto y decadencia del gran país que alguna vez fue Francia.
Pero noooo, a pesar de ser el candidato del partido gobernante —así fuera enemigo del entonces presidente Jacques Chirac— los franchutes pensaron que votaban por la renovación. Por alguien fresco y nuevo, por una reencarnación de Napoleón que los sacaría del traspatio europeo y los volvería a colocar a la vanguardia.
El pronóstico se cumplió con rapidez: Sarko dedicó casi todo su primer año como presidente a su demencial cortejo con Carla Bruni, frivolizando su investidura y reduciendo el rol presidencial a las páginas rosas de los periódicos.
Una vez establecida su relación —y bien humillada su esposa previa— Sarkozy no supo qué papel jugar en el concierto internacional. Destacan entre sus logros el haber construido una amistad con el longevo dictador libio Muamar el Gadafi, acusado de una serie de ataques terroristas. Pero además de hacerse amigos, Sarkozy también decidió seguir el ejemplo de Gadafi en al menos un aspecto.
A mediados de octubre, el gobernante libio designó a su hijo Seif el Islam para ocupar el puesto de “coordinador de los comités populares y sociales”, el segundo en importancia en el país y casi equivalente al de jefe del Estado, según informó el diario Oya.
Tan sólo unos días después, probablemente inspirado por aquél gran líder, el presidente de Francia nominó a su hijo Jean, estudiante de 23 años, como presidente de la junta directiva de EPAD, el cuerpo público que gestiona el mayor distrito financiero de Europa, La Défénse.
Este cargo, sin salario pero de altísima influencia política, le permitiría a Sarko Junior entrar a las ligas mayores y empezar a construir su propio camino político, que hasta ahora ha dependido por completo de la influencia de su santo padre.
Pero —maldita sea— la escasa prensa crítica que existe en Francia (realmente escasa) y una buena parte de la opinión pública reaccionaron con comprensible indignación: ¿quién es realmente este chaval para ocupar dicho cargo? ¿Qué experiencia tiene, fuera de ser el hijo de su papá?
Sarkozy reaccionó como siempre reacciona ante los cuestionamientos: indignadísimo. “¿Por qué —gritó el presidente de Francia— linchan a mi pobre hijo? ¿Qué les ha hecho él? ¡Les juro que es un tipazo!”
Y pasó eso que tanto odia cualquier gobernante: bajó en las encuestas. De pronto, lo indefendible de la propuesta se volvió tan abrumador que en los Campos Elíseos la voluntad presidencial —casi sagrada en Francia— se volvió dudosa. Muchos lo dijeron: la tierra de Víctor Hugo se ha convertido en una república bananera. Como Libia. O México.
Entonces Sarko Junior, embebido en una profunda dignidad, fue a una entrevista televisiva en la que denunció un linchamiento mediático producto del profundo resentimiento de algunos, e hizo el sacrificio máximo: “por amor al pueblo —explicó con su voz púber y su acento fresa— no aspiraré a ser presidente de la EPAD”. Se veía de lejos su corazón sangrante. El pueblo se sintió amado y lo alabó.
Me recordó muchísimo a esos funcionarios del preescolar de Calderón que cada vez que son cuestionados aseguran que ganaban más cuando trabajan en la empresa de su familia y que son secretarios por sacrifico patriótico.
Pensé entonces, ¿somos realmente tan diferentes? ¿Es Francia mejor que nosotros o son igual de bananeros? Hoy, la respuesta es clara. Porque cuando el hijo del Presidente se hace la víctima ante toda la sociedad porque hay resistencia a que cumpla sus caprichos, no podemos más que apreciar el efecto profundo que tiene un gobernante mediocre incluso sobre un país poderoso. Imaginen lo que pasa cuando una seguidilla de presidentes mediocres gobierna un país en desarrollo. Desastre total.
Mientras escribo esto, Jean fue designado miembro del Consejo de la EPAD, más no presidente como añoraba. Hará lo que las Juanitas en el Congreso mexicano: esperará a que se asiente el polvo y volverá a operar su artimaña, ya que nadie esté prestando atención.
Y, como México, Francia seguirá esperando que llegue una clase política capaz de sacarlos adelante. La paciencia es, al final, el único consuelo de los pueblos.
apascoe@cronica.com.mx |