Opinión


Woldenberg tiene razón

Woldenberg tiene razón | La Crónica de Hoy

En una entrevista realizada por Teresa Morena a José Woldenberg (El Universal 15/09/2020), éste dijo, entre otras cosas: “A veces desde el propio gobierno no se entiende una verdad elemental: que un país de las dimensiones de México, masivo y contradictorio, no cabe ni puede caber bajo el manto de una sola ideología, concepción, interés, discurso o voz.” En efecto, el Presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador, descalifica a quienes piensan de manera diferente de él tachándolos de “conservadores”.

Para reforzar este aserto, el autor del libro Las ausencias presentes, afirma: “Hay una pulsión gubernamental que quisiera que en el espacio público existiera una sola opinión. No son capaces de valorar lo que significa la diversidad política e ideológica que palpita en el país.”

No podemos pasar por alto—como lo dice el entrevistado—que en la década de los 70, los medios de comunicación estaban alineados con el poder, pero desde entonces se ha avanzado un largo trecho hacia una mayor pluralidad e independencia: “La reforma política de 1977 permitió la entrada a la escena institucional de nuevos partidos políticos a los que se les mantenía marginados y pudieron aparecer en radio y televisión en los tiempos oficiales. Eso hoy puede parecer un anacronismo, pero en aquel momento tuvo un enorme impacto. De ahí venimos y poco a poco los medios se fueron abriendo al pluralismo. Nos fuimos acostumbrando a que en México los medios reproducían muy distintas voces, muchas de ellas confrontadas entre sí.”

Pregunta: “¿Por qué Mostrar sólo una versión de la realidad desde Palacio Nacional?”

Respuesta: “Cuál es la diferencia entre la democracia y otros regímenes de gobierno? La democracia ve como algo natural, saludable, e incluso como una riqueza que existan diferentes corrientes de pensamiento y que éstas puedan recrearse en el espacio público. Los regímenes autoritarios, dictatoriales, totalitarios y teocráticos creen que hay una sola verdad, un solo discurso válido, una sola ideología, por ello combaten cualquier punto de vista o aproximación a la realidad que se aparte de su canon.” Esta argumentación se liga con otra: “veo que el espacio público se empieza a degradar y que la tolerancia que debería presidir las acciones gubernamentales es guardada en un rincón y lo que se activa son resortes autoritarios…” En efecto—digo por mi parte—asistimos, a una regresión política que está echando por la borda el esfuerzo colectivo que se hizo en México al forjar la transición a la democracia desde un gobierno autoritario. Ese empeño costó vidas, persecuciones, desapariciones encarcelamientos, torturas y deportaciones. Me refiero al 68, al Jueves de Corpus y a la Guerra Sucia de la primera mitad de los años 70.

La democracia por la que hemos luchado a lo largo de tantas décadas muchos mexicanos y mexicanas hoy está amenazada. Enfrentamos una involución autocrática peor de la que salimos: un populismo exacerbado.

Me explico: desde Aristóteles los clásicos del pensamiento político han distinguidos el poder del padre sobre los hijos (ex natura); el poder del amo sobre el esclavo (ex delicto) frente al poder político (ex contractu). El problema es que, cuando el poder político se confunde con el poder del padre, da lugar a una forma degenerada, el paternalismo; cuando el poder político se mezcla con el poder del amo, da lugar al despotismo. La liberación del poder político de esas lacras significa que los seres humanos alcanzaron la mayoría de edad, la ciudadanía no sólo en términos cronológicos sino también cívicos (mentales). Por eso Immanuel Kant afirmaba que el paternalismo es el peor despotismo que pueda existir. Pues bien, ese es exactamente el populismo (paternalismo y despotismo a la vez).

   El Peje a veces se comporta como el padre dadivoso con sus programas sociales; en otras ocasiones procede como un déspota al referirse a sus detractores. Allí la doble faz del populismo (con tintes religiosos).

Una última observación: La noche del 15 de septiembre, en el Grito de Independencia, a López Obrador se le olvidó mencionar a Aldama, Quinta Roo, los Bravo, los Galeana, y sí a la esperanza. Eso me recordó el evento que se llevó a cabo del 18 al 20 de octubre de 1984 para celebrar los 75 años de Norberto Bobbio: hubo una gran cantidad de ponentes y al final, Bobbio tomó la palabra. El último párrafo de su discurso dice así: “Uno de los entrevistadores de ayer me preguntó: “¿Qué es lo que espera, profesor? Le respondí: ‘No tengo ninguna esperanza. En cuanto laico, vivo en un mundo en el que es desconocida la dimensión de la esperanza’. Me explico: la esperanza es una virtud teológica. Cuando Kant afirmaba que uno de los tres grandes problemas de la filosofía es ‘qué debo esperar”, se refería al problema religioso. Las virtudes del laico, son otras: el rigor crítico, la duda sistemática, la moderación, el no prevaricar, la tolerancia, el respeto de las ideas ajenas, virtudes mundanas y civiles.” (Id. “Congedo”, in, Luigi Bonanate & Michelangelo Bovero, Per una teoria generale della politica (Scritti dedicati a Norberto Bobbio), Firenze, Passigli, 1986, p.253)

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