La Crónica de Hoy | La imagen del éxito

La imagen del éxito
Fernando Escalante Gonzalbo | Opinión | Fecha: 25-jun-02 | Hora de creación: 00:00:00 | Ultima modificación: 01:45:31
No sé si nuestro tiempo llegue a ser digno de recordarse por algo; en todo caso, entre los rasgos más notorios y característicos estará sin duda nuestra predilección por el espectáculo, nuestra inclinación a fabricarnos mundos de fantasía y vivir realidades imaginarias. Alguien descubrió, hace unas décadas, que no había nada que no pudiera remediarse con la publicidad, manejando unos cuantos deseos, temores y resentimientos; es decir, que los seres humanos somos en general apocados, cándidos y de buen conformar, que cuando las cosas no pueden cambiarse, nos basta con hacernos la ilusión de que son distintas. Incluso en lo más tangible e inmediato, casi siempre pueden darnos gato por liebre, siempre que se sepa cómo aderezar al animal.
En eso se distingue nuestra época de otras anteriores. El personaje ideal de nuestro tiempo, el que encarna las virtudes más típicas, no es el guerrero ni el estadista, no es tampoco el empresario ni siquiera el gerente, sino el vendedor: una mezcla de charlatán, ilusionista y estafador, cuya ambición consiste en vender estiércol como si fuese oro, sin tomarse la molestia de transformarlo. Lo triste es que puede hacerse y se hace todos los días; acaso sea difícil la primera venta, pero las demás siguen cada vez con mayor facilidad. Todo es empezar. A continuación, la venta misma se convierte en publicidad para seguir vendiendo: se anuncia el libro más vendido, el refresco más vendido, el candidato más popular, lo que sea, y a falta de otro criterio queda un gregarismo irreflexivo, insondable, que es la materia prima de toda la mercadotecnia.
De ese fenómeno se ha sacado una conclusión fundamental para los negocios, para la política, para todo: la clave está en aparentar que uno tiene éxito, en simular o anunciar que uno tiene éxito. Lo demás viene por añadidura. La imagen del éxito es el éxito. No importa que uno sea un pelanas, incapaz de vender una escoba, no importa que uno tenga una empresa quebrada o un país quebrado, lo único que cuenta es ofrecer el aspecto de un triunfador: presentarse sonriente y entusiasta, pregonar que uno es un gran vendedor. Las ventas siguen a las ventas, o a la publicidad de la venta, que es casi igual. Por eso importa tantísimo arreglar los números de la economía de modo que ofrezcan una imagen imponente, de éxito imparable, por eso importa apuntalar las cotizaciones de las empresas aunque no valgan nada o alardear de los éxitos políticos, aunque sean imaginarios. La imagen del éxito es el éxito.
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Por supuesto, tarde o temprano alguien tiene que pagar por todas esas fantasías; tarde o temprano hay algún listo que carga con el santo y la limosna y esos mundos fantasiosos se derrumban dejando un rastro de ruinas, de tramas sórdidas y de miseria y de indignados compradores de estiércol, que creían estar acumulando oro. La historia de las últimas décadas, en el mundo entero, está llena de casos así: las empresas de internet, las grandes fusiones, los milagros políticos y económicos, todo un espectáculo de eficiencia y modernidad modernísima que resulta ser el montaje de una timba de tramposos. Eso: la sabiduría y la habilidad del vendedor, la clave del éxito, que es lo que en otros tiempos, menos dados a la retórica, se llamaba estafa.
Sin tanta especulación, puede verse dondequiera. La semana pasada, sin ir más lejos, la banca mexicana (es un decir) anunció que había triplicado sus utilidades, y eso con una tasa de interés bajísima y sin otorgar ni un crédito: un caso verdaderamente ejemplar de las virtudes de la competencia y la globalización. Lo mismo, igualito, que la banca argentina (es un decir) poco antes del cataclismo, poco antes de que esa apabullante banca internacional se convirtiera en una pobrecita banca local que no tiene ni el dinero que se había depósitado en ella. O bien, mirando hacia otro lado, está el éxito deslumbrante de nuestro sistema de educación superior: los notables que nos gobiernan han descubierto que se puede hacer cada vez más con cada vez menos, y ahí están los números, cada vez más estudiantes y más artículos y más libros gastando cada vez menos, pagando cada vez menos a los académicos; un milagro de eficiencia, que les permite acariciar el ideal de hacerlo casi todo con casi nada, ahí están los números. Un éxito fabuloso. Hasta que a alguien se le ocurra pedirle a un licenciado que haga una suma o que lea una página de corrido.
Es el espíritu del tiempo. Nos gobierna una generación que se educó leyendo a Og Mandino (ese simpático embaucador que descubrió que Jesucristo había sido "el vendedor más grande del mundo"). Nos gobierna una generación de vendedores. Sirve de ejemplo, para quien le guste, el jefe López, que ha subido y sigue subiendo a base de vender democracia, más democracia, mucha más democracia, y exhibir encuestas que dicen que sería el político más votado; en la calle uno se encuentra con la corrupción de siempre y un poco más, con una inseguridad pavorosa, con la ineptitud de funcionarios que no saben siquiera calcular el presupuesto de una obra: todo se arregla a base de publicidad, ofreciendo más democracia, con la sonrisa del triunfador. Porque se vende. Si la Asamblea estorba, se remedia con democracia, con una consulta telefónica; si se hicieron mal las cuentas, se remedia con más democracia, convocando a un plebiscito; si no hay dinero para el plebiscito, se remedia con mucha más democracia, a grito limpio. Y que pague el de atrás.
En el PRI, el señor Madrazo también tiene aprendido lo suyo. No sé si alguien lo recuerde, pero él era el candidato del cambio en el partido: era la imagen misma del éxito, aclamado por los militantes, elevado a empujones hasta donde fuera. Vendía el retorno a las bases, recuperar la iniciativa, vendía su imagen de triunfador indiscutible. Llegó hasta donde quiso a favor del gregarismo feliz de la mercadotecnia. Y resulta que no hay siquiera un atisbo de imaginación, una iniciativa ‹por tímida que fuese‹ para hacer eficaz el peso de su oposición, nada más que la defensa cerril de lo que queda de un orden político despedazado (y eso a veces). No importa: queda algo de la imagen del éxito, y es lo que cuenta.
El caso del presidente Fox es más complicado. A ratos da la impresión de que lo suyo es más bien un problema siquiátrico. Él conoce, sin duda, mucho mejor que los demás las reglas de la mercadotecnia; sabe que la realidad es trivial, perfectamente prescindible, si uno tiene una buena campaña de publicidad. Él sabe, por experiencia, que lo que importa es ofrecer la imagen del éxito, aparecer como un triunfador, pase lo que pase. Lo que pasa es que prometió un crecimiento del siete por ciento que se quedó en el cuatro, en el tres, el dos, el cero por ciento; lo que pasa es que prometió un millón de empleos y no hay ni mil ni cien ni diez, sino un millón más de desempleados; y prometió acabar con la corrupción y con la inseguridad y prometió lo que hiciera falta. Y no hay nada. Pero nada de nada. Su gabinete, sus cifras dicen que vamos al desastre. Pero él sigue ofreciendo la imagen del triunfador: contra todo y contra todos, contra nuestra experiencia cotidiana, nos asegura que su gobierno es todo un éxito y que tenemos que aprender a apreciarlo, festejarlo. Es el gobierno del cambio y está en marcha.
Insisto: habría razones para pensar que es un problema siquiátrico. Yo creo que no hay más que la lógica de la mercadotecnia. Él sabe que la imagen del éxito es el éxito. Por eso tenemos todos los días su rostro sonriente, los pulgares levantados, los brazos en alto, el gesto animoso, alegre, del vendedor ejemplar. Hay estabilidad y avance: ¡ánimo!

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