La Crónica de Hoy | Sepultaban en agua a sus muertos

Sepultaban en agua a sus muertos
Edmée Pardo | | Fecha: 2003-10-04 | Hora de creación: 00:00:00 | Ultima modificación: 16:22:13
Uno Va el cadáver envuelto en sábana naranja sobre una barca que arrastra el río. La cabeza ligeramente alzada en la popa mira los pies avanzar con la corriente. El cadáver está rodeado de flores que cubren la base de leños que pronto será hoguera. Viaja el cuerpo por el agua que lo llevará al mar, al agua primigenia de todos los tiempos donde huesos y carne serán de nuevo arena y sal, donde surgió la primera célula, el primer ser vivo que evolucionó hasta convertirse, millones de años después, en el rostro de mi abuela que marcha envejecido y maloliente hacia El Bardo. Visto mi sari blanco de algodón, llevo el rostro cubierto y el cabello trenzado con un listón de jazmines que perfuman el recuerdo pútrido de la carne muerta por varios días. Despido a mi abuela desde la orilla. La miro marcharse con pereza, como si ya en el otro tiempo no hubiera necesidad de apurar las cosas, como si reconociera aquel camino familiar en el que hemos estado más tiempo muertos que vivos. Agito mis manos unidas por las palmas al tiempo que mis pulseras llenan de tintineo el aire. No encontré hombre que me ayudara con las labores de velación y cremación; estar sola dilató conseguir rupias para los leños, la barca y tramitar el permiso para no hacer la pira a la orilla sino en el mismo cauce. Sé que el cuerpo en llamas marchará por el río y los Sudras serán iluminados por el fuego de la muerte mientras lavan las ropas. Las meditaciones serán encendidas por la llama pasajera del espíritu de mi abuela que ya va a la tierra de los muertos, al cielo de los siempre vivos. Limpié su casa y la puse en orden para, al volver, encontrarla en la penumbra de la tarde como si ella aún estuviera esperando mi visita. Arreglé su casa para recibirme con mi pasado muerto, con mi historia callada para siempre de sus labios, para abrazarme a este dolor silencioso de la muerte que se parece al de estar viva. Dos Tengo las manos ocupadas con la urna que guarda las cenizas de mi madre. Salí de casa con las manos vacías y ahora de tan ocupadas no puedo abrir la cerradura. Dejó escrito en un papel que había arreglado sus servicios funerarios por adelantado: cubrían ataúd, velación por 24 horas y cremación. Decía que después podíamos tirar las cenizas por el retrete. Lo escribió en un tono de humor, me imagino, cuando se ignoran las causas de la muerte o las condiciones de los vivos. Por supuesto me evité el ataúd y la sala de velación, también la misa. Quién lo iba a sentir más que yo, para qué estar acompañada en un dolor para el que no hay consuelo. Algunas de sus pertenencias las repartiré entre los que conoció y le sobreviven, un par de joyas serán para mí y lo demás que lo recoja el Ejército de Salvación. La urna la fui a elegir a una platería elegante, compré la más cara como si gastando tanto dinero valorara más la vida que tuve con ella. Después la di al encargado del horno y me la entregó llena. Dudo que aquí quepan todas sus cenizas porque en esta caja apenas cabría un kilo de azúcar. Desde que abrí los ojos de bebé hasta ayer vi a mi madre. Claro que ayer ya no estaba ella en ese cuerpecito que de tan grande se fue consumiendo hasta ser el de una niña vieja. Ya no estaba su ánimo ni su consuelo amoroso, aunque tenía un aire de escuincla que piensa que pronto recibirá su bicicleta. Me recosté sobre la cama de hospital y lloré junto a ella, le agradecí todo lo que me dio, le dije que podía partir, que yo estaría bien. Hoy por la mañana el doctor llamó para darme la noticia. Vestí mi traje negro y fui a firmar papeles al hospital y al servicio funerario. Ahora estoy hincada frente al escusado desenroscando la tapa de la urna. No estoy lista para hacer esto, pero tampoco para dormir con las cenizas de mi madre bajo mi techo. Mañana tiraré la caja plateada a la basura mientras lo que queda de mi madre viaja entre ratas y podredumbre del drenaje profundo de esta ciudad. Tres Brinqué las olas lo más que pude para no tragar agua, sostuve su cuerpo en mis cansados brazos que apretaban su espalda contra mi pecho y que buscaban que su cabeza estuviera en mis hombros, con la cara libre para respirar por si sólo estaba desmayada y por eso no respondía cuando gritaba su nombre. Por más que pataleé en medio de ese mar de pronto embravecido el agua insistía en caer sobre nosotras que habíamos caído de la banana inflable que remolcaba una lancha de motor. Cuando la encontré ya había perdido el sentido, grité su nombre pero nunca más volvió a contestar. Resuena en mis oídos su risa chillona e imparable después de que me convenció a lo largo de tres días para que me subiera con ella a la banana. No quería ir sola y ahora comprendo: no quería morir sola. Supongo que ella lo intuía porque esas vacaciones me pidió que la enterrara en la arena y que le cantara lo que se canta en el pueblo de su tío cuando hay muertos. A jugar a enterrarse empezó ella, primero los pies, luego las piernas completas. Después cavó un hoyo, se metió hasta que ya no pudo taparse con arena y tuve que soltar la novela que traía en las manos para cubrirla toda mientras veíamos cómo se ponía el sol y le entonaba un himno triste. Me pidió que le cubriera la cara y lo hice. Verla así me asustó tanto que rápidamente le limpié el rostro, abrió su boca con un sonido enorme que pedía aire a la vida. Aquella imagen me conmovió y por eso acepté subir a la banana. Recuerdo su risa que gritaba y animaba al mar, de pronto en un giro de lancha la banana se volteó; nadé tras ella pero cuando la encontré ya tenía los ojos cerrados. Quizás el mar no estaba tan picado, quizás era mi desesperación la que no me permitía nadar y flotar bien mientras llegaba el rescate que dilató más de una hora. Me di cuenta de que estaba muerta, no era sólo mi miedo sino que ya no le sentía el pulso y la expresión de su cara era la de alguien cansado de estar vivo. Cuando llegó la lancha, los paramédicos confirmaron lo que sabía. Pedí que me llevaran mar adentro para dejar su cuerpo en medio del agua que once años antes me la había regalado en los labios de un hombre que sólo vi en aquella ocasión. Cuatro Nadan como salmones furiosos contra la corriente en saltos agotadores de un río cálido y ácido. Uno o dos llegarán a la meta. Cruzar el canal lleva un par de horas pero finalmente uno se instala en la isla redonda como galleta que lo recibe. A los dos días el nivel de agua ha subido. La isla está cubierta por un agua que no conoce la luz y que brilla en tanta negritud. Con el tiempo se escucha una percusión rápida que se une por un hilo plateado a otra percusión mayor que es el corazón de la madre. La isla es ya un huevo que es ya un pez que nada en la pecera cálida y pequeña que lleva la mujer debajo del ombligo. Ella aún no lo sabe aunque intuye algo por su pechos cargados. Pasan los días y el río rojo queda detenido. Corrobora mediante el chorro humeante de su orina que hay alguien adentro. Ella se mira al espejo imaginando la redondez que aún no le crece, pone los ojos en los libros que hablan de los nuevos padres de los nuevos hijos. Pero una mañana aparece una mancha café en medio de su pantaleta. Con la cara llena de susto se acuesta y repasa con la mente todas las oraciones que sabe y una novena que le regaló su abuela. El sangrado continúa. El doctor confirma que ya no hay bebé adentro, que el huevo se fue en el flujo que expulsó su cuerpo. El pez nadó hasta el mundo de la nada donde se encuentra ella de tan vacía. Sepultarán en agua a sus muertos para que emprendan el viaje por el flujo que da y quita la respiración, para que regresen al agua de los desfallecidos que es donde comienza la vida.
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