Gonzalo A. Esteva en Roma - Luis Ramón Bustos | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Martes 12 de Abril, 2016

Luis Ramón Bustos

Gonzalo A. Esteva en Roma

Roma siempre será una bienaventuranza. Años antes, cuando pasó por aquí desempeñando labores diplomáticas, le pareció crisol de civilizaciones. Quiso estudiarla: su arquitectura, su pintura, su arte religioso y profano. Ahora piensa estudiarla más detenidamente, ya que su estancia será larga: su cargo de Ministro Plenipotenciario en Italia durará, tal vez, muchos años. Es bueno hallar a Roma bajo un viento templado y descubrir que el calor torrencial no es su seña de identidad. Aire húmedo por la mañana, retazos de lluvia por la tarde y un vientecillo friolento en la madrugada. Esta Roma tiene, en lo que a clima refiere, cierto parecido con Jalapa, ciudad donde estudió filosofía y retórica. Comenzó este 1891 en la Ciudad de México. Abocado a su labor periodística, entregado en cuerpo y alma al periódico El Nacional (que fundó y dirigió) no pensó en recibir, de manos de don Porfirio, el nombramiento de Ministro. Sus años como opositor al régimen, desde la Revista Universal y El Federalista, le hacían suponerlo. Sin embargo, fue nombrado: y aquí le tienen, anclado en un hotel de vetustos blasones. Años de recorrer el mundo y aún no se acostumbra. Muy joven, recorrió Europa entera y el norte del Continente Americano con valija diplomática bajo el brazo; muy joven, pese a su carácter impetuoso, estudió en bibliotecas, museos e iglesias la civilización europea. Con ese bagaje retornó a México, poco después del triunfo de la República Restaurada, y se le encomendó la sección de Europa de la Secretaría de Relaciones Exteriores. Y volvió a vincularse con sus amigos literatos: con Ignacio Manuel Altamirano fundó la revista El Renacimiento y fue uno de los principales animadores de ese episodio esperanzador. Justo en 1868 publicó un recuento de su obra: Prosa y Verso. Pero los vientos eran de guerra, y Gonzalo A. Esteva se volcó a la lucha por el poder político. No dejó jamás de ser escritor. Era poeta, coleccionista de armas, pero, sobre todo, un mexicano preocupado porque su país tenía el futuro en entredicho. Tuvo nuevamente que alejarse; y pensar en su país distante, sin brújula.

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