Vidal Alcocer, primer maestro de pobres | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Lunes 11 de Abril, 2016

Vidal Alcocer, primer maestro de pobres

Una gran figura olvidada del magisterio nacional fue don Miguel Vidal Alcocer, quien fundó las primeras escuelas de beneficencia del México independiente; estas aulas tuvieron como humilde origen el cubo de la torre de la iglesia de Santo Tomás la Palma, al costado sur del actual mercado de dulces “Ampudia”, en el barrio de la Merced. Hacia 1845, nos narra don Guillermo Prieto (Actualidades de la Semana), “don Miguel Vidal Alcocer fundó ‘La Pradera’, lugar con ‘prados risueños y arboleda alegre’ en donde instaló juegos infantiles y ‘figones portátiles’, constituyéndose en un centro de esparcimiento de los niños que, acompañados de sus padres, concurrían los días de fiestas y descanso”. Nos lo describe cruzando los barrios de México, “un hombre como de 45 años... envuelto en un maltratado gabán verde, con su sombrero de pelo blanco a los ojos, moreno, enjuto de carnes, entrecano, con una mirada radiante y empapada de ternura”. Prosigue don Guillermo Prieto, “en medio de las maromas y de las jamaicas (quermeses), estableció su propaganda fervorosa. Reunió algunos niños: no teniendo donde alojarlos, los puso en el cubo de la torre de la parroquia de la Palma (Santo Tomás la Palma) y así fue la fundación de las escuelas de beneficencia”. Los favorecidos con estas clases de instrucción primaria fueron los hijos de las recauderas, curtidores, carniceros “y gente dedicada a (los) oficios más humildes”; para lograr su objetivo, comprometió” en ese complot contra la ignorancia a sus hijos, amigos y conocidos, llegó a ver instituidas treinta y tantas escuelas en los barrios más desatendidos de la ciudad”. Don Ignacio Manuel Altamirano, refiere de Vidal Alcocer (Los Imprescindibles) que, hacia 1870, “el espíritu de la institución que dejó fue el de proteger la enseñanza de la niñez absolutamente pobre, y a ese fin abrió sus escuelas en los barrios más apartados de la ciudad, allí donde la miseria agrupa en caserones infectos y en calles malsanas a sus legiones de desheredados”. En la Ciudad de México existía un total de 71 escuelas primarias gratuitas, 42 sostenidas por el ayuntamiento, 11 por la Sociedad de Beneficencia Lancasteriana y 17 más a cargo de la Sociedad de Beneficencia fundada por don Miguel Vidal Alcocer, añadiendo don Ignacio Manuel Altamirano: “Estas dos últimas puede decirse que son costeadas por el gobierno de la Unión, pues los fondos que se reúnen de las suscripciones privadas de los socios son demasiado escasas”. novohispano@hotmail.com Emotiva ceremonia de entrega de preseas Emotiva fue la ceremonia de entrega de premios a los alumnos de las escuelas fundadas por Vidal Alcocer en 1869. El acto se realizó en el “hermoso y amplísimo patio del ex convento de San Francisco”, escenario del Circo Chiarini en esas fechas. El presidente Juárez no pudo asistir, por entregarse ese mismo día, premios a las “Escuelas Nacionales”. Don Guillermo Prieto nos describe a los niños de las escuelas y demás invitados: “En el fondo del patio, en los corredores y sobre todo, desde las gradas, se veían cascadas, corrientes, remolinos de chicos que hervían, se escurrían por los intersticios, se pegaban a los pilares y molduras como cariátides. “El claro del patio lo llenan las bancas, esas bancas estaban cuajadas, desaparecían casi en un mar de niñas como hemos dicho, unas casi con jirones por vestido, pero limpios y bien arreglados; otras, y eran las más, con sus visitas y sus enaguas, sus rebozos y sus tapalitos de lana, sin faltar en gran número, sus redecillas y bucles, sus túnicos de seda, sus crinolinas y sus calzoncitos con encajes. “Los premios consistían en libros, unas cuantas medallas que regaló el ayuntamiento... unas almohadillas muy modestas para las niñas... A cada proclamación del nombre de un niño, el murmullo, el levantarse de los asientos, el atravesar la criatura, con sus calzoncitos de manta y su camisita cuarteada, dejando ver su piel, sus pies desnudos... subiendo las gradas con trabajo, acercarse a la mesa, recibir su premio... y volverse a los mil niños con sus premios en la mano, en medio de palmadas, entre los vivas que formaban el ruido embriagador”.

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