La Crónica de Hoy | En Vizcaínas, pobres y ricas aprendían lectura, escritura, costura, aritmética

En Vizcaínas, pobres y ricas aprendían lectura, escritura, costura, aritmética
Roberto E. Moreno H. | Cultura | Fecha: 14-ago-04 | Hora de creación: 00:00:00 | Ultima modificación: 12:09:00
La educación de la mujer en la Nueva España no fue considerada como algo de importancia para el desarrollo femenino, se pensaba que con algo que supieran de costura, bordado, canto y baile, podían enfrentarse a la vida. Como contraparte destacan varios colegios religiosos fundados para dar enseñanza a la mujer, sobresaliendo entre ellos el de San Ignacio de Loyola, cuyo inmueble se conserva casi intacto desde su fundación en los inicios del siglo XVIII. A unos pasos del actual Eje Central Lázaro Cárdenas, entre las calles de San Ignacio, Vizcaínas y Meave, se encuentra una joya del arte novohispano, el antiguo colegio y capilla dedicados a San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, de quien tomaron su nombre, ambos son conocidos como “Las Vizcaínas”; llamado así por ser los caballeros vizcaínos Meave, Echevaste y Aldaco (Lauro E. Rosell, Iglesias y Conventos de México), quienes lo establecieron con objeto de educar a las mujeres descendientes de los vizcaínos residentes en la ciudad, recibiendo también a mujeres de escasos recursos. Su capilla y edificio fueron bendecidos por el obispo Lorenzana el 9 de septiembre de 1767. Su monumental construcción ocupa toda una manzana en el Centro Histórico, la portada barroca de la calle de Vizcaínas es proyecto del arquitecto español Pedro Bueno Bazori; en su libro La Vida en México en 1840, madame Calderón de la Barca describe el inmueble como “un enorme edificio de piedra, en forma de rectángulo, siguiendo, según dicen, la misma planta del Palacio de Madrid, y posee en grado sumo ese aspecto de solidez y grandeza que distingue a los edificios de México, y que junto a la anchura y a la uniformidad de sus calles, y a la magnitud de sus plazas públicas, la ausencia total de fausto mezquino, los balcones con sus balaustres y ventanas con rejas de hierro macizo o de bronce hacen de México... una de las ciudades de más noble aspecto en el mundo”. EDUCACIÓN FEMENINA. Don Genaro García, (Leona Vicario, Heroína Insurgente), refiere que eran sólo seis el número de establecimientos dedicados a la enseñanza femenina en el año de 1790, “las Vizcaínas, con 266 alumnas; el de Belem, con 235; el de Guadalupe de Indias, con 125; el de la Enseñanza, con 60; el de Jesús Maria, con 40, y el de las Niñas, con 33”; mismos que de ninguna forma satisfacían la demanda de ocho mil 753 mujeres de entre ocho y 16 años que habitaban la ciudad en ese entonces. Lo común para las mujeres de clase humilde era enseñarlas a coser, bordar, hacer curiosidades “y, cuando saben bien o mal estas cosas, se cree concluido todo”, comentó don Manuel Payno. Para las mujeres de clase alta las cosas no cambiaban en mucho, don Genaro García detalla más su educación “les bastaba... leer de corrido y mal escribir, bordar con chaquira, pero no a coser, porque no habían de mantenerse de la costura; a comer con limpieza; vestir a la moda; andar de manera airosa; bailar campestres, boleros, contradanzas y valses, y a tocar y cantar un poco y no bien”. COLEGIO DE SAN IGNACIO DE LOYOLA. Dentro de las Vizcaínas “tan espacioso y aireado, con sus grandes corredores y amplísimo patio, bellas fuentes, jardín y extensas azoteas”, narra madame Calderón de la Barca, “hay maestras para todas las ramas... como lectura, escritura, costura, aritmética, etcétera; pero, además, en otra parte del edificio, con entrada propia, se educa gratis a niñas pobres, cualquiera que sea la provincia de origen. Asisten allí todo el día, y regresan a sus casas por la tarde. Las otras, regidas por un método conventual, nunca salen mientras pertenecen al Colegio”. La rutina diaria consistía en levantarse a las cinco, después de oír misa se les enseñaba lectura, escritura, bordado, faenas domésticas como cocinar, planchar y demás materias que se impartían en el colegio mientras las “colegialas mayores y más discretas”, leían en voz alta libros espirituales. Por la tarde se repetían las labores de la mañana, descansaban un rato y al sonar la oración rezaban “rosarios, coronas, letanías, novenas y devociones particulares hasta las siete y media, en invierno, y hasta las ocho y media, en verano”, después de cenar se acostaban a las nueve de la noche. Madame Calderón de la Barca describe los dormitorios: “limpios en exceso y bien dispuestos, tiene cada uno de ellos dos camas pintadas de verde, y de entrada un pequeño recibidor, que suele adornarse con flores”. novohispano@hotmail.com
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