La aventura virtual de William Gibson | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Martes 12 de Abril, 2016

La aventura virtual de William Gibson

I. LOS CAMINOS DEL OLVIDO Es natural que la ciencia ficción, como tentativa estética y verbal, resulte sospechosa. Han sido tantos los escritores que se adentran en el género y tan pocos los que han logrado obras de tersura singular, que la mayoría de sus lectores regulares se contenta con seguir consultando las novelas de Wells, Poe o Verne y, un poco para confirmar la esterilidad contemporánea, algún libro aislado de Asimov o Arthur C. Clark. Las pilastras de saldos se agolpan en las librerías de viejo y nadie, en su sano juicio, se aventuraría a pagar lo poco que cuestan para descubrir la causa de que sean saldos. A diferencia de la fantasía, cuya característica capital es la de crear un mundo con leyes propias (Tolkien, C. S. Lewis, Le Guin), la ciencia ficción vive dependiente de los hallazgos técnicos y científicos del mundo moderno y eso, sobradamente, empolva las obras apenas aparece una renovación fundamental en el panorama científico. El imaginario de la ciencia ficción se altera con una velocidad pasmosa y lo que en algún momento fue revelación, arrojo novelístico y fabulación desbordante, con el tiempo se transforma en un desnudo testimonio de época en la historia del género. La lectura contemporánea de las novelas de Edgar Rice Burroughs, el creador de Tarzán y uno de los escritores más respetados del género, termina por sonrojar a cualquiera por su candidez y evidentes afanes educativos. Los piratas espaciales, la conquista de territorios dominados por tribus de costumbres bárbaras venidas de la era glacial, la obsesión con el planeta Marte y otras temáticas que en su momento fueron grandes éxitos del cine y de ventas editoriales, han terminado por ser meras novelas escritas con pulcritud pero que dormirán intocadas en los estantes quizá de manera permanente. La ciencia ficción parece correr la misma suerte que las novelas policíacas que dieron goce sin fin a los lectores de los años setenta y ochenta. Esa caducidad radicalizada, empero, no es una condena definitiva y los libros del género son como las rosas: admirables y fugaces. Todo parece indicar que una forma de trascender esa temporalidad forzada es intentar construir una metáfora a través de la historia: 1984 y Fahrenheit 451, podrían funcionar como lúcidos ejemplos. La era computarizada que nos ha tocado padecer tiene un intérprete, vocero y, en cierta medida, su artífice: William Gibson (Vancouver, 1948), un escritor norteamericano que con la publicación de Neuromante (1984) ha logrado crear toda una mitología informática que circula libre por corredores subterráneos y cloacas vaporosas. A Gibson le debemos, aún sin saberlo, la manufactura y popularización del término ciberespacio, un concepto informático que, a pesar de la frivolidad con la que se toma actualmente, parte de la epistemología especulativa y la psicología experimental y se refiere, en esencia, a la inmersión total de los sentidos del ser humano en un entorno generado artificialmente. El término, para efectos de la lengua española, ha sido reconocido formalmente y en la edición más reciente del Diccionario de la Academia, aparece consignado como “un ámbito artificial creado por medios informáticos”, además de que reconoce la existencia del prefijo ciber para referirse a cualquier aplicación de índole digital. Por su parte, Gibson define el término en Neuromante de la siguiente manera: […] es una alucinación consensuada experimentada diariamente por miles de millones de operadores legítimos en todas las naciones, por niños a quienes les enseñan conceptos matemáticos. […] es una representación gráfica de datos sacados de las bases de todos los ordenadores del sistema humano. Una complejidad impensable. Líneas de luz ordenadas en el no-espacio de la mente, agrupaciones y constelaciones de datos. Como las luces de una ciudad que se alejan… La experiencia sensorial de la persona es generada por una máquina y suministrada directamente al cerebro: manipulaciones sutiles o diabólicas ilusiones de la percepción humana. “Alucinación consensuada” es un novedoso eufemismo para reelaborar con inteligencia la temática tradicional del control mental, y la “complejidad impensable” se antoja como un apóstrofo de la Cábala ortodoxa trasportada a un futuro improbable y dominado por medios electrónicos. II. LEXICOGRAFÍA DIGITAL A William Gibson se le relaciona, casi de manera involuntaria, con el legendario movimiento ciberpunk que fundó al lado de Bruce Sterling, un compañero de generación de méritos literarios exiguos. El movimiento nació en el seno de una antología, Mirrorshades (1986), que intentó presentar a un grupo de escritores jóvenes como parte de un nuevo movimiento literario cuya búsqueda se centraba, fundamentalmente, en las derivaciones potenciales de un mundo altamente tecnificado. La antología no pasó desapercibida pero el tiempo hizo lo suyo y de sus colaboradores sólo quedan en pie los organizadores: Gibson y Sterling. El ciberpunk ha sido una de las vanguardias artísticas más efímeras de la historia literaria y quizá no podría ser de otra manera: la naturaleza de la era informática es la volatilidad, el ansia de renovación, el afán por desechar y estrenar sin tregua. El ciberpunk, a grandes rasgos, es una derivación tecnológica de la ciencia ficción clásica que busca retratar mundos de un futuro próximo en los que sociedades descentralizadas se encuentran saturadas de tecnologías complejas y están dominadas por grandes corporaciones multinacionales. Cualquier parecido con el mundo actual es dolorosa y palpable coincidencia: en el mundo ciberpunk la individualidad de los seres humanos es un fetiche del pasado. La publicación de Neuromante hizo a Gibson acreedor de los Premios Nebula (1984) y Hugo (1985), considerados ambos como el Nobel del género. Además de esa obra fundamental para acercarse a la ciencia ficción contemporánea, su autor ha publicado las siguientes novelas: Conde Cero (1986), Mona Lisa acelerada (1988) y Luz virtual (1993), Idoru y Todas las fiestas de mañana; así como un delgado volumen de cuentos titulado Quemando cromo (1986). Por fortuna y a diferencia de lo que sucede con muchos otros autores contemporáneos, sus obras se consiguen traducidas y a precios moderados. Leer a William Gibson no es una empresa sencilla. Toma tiempo darse cuenta de una realidad que nos pertenece sólo de manera tangencial. El lenguaje se distiende pero en ocasiones resulta poco eficaz para dar cuenta de un mundo completamente distinto al que conocemos en la actualidad. No sólo han cambiado las ciudades, las formas de organización gubernamental y las actividades delictivas de las mafias, sino también la naturaleza ontológica de los seres humanos. En el mundo de Gibson el debate ético se magnifica y redimensiona a sectores nunca antes sospechados. Al lado de los individuos “normales” conviven aquéllos que han aceptado mejoras mecánicas y electrónicas en su organismo y que, como consecuencia de ello, tienen mejores posibilidades de sobrevivencia en un mundo altamente informatizado. La ética jamás imaginó semejantes problemas. El individuo “a secas”, el robot, el cyborg, los hologramas y los híbridos de todo tipo conviven y generan situaciones que muchas veces se vuelven incomprensibles para el lector desprevenido. Resulta curioso imaginar cómo logra Gibson esas imágenes. El lenguaje de sus libros es diáfano y ligeramente superficial. Se limita a describir y jamás ahonda de manera pormenorizada como lo hiciera, por ejemplo, George Orwell en 1984. El lector enfrenta el problema de tener que construir mentalmente un mundo que no existe, cuyos referentes resultan inasibles y muchas veces esotéricos. Su narrativa tiene ese contraste: estilo pulcro y referentes vaporosos. A pesar de que para otras obras una adaptación cinematográfica resulta poco deseable, para el mundo que ha creado Gibson es casi una petición estridente, pues poblar sus visiones escapa a las posibilidades de la imaginación más febril. III. VICIOS ANALÓGICOS La computadora se ha colocado, desde mediados de los ochenta, como el vector que ha de dirigir la mayor parte de las actividades humanas. Técnicamente resulta imposible imaginar, en este momento, un mundo sin las comodidades del entorno informático. Más allá de las previsiones fatalistas de algunos escritores de ciencia ficción (Ballard, Spinard), es claro que como herramienta tecnológica facilita las actividades de la vida diaria, pero también genera alteraciones en la mentalidad y facultades intelectivas de los usuarios. La obra de Gibson es un viaje al corazón de esas modificaciones que logran pasar por alto ante los ojos del distraído pero que, frente a un escritor, dejan de ser trivialidades para volverse temas interminables de fabulación. El ciberespacio, la información y las computadoras son los ejes sobre los que giran las obsesiones de sus personajes. Sus novelas son cocteles en donde lo mismo se dan la mano John Le Carré y Huxley que Philip K. Dick y los manga japoneses. A mayor tecnificación del mundo, mayores posibilidades de escribir thrillers que no dejen dormir a sus lectores. Contar una historia nunca fue un acto tan personal y tan necesario como en sus obras: el lector debe salir deslumbrado, subsumido y perplejo ante la diversidad de un futuro que se antoja venir con sólo desearlo. El contacto humano, al igual que casi todas las relaciones entre individuos, se ha desvirtuado y ahora es necesaria una computadora de por medio y el ciberespacio como punto intangible de contacto. El diálogo, como forma pretérita de comunicación humana, ha perdido fuerza. Se sigue dialogando pero ahora se hace a través de artificios convencionales y rutinarios: un monitor y un teclado. La inminencia de una dictadura corporativa se lleva a extremos inconcebibles: las empresas se han adueñado realmente del mundo y no hay revoltosos enmascarados a la mano para articular una defensa, sino seres apagados por el consumo monótono de drogas que anestesian su capacidad de insinuar cualquier actividad motriz. La inmovilidad y no el movimiento perpetuo es el santo y seña de un mundo que, a pesar de ser una oscura pesadilla, resulta paradójicamente atrayente para cualquier lector. Gibson explora la fatalidad de la vida moderna pero procura verle el lado positivo. Sus protagonistas encarnan al héroe mítico, al informático que vive de hacerles el mal a los tiranos que limitan el ejercicio de la libertad. Sus novelas, por lo regular, trascurren en Japón, en ese mundo de luces de neón y escaparates ostentosos que ofrecen un viaje sin costo al paraíso. Quizá Gibson ha sido el único autor de ciencia ficción que ha explorado literariamente la ecuación desarrollo económico-imaginación tecnológica. En Japón habita la vida virtual porque ellos han ideado un sistema basado en la representación, en la imagen. Caminar por sus barriadas es bajar a las densidades de la vida urbana. Con uno de los índices económicos más elevados y una moneda fuerte y poco condescendiente, el pueblo del Sol Naciente tiene el futuro en sus manos, un futuro que ellos mismos han creado y que, a todas luces, no dejarán escapar. IV. LA CONTINGENCIA INMÓVIL Desde mediados del siglo xx se veía venir que uno de los temas recurrentes de la ciencia ficción sería la alteración de los estados de la conciencia. La manipulación y el ordenamiento mental dirigido se cernían como amenazas que, por extraño que parezca, se concretaron en la historia humana con regímenes políticos como el fascismo y las dictaduras de izquierda. Gibson bordea el tema y, a pesar de que no se concreta en ellos, resultan parte fundamental de sus tramas e historias. Conectarse al ciberespacio, esto es, vivir el acto comunitario desde una perspectiva ultramoderna, es estar presente en la realidad (virtual) y poder sobrevivir (consumir drogas). Gibson no oculta el ser un alumno aplicado de Philip K. Dick y muchos fragmentos de sus novelas remiten invariablemente a las densidades metafísicas del autor de Tiempo de Marte, aunque con las peculiaridades de su atmósfera informatizada. El trabajo narrativo de William Gibson ha influido de manera visible en las aproximaciones a la era digital que se hacen de manera cotidiana desde la barandilla de la cultura de masas. La serie Matrix se diseñó a partir de la mítica película de animación japonesa Ghost in the Shell, dirigida por Mamoru Oshi que, a su vez, se desprende indirectamente de las enseñanzas de Gibson y, a la manera informática del hipertexto, las influencias se expanden y distribuyen quedando a la sombra la autoría de esos mundos alternativos. La inmediatez de la violencia se transforma y ahora es necesario el filtro de la tecnología para vivirla como experiencia controlada. Los robos a los bancos se realizan a través de una conexión de fibra óptica y puede provocarse la muerte de una persona con sólo apretar una tecla: nunca los deseos de los hombres estuvieron tan al alcance de la mano. En las novelas de Gibson no se percibe un gran reconocimiento a las ventajas del futuro. La ciudad postindustrial es un cascajo de una época que otrora fue gloriosa y apabullante y se ha vuelto un lugar de virtudes inaprensibles. Cine negro y thriller metafísico funcionan como una combinación inusual para explorar las obsesiones contemporáneas, las filias patéticas de nuestro tiempo y el desordenado sentido del porvenir que nos acecha en cada esquina. La información es uno de los bienes más preciados y violar las normas de seguridad para acceder a lugares confidenciales se vuelve una aventura de la cual pocos salen bien parados. Su trabajo narrativo es una puerta para quien desee asomarse a la vacuidad que parece posesionarse sobre la vida moderna y sus delirantes apóstoles. No obstante el deseo del autor de Neuromante por permanecer alejado de los murmullos de la plaza pública y sus revoloteos incontrolables, es claro que sus obras tienen esa sombría lectura política de un futuro que más que atraer, repele con fuerza inusitada: la parábola y la alegoría (aún involuntarias) vuelven a ser importantes vehículos de la enseñanza moderna. A pesar de que dada la temática, composición y estilo de las novelas de William Gibson es probable que padezcan un envejecimiento prematuro y tal vez irrecuperable, la exploración de sus obras es terreno fértil para la reflexión sobre nuestro tiempo y las perspectivas sobre lo venidero. Parada inevitable para quien se interese por el destino de lo humano.

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