Juan José Rivaud Morayta - Manuel Gil Antón | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Martes 12 de Abril, 2016

Manuel Gil Antón

Juan José Rivaud Morayta

No fue en Orihuela. No era su pueblo ni el mío, sino en Barcelona donde el 9 de agosto se apagó, como la llama de una vela, despacio, la vida de Juanjo Rivaud, al que tantos queríamos. Escribo desde el dolor y el consuelo. Hace un mes, cuando salía de su casa al aeropuerto para buscar un camino de retorno a la salud en la solidaria España actual, la de sus padres y su corazón que, sin saberlo, ganaron la guerra, tocó la ventanilla del carro y con una sonrisa a medias me dijo adiós, y levantó el puño con el pulgar hacia arriba: voy a pelear, Manuel; voy a hacer la lucha, amigos. Así interpreté su gesto. Mi hija Mariana, al subir a nuestro coche, lloraba: ¿por qué, pá, si era un señor tan alegre hace unos meses, ahora está tan enfermo? Así es la vida, flaca: nos toca ser los mejores amigos que podamos y estar con él en las duras, que en las maduras siempre se encargó de compartirnos sus guisos, los cactus de Jantetelco, muchas preguntas e ideas y esa mano zurda que alineaba su barba blanca cada rato. Duele como un tajo en el corazón su partida. Cala. Y me enfurece la miopía de los actuales criterios para reconocer las trayectorias académicas que valen la pena por parte de los sistemas de evaluación. Echaron del SNI a uno de los académicos más tozudos en mejorar la enseñanza de las matemáticas. Sí, lo echaron, no cabía su valor en los estrechos formatos hoy en boga. En su institución, el CINVESTAV, le regatearon la máxima categoría: imagino que tampoco supieron ver, dados los criterios y dimensiones de la aparente calidad, la importancia de su trayectoria. Si en esas esferas del prestigio dudoso no cupo el reconocimiento merecido, hay un inmenso lago de consuelo: antes de su partida, sólo unos días antes de abordar el avión, en el auditorio principal del CINVESTAV se juntaron representantes de más de 10 instituciones a las que sirvió, sin parar mientes en centavos o constancias, para reconocer su aporte a la comunidad matemática y científica nacional. Ya estaba tocado por el mal que lo llevaría al 9 de agosto, pero dio las gracias en un breve discurso y luego escuchó a sus colegas – sin formatos ni muletillas para lisiados en entender de qué se trata nuestro oficio – celebrar su vida. En el auditorio, muchos amigos. No todos, porque además de cactus, Juanjo fue prolífico en sembrar amistades. Ese acto fue dar fe de la trascendencia de una vida académica. Cuca, su hermana, nos compartió una carta que le escribió su padre: tienes que poner mucho empeño en estudiar matemáticas si quieres ser ingeniero… No fue ingeniero, como pensaba de chaval. La vida lo llevó por otros lares y su legado es grande. Para los que no lo conocieron quiero aclarar que no escribo sobre un hombre perfecto: como a todos, luces y sombras conformaron su vida. No soy, por supuesto, nadie para juzgar sus yerros: con los míos me bastan y sobran. Su luz, sin duda, apacigua el contundente hecho, el hachazo simple de no volverlo a ver. No lo cura, pero reconforta. A la larga, Juanjo – donde quiera que estés – el reconocimiento de tus colegas y amigos vale mucho, muchísimo más, que los torpes diplomas y constancias efímeros en los que ahora nos complacemos, confundidos – necios - entre la maravilla del valor y lo precario del precio. ¿Te escribo a ti? ¿A quién le escribo? A nuestros amigos, sin duda, pero también guardo, con paciencia y cuidado, esta cuartilla para meterla en una botella y lanzarla al mar del futuro. Lloro, no me importa decirlo. Sonrío al ver tu foto. Te espero de regreso no sé cómo. Te extraño pero, como muchos otros, seguiremos entrañados en defender el valor de una vida en la academia que no compre pesos a tostones. Hasta luego, Jefe. Cada que escuche un cuento del Chifofas me dará un vuelco el corazón. Ya nos juntaremos para recordarte: es el rito ancestral de nuestra especie. Mientras, un abrazo muy grande para Cuca, Emilio, tus hijos y todos los que nos topamos contigo en la vida. No eras fácil, manito: humano a secas. No más. maga@correo.azc.uam.mx

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