La Crónica de Hoy | Un brindis por Allende

Un brindis por Allende
Andrés Pascoe Rippey | Opinión | Fecha: 2005-09-11 | Hora de creación: 00:00:00 | Ultima modificación: 12:30:54
Para Adolfo Patiño. Imposible agradecerte todo. Hasta siempre. Cuando llegué a Chile, hace casi año y medio, tenía la usual impresión que tenemos los extranjeros sobre la dictadura: que fue un asco. En particular, viniendo de una familia de tradición izquierdista, y considerando que mis padres estuvieron presentes en el golpe militar, en mi casa siempre se supo sobre las torturas, violaciones, asesinatos y demás eventos que eran rutina durante el gobierno de Augusto Pinochet. Grande fue mi sorpresa, entonces, cuando descubrí que una buena cantidad de gente aquí seguía reivindicando el golpe de Estado y sus consecuencias. A pesar de la inevitable corrección política que hace que la gente finja que está en contra de la tortura, escuché diversos comentarios sorprendentes, tipo "los izquierdistas sabían a lo que se atenían" o "prefiero 30 mil torturados que un gobierno comunista". Así, fui fuente de notables conflictos al sacar en fiestas temas como el apoyo de Chile a Inglaterra durante la guerra de las Malvinas, o el papel de la CIA, o por soltar comentarios irónicos respecto a la diferencia del valor de la vida de un izquierdista comparada con la de un derechista. Y cuando llegué, todo mundo pensaba que el abanderado de la derecha, Joaquín Lavín, era el próximo presidente de Chile. Los derechistas estaban felices. Lavín fue un ferviente apoyador de la dictadura, hizo campaña por el "sí" en el referéndum de 1989, y siempre criticó a aquellos que buscaron deslindarse del gobierno militar. Hoy, está a punto de perder humillantemente las elecciones. Así, me dediqué a aprender todo lo que pude sobre cómo fue el gobierno militar, los motivos del golpe y los matices del gobierno de Allende, suponiendo por supuesto que yo tenía razón (como siempre) pero que quizá valía la pena entender mejor qué fue lo que pasó en este país andino. Aprendí sobre las prácticas del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) y sus facciones extremistas, sobre los errores de Salvador Allende y sobre el clima de increíble polarización social que la derecha buscó generar y la izquierda no supo, ni quiso, contener. Era una sociedad en una guerra de baja intensidad. Pero justo en este año que estuve acá, todo cambió. Primero, salió el devastador Informe Valech sobre la tortura. Sus testimonios, de más de 28 mil personas, son desgarradores y nadie que tenga un ápice de corazón los puede leer sin conmoverse. Es imposible permanecer impávido ante el hecho de que el gobierno de Pinochet entrenaba perros para violar mujeres; que les metían ratas en la vagina; que torturaron a niños frente a sus padres; que intentaban forzar a hijas a hacerles felaciones a sus padres; que ejecutaban sumariamente en la calle; que este país vivía en el terror. Pero eso no fue suficiente. A pesar del torbellino político que generó este informe, muchos permanecieron escépticos. No querían creer que sus impuestos habían sido usados, por ejemplo, para traer a maestros de tortura de Brasil o Estados Unidos. Después desaforaron a Pinochet al menos tres veces, ya que en este país alguien debe ser desaforado por cada delito que se le imputa. Surgieron nuevas acusaciones y pruebas sobre su participación en la Operación Colombo, la Caravana de la Muerte, el asesinato del General Pratt y otras operaciones de terrorismo de Estado. El golpe final fueron las cuentas del banco Riggs, que desmoronaron la cuidadosamente creada imagen de honradez que la junta militar había creado. La idea siempre fue que, sí, hubo dictadura, sí, hubo muertos, pero al menos no robamos. Ahora se sabe hasta de tráfico de armas, entre otras lindezas. El gran error de Pinochet fue que dejó que todos sus colaboradores murieran solos. No sólo los mandos militares, muchos ya encarcelados o bajo proceso. Dejó que su contador, Oscar Atkien, cayera preso por malos manejos y hasta su secretaria personal fue procesada. Atkien, en su defensa, mostró documentos que borran toda posible duda sobre la cordura de Pinochet, dejando en claro que engañó a los Lords ingleses, a la Corte Suprema chilena y a toda la sociedad. Ese camino de eterna traición que ha seguido el ex dictador le ha costado caro, y se ha quedado solo. Abandonado por sus más cercanos colaboradores y por la sociedad que vivió engañada, ya sólo le queda esperar una muerte solitaria, indigna y llena de fantasmas. Pero lo más importante para mí no es que el dictador pague finalmente por sus innumerables crímenes. Lo importante es que pude conocer de cerca a gente que estuvo con Allende hasta el final, y me confirmaron la enorme dignidad del asesinado presidente. Pude corroborar que Allende fue siempre un demócrata y que quizá cometió errores, pero cumplió sus promesas. No se dejó arrastrar por la seductora tentación de engañar a sus electores. Y por eso pagó el precio máximo. Me voy ya de Chile, e inicia un nuevo periodo para mí en París. No sé qué me depare el destino, pero me voy con la satisfacción de saber que el mítico Salvador Allende sí fue como me lo imaginaba: un ser humano que creía en el ser humano. Un hombre que murió por sus ideales. La enorme división que Chile ha vivido por más de treinta años llegan hoy, otro once de septiembre, a un momento nuevo para este país. La llaga empieza a cerrarse porque empieza a saberse la verdad. Y no hay nada más importante que una sociedad pueda mirarse en el espejo sin sentir vergüenza. Un brindis por Allende. apascoe@cronica.com.mx
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