La Crónica de Hoy | Economía: éramos pocos y...

Economía: éramos pocos y...
Ciro Murayama | Opinión | Fecha: 12-ene-07 | Hora de creación: 00:00:00 | Ultima modificación: 15:44:57
Si bien tirios y troyanos reconocen que la economía mexicana vive un ciclo de prolongado estancamiento, y que por ello mismo su dinámica lejos está de ser la requerida para dar lugar a un nivel mínimamente satisfactorio de generación de empleos y creación de bienestar, quienes consideran que el manejo económico de los últimos lustros es el correcto —pues en esa visión no hay alternativas viables que se puedan poner en práctica o al menos explorar—, y que ello al menos permite que nos encontremos en una situación de estabilidad nominal encomiable, lo cierto es que incluso esas joyas de la corona —control de precios, equilibrio en las finanzas públicas— empiezan a resultar bisutería. Así, por más que se contenga el gasto, en el horizonte aparece un déficit que puede superar el tres por ciento en esta administración —muy lejos del corte en ceros que incluso se quiere conseguir a través de decretos legales, sin importar qué pasa en la recaudación, en el ciclo de negocios o en la economía mundial—, y en plena reducción del ritmo de crecimiento general se constata que la inflación rebasa el límite superior previsto por las autoridades monetarias, a pesar de que ni hay negociaciones salariales que estén haciendo crecer de manera significativa el poder de compra de los trabajadores y de que la “maquinita del dinero” se encuentra bajo llave y a bien resguardo de los cancerberos del Banco central autónomo. Mi hipótesis acerca de por qué el déficit público y la inflación empiezan a dar síntomas de un comportamiento que pudiera asociarse a manejos poco ortodoxos de la economía —es decir, de lo que llevamos lustros huyendo, como si de la peste se tratara—, es que, paradójicamente, ha sido la política económica del ajuste y la renuncia a modificar el ciclo económico —la que suele llamarse, no con poca precisión, neoliberal—, la que al final resulta insostenible para, siquiera, cumplir con sus objetivos de estabilidad nominal —de la real no hablemos, pues es evidente que una economía con los vaivenes en el PIB o en la creación de empleos que muestra la mexicana no es en absoluto estable—. Me explico. El déficit del sector público de la economía es un resultado contable (la diferencia entre gasto e ingreso) que puede darse en escenarios muy distintos: bien en sectores públicos muy robustos, con alta recaudación y elevados niveles de gasto, como en Europa; en situaciones donde se presenta una combinación de caída de los ingresos públicos —como consecuencia, por ejemplo, de rebajas a los impuestos con las que los políticos quieren congraciarse con ciertos sectores de la población— y un aumento de las necesidades presupuestales —digamos una guerra—, tal cual ocurre en los Estados Unidos; o en países que gastan muy poco —por ejemplo, cuyo sector público eroga en términos relativos y per cápita menos que sus pares en salud y educación, o en infraestructuras— pero que tienen una frágil captación de recursos fiscales, como México. Nuestro país, así, tiene déficit no porque el Estado sea un ente que gasta en abundancia y que ahuyenta la inversión privada —por cierto, más que negativa es positiva la correlación entre inversión pública y privada, es decir, que entre más crece la inversión estatal más lo puede hacer la privada que encuentra un mejor terreno para hacer negocios—, sino simplemente porque arrastramos una debilidad recaudatoria de larga data que el discurso antiestatista ha venido a acentuar. Sólo el fortalecimiento del Estado, que empieza por su capacidad de recaudar, de imponer tributos mayores —eso hace, sí, el soberano— sobre todo a las personas físicas y morales de altos ingresos, ir a contracorriente de la moda del “tax-cut” que recomienda el pensamiento ortodoxo, es el único camino para alejarse del déficit permanente, de situaciones insostenibles en las finanzas públicas. En lo que toca a la inflación, cabe señalar que dicho fenómeno, en términos muy simples, es el resultado de un escenario donde hay demasiado dinero en pos de pocos bienes, de ahí que suban los precios. Y como en México el caso no es que sobre liquidez o que el circulante vaya creciendo rápidamente —como sí pudo suceder en otras épocas con cargo a una combinación de endeudamiento externo, “boom” petrolero, déficit público y expansión de la oferta de papel moneda—, nuestro problema es que hay un rezago en la oferta de bienes. Pero, ojo, no se trata de bienes complejos; la inflación actual se debe a lo que ocurre en los alimentos y, en particular, con: ¡las cebollas, los chícharos, los nopales, el huevo y, claro, las tortillas! Es decir, el abandono de las políticas de fomento a la producción, nos ha llevado a que ni siquiera la drástica apertura comercial haga posible asegurar una oferta adecuada de bienes básicos, que nuestra economía debería de estar produciendo por sí misma, como ocurría hace algunas décadas, y ello genera presiones inflacionarias. Así que, a la larga, la aplicación obstinada de recetas ortodoxas recuerda aquel viejo chiste de pueblo: había un caballo que ya estaba aprendiendo a no comer hasta que, un día... se murió. ciromurayama@yahoo.com
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