La Crónica de Hoy | Leyes con dedicatoria

Leyes con dedicatoria
Francisco Báez Rodríguez | Opinión | Fecha: 11-dic-07 | Hora de creación: 00:00:00 | Ultima modificación: 16:12:14
Es una paradoja interesante. La democracia mexicana ha ido desarrollando su normatividad a partir de reformas sucesivas, lo que ha derivado en un proceso paulatino, sin grandes saltos. Buena parte de estas reformas se ha hecho pensando en el corto plazo: en la elección que viene, a partir de los resultados de la elección anterior. Así, fueron cambiando los requisitos para que un partido se registrara, para que mantuviera el registro, sobre los mecanismos de coalición, sobre el número de diputados de representación proporcional y el acceso diferenciado de los partidos a estas curules, sobre la composición de la Cámara de Senadores, sobre la conformación del IFE, etcétera. Cada cambio ha respondido, más que a un gran proyecto democratizador, al dictado de la coyuntura y los intereses del sistema (de hegemonía priista, los primeros años; de partidocracia en ciernes, los siguientes). Junto con este proceso, ha corrido otro igualmente interesante: la creación —o interpretación— de leyes con destinatario específico. Pensemos, por ejemplo, en el jus sanguini, esgrimido exitosamente por Porfirio Muñoz Ledo para ser candidato al gobierno de Guanajuato; en el famoso departamento de Copilco que le dio residencia capitalina a Andrés Manuel López Obrador, a pesar de su credencial tabasqueña de elector; en la oportuna reducción de la edad mínima para llegar al Senado, que favoreció a Jorge Emilio González Martínez, el Niño Verde. La discusión en torno al Cofipe que llevan a cabo los legisladores en estos días va exactamente por el mismo camino. Las adecuaciones a la ley buscan evitar los errores y distorsiones del pasado, pero no prevén errores y distorsiones futuros. Los partidos grandes se dieron cuenta de los altos intereses que les cobraban los pequeños por las alianzas, y mandaron a parar. Todos notaron el efecto pernicioso de los excesos en el uso de medios electrónicos y se pusieron barreras. También se fijaron en los problemas que crea la propaganda negativa —partidista y no— y le pusieron coto (o al menos eso creen, porque la definición de “denigrar” los puede llevar a un berenjenal). E instituyeron el “voto por voto” para que nadie grite (ahora el problema será si la diferencia es de 1.01 por ciento). Y, como siempre, un parte sustancial del núcleo de las iniciativas es ad hominem. Es claramente el caso de Luis Carlos Ugalde, principal destinatario de las furias partidistas. Lo personal también ha jugado, y esto posiblemente se confirme en unas horas, en normas dedicadas a Jorge Alcocer, cuya gran inteligencia y solvencia profesional sólo son comparables a su ambición y su capacidad para ser polémico. Y probablemente lo mismo suceda con Genaro Góngora, quien parece empeñado en poner a prueba la elasticidad del artículo 98 de la Constitución. Entonces tenemos a los diputados dándole vueltas a la legislación para ver si Fulanito entra o no entra. Si hacemos que reúna los requisitos, o que no los reúna. En otras palabras, pasan las generaciones, pero el estilo no cambia. Tan estamos clavados en esto de los nombres, que el Congreso se ha convertido en una suerte de jurado de oposición para el concurso por las tres plazas del Consejo General del IFE que quedarán vacantes a partir de la reforma electoral. Ya comenté que lo justo sería que quienes acompañaran a Ugalde al desempleo fueran determinados por un proceso de insaculación: por un sorteo que dejara fuera el manoseo político de los partidos. Estoy seguro que, como de costumbre, aré en el desierto y que la decisión sobre los sacrificados será política. Ahora, ya que estamos metidos en nombres, y a sabiendas de que las dunas no son fértiles, comentaré sobre las características bajo las cuales debería designarse a los nuevos consejeros. Si lo que queremos es asegurar que los consejeros no usen el puesto como trampolín, entonces lo ideal sería escoger a aquellos que, por razones de edad, no pueden llegar más arriba. Sería un mecanismo similar al que utiliza la UNAM para designar a su Junta de Gobierno: profesionistas y ciudadanos respetables, que han hecho una larga carrera al servicio de la comunidad, la cual culmina con su nombramiento. El problema es que, a más edad, más historia política, y por lo tanto más posibilidad de vetos partidistas, por venganzas reales, afinidades supuestas y sospechas variopintas. Adicionalmente, la edad suele correlacionarse negativamente con el empuje y la fuerza, y —aunque no sea cierto— escoger un Consejo de Sabios podría interpretarse, en la opinión pública, como un paso más en el debilitamiento del IFE. Aquí no importaría el contenido, sino la imagen. Si lo que queremos es dar a la opinión pública la impresión de que la selección no fue política, entonces tendremos que echar mano de la academia, dejando afuera a gente valiosa que ha trabajado en el servicio de cualquiera de los tres poderes de la Federación. La academia conlleva sus peligros, y no puede ser químicamente pura: el consejero presidente saliente venía precisamente de la academia más “neutra” (y, por lo tanto, la menos capaz de hacer con eficacia un trabajo político como el de consejero del IFE). Bajo la misma lógica, no se puede abusar de las caras conocidas. Nada crea tanta desconfianza social como ver a los mismos personajes sólo que en otros puestos: ver que hay personas tan “expertas” en todo —en educación, en leyes, en cultivo de cítricos y en asuntos electorales— que acaparan las posiciones de mando. ¿Qué nos queda? Dejar de lado la edad, pero buscar que haya experiencia en la materia (no en “ciencias políticas” en general, sino en asuntos electorales). Dar prioridad a quienes han trabajado en la academia, pero huir de los “puros”. Comprender que se trata de un puesto político, en el que se requiere compromiso con la democracia, equidistancia de los partidos y conocimiento del funcionamiento de las instituciones mexicanas. Varios de los aspirantes reúnen estos requisitos. Y, ya que este proceso es ad hominem desde su gestación, me clavaré en un nombre: señalaré que entre ellos destaca, según mi opinión, Lorenzo Córdova Vianello. fabaez@gmail.com
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