¿Cuánto cobra a García?... era La Matataxistas | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Lunes 11 de Abril, 2016

¿Cuánto cobra a García?... era La Matataxistas

Recuerdo. “¿Ha escuchado usted la puerta de una bisagra cuando rechina?, así se oyó mi cuello cuando me jaló esa mujer, al tiempo que con la otra mano me lanzó un navajazo que hirió tres dedos de mi mano...” volver. La tarde de aquel 4 de junio marcó un

(Primera parte)
¿Cuando Cristina Soledad Sánchez Esquivel subió al auto de Héctor Manuel la tarde del 4 de junio, aún no era conocida como La Matataxistas, pero ya era una asesina consumada. Pocos sabían que en un pozo de agua ubicado en El Cerro del Fraile, muy cerca de García, Nuevo León, sumergía cadáveres a casi trescientos metros de profundidad.
“No me importa que tengas familia, también la vamos a matar y a echar al pozo”, contó las sentencias de muerte Aarón Herrera Pérez, El Azteca, amigo y cómplice de a quien en su juventud conoció como La Plomera, muchos años antes de ser lo que es ahora y después de que la Dirección Estatal de Investigaciones lo capturara tras la denuncia de Ezequiel Herrera Nájera, su padre.
De hecho, los investigadores de Coahuila y Nuevo León tampoco sabían que Cristina Soledad lideraba una banda de matones. Ni que había asesinado al menos a cinco hombres con características similares, entre ellos a su amante. Tiempo después, tras las sombras de su detención, confesaría que fue ultrajada y vejada en múltiples ocasiones. De ahí su odio.
“¿Crees en Dios? La libraste de milagro. Se está lamentando de no haberte matado”, habría de confiar un policía investigador a Héctor Manuel Nerio Balderas, mientras rendía su declaración en la Procuraduría General de Justicia del estado de Nuevo León la madrugada del 5 de junio, cansado y hambriento tras la batalla.
A esa hora los rotativos estaban cocinando la historia de esa mujer robusta, morena y de 31 años que abordaba taxistas: apuñalaba o disparaba en parajes de la carretera a Icamole para vender sus autos en 20 mil pesos.
Héctor Manuel, de 60 años, originario de Charcas, San Luis Potosí, dijo sentir que se le iba el aire cuando escuchó: “Usted acaba de nacer. Ya confesó que mató a cuatro”. La mano y el cuello sangraban moderadamente a causa de un navajazo.
“Tengo un mes y siete días de nacido”, respiró hondo al momento de subir el primer pasaje desde aquel ataque.
El destino sería precisamente el lugar donde iba a ser su tumba.
Y es que Cristina Soledad se paró en la acera de Periférico Luis Echeverría Álvarez, justo afuera de la central de autobuses de Saltillo, poco antes de las cuatro de la tarde. En la mano traía un boleto de autobús: su gesto serio, seño fruncido.
Pese a que varios taxistas sonaron sus claxon, ella observó, al menos así piensa Héctor Manuel, al hombre con el perfil de victimario:
“Casi todos son de mi edad, nada más ese otro pobre muchacho de Saltillo que mató”, refiriéndose a Omar Pérez Velásquez, de 31 años, avecindado en la colonia Privadas La Torre, a quien sus familiares reportaron como desaparecido el 28 de mayo ante la Fiscalía General del estado de Coahuila. Hallado finalmente en ese pozo, oscuramente muerto y en estado de descomposición.
—¿Cuánto cobra a García, Nuevo León? Es que se fue mi camión–, dijo enseñando un boleto.
—Quinientos pesos, si lleva equipaje cobro más.
Cristina Soledad negó con la cabeza, subió a la parte trasera del Nissan Tsuru. Tomó asiento del lado izquierdo. El calor era insoportable, sofocaba, sobre todo por los 130 kilómetros que duró el silencio de la pasajera durante el trayecto, únicamente fragmentado por el nerviosismo de la mujer al ver dos patrullas de la Policía Federal en el entronque de la carretera libre a Laredo.
Ella habló hasta entrar a García. Comentó que posiblemente la esperarían unos familiares; después que si la llevaba a un lugar conocido como Los Arcos de Icamole, ubicado en el kilómetro 12, cerca del poblado Cerritos y del rancho El Lagartijo.
—Hasta aquí no entro, no meto el carro a terracería”—, rompió Héctor Manuel al ver un camino de tierra bordeado por un monte inmenso, sólo escuchaba el rugir de los transformadores de energía confundiéndose con las chicharras.
—Nada más hasta la lomita, me están esperando. Ya para que no se queje voy por el dinero, por ahí vivo.
Héctor Manuel aflojó los músculos, pensó: “Aquí la espero”.
Pero Cristina Soledad brincó hacia el lado izquierdo del auto, con la mano derecha lanzó un navajazo y con la izquierda sujetó al taxista por el cuello girando su rostro. Intentó reaccionar; el cinturón de seguridad lo amarró. Ella gritó: “Hasta aquí llegaste, hijo de tu chingada madre, tanto veniste chingando que te va a cargar”.
“¿Ha escuchado usted la puerta de una bisagra cuando rechina? Así se oyó mi cuello cuando me jaló”, recordó Héctor Manuel Nerio, porque a causa del jalón el lado izquierdo del cuerpo se le durmió.
Cristina Soledad bufaba de coraje, como bestia: “Ahí viene mi comando ¿No viste que agarré el celular?”. Estaba fuera de esta realidad, pidió que su víctima bajara despacio del carro para no mancharlo de sangre. Él comentó que iba a poner el freno de mano, cuando tomó la palanca sintió la viscosidad tibia a causa de la herida que le afectó tres dedos.

Héctor Manuel apagó la marcha, dejó de sentir la opresión. Con sus manos tomó la pierna dormida; bajó del carro. Ella estaba detrás, aleccionó: “¿Ves la lomita? Vas a caminar derecho por el camino, papacito. Nada que agarras piedras o corres”.
A lo lejos observaba cuerpos, escuchaba voces de hombres. Caminó unos metros; los músculos fueron aflojando. Y corrió en medio del monte recibiendo las punzadas de la lechuguilla en sus tobillos. En su carrera tomó un leño picudo dispuesto a herir a quien se cruzara en la carrera.
Finalmente, llegó al rancho El Lagartijo. Pensó que posiblemente se tratase de cómplices de Cristina Soledad Sánchez; observó a dos pequeños que lo reconfortaron por tratarse de un lugar familiar.
Jolino, el perro guardián del rancho, ladró. Y Rolando Castañeda, encargado del lugar, salió en compañía de su amigo Felipe Solís para ver de qué se trataba. Rolando, de 30 años de edad, llevó al hombre que sangraba y pedía ayuda al Depósito Hugo, atendido por Heliodoro Aguiñaga Lara, quien vende refrescos, cervezas y frituras.
En el lugar estaba Manuel de la Cerda, de 60 años, hombre que durante los años setenta fue taxista en Monterrey y quien recordó la camaradería del oficio.
Heliodoro ofreció un trapo porque la hemorragia de Héctor Manuel había manchado el piso; él se negó pidiendo pronta ayuda telefónica a la Policía Municipal de García, quienes tardaron aproximadamente 10 minutos en llegar.
En su desesperación sangrante, Héctor Manuel dijo que escuchó cuando su atacante encendió el motor del auto. Y que posiblemente podía encontrar alguna identificación en el lugar de los hechos, a pocos metros de ahí.
Rolando, Felipe, Heliodoro y Manuel fueron a buscar, mientras Héctor Manuel interceptó a los oficiales de la Policía Municipal para explicarles, en pocas palabras, que no necesitaba atención médica, sino capturar a quien minutos antes lo había atacado.

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