La Crónica de Hoy | Toros: el fin del principio

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  Opinión de
  (Andrés Pascoe Rippey)


Toros: el fin del principio
Andrés Pascoe Rippey | Opinión | Fecha: 31-jul-10 | Hora de creación: 12:08:25 | Ultima modificación: 12:08:25

Winston Churchill dijo, poco después de la invasión de Normandía, que “este no es el fin. No es ni siquiera el principio del fin. Pero sí es, quizá, el fin del principio”. Así es como concibo mientras celebro —con insospechada algarabía— la prohibición de las corridas de toros en Cataluña a partir del 2012.

Hay varias cosas muy destacables del hecho. En primer lugar, la ley que pone fin a este llamado “deporte” fue una Iniciativa Legislativa Popular, que contó con el aval de 180 mil firmas. No fue producto de una campaña política ni una idea de un legislador, sino un acto cívico responsable de miles de personas que no aprueban la tauromaquia. Ese impulso popular se ha transformado en ley, demostrando que la sociedad civil sí puede tener injerencia en la construcción de leyes y que no somos necesariamente reos de los políticos electos. La movilización inteligente y bien estructurada sirve para transformar y mejorar a las comunidades, y el ejemplo de los catalanes debe ser visto con admiración: lograron su objetivo y lo hicieron bien.

En segundo lugar, habla de la capacidad de los legisladores — quienes finalmente aprobaron la suspensión de la lidia— para escuchar a los tiempos. Una de las grandes tragedias que enfrentamos es tener una clase política que está demasiado interesada en mantener el poder como para ejercerlo. Así, bajo argumentos como “es la tradición”, los políticos se pueden escudar de tomar decisiones controversiales. No es menor: cuando los legisladores decidieron emitir su voto contra las corridas de toros, en muchos sentidos estaban en rebeldía: se rebelaron contra el estatus quo; contra los intereses económicos detrás de la lidia; contra una “identidad cultural” anacrónica e insensible.

En tercera, el hecho de que esto suceda en la patria que es cuna y sede de las corridas de toros tiene un peso específico muy importante. La derrota de las tradiciones dañinas es uno de los caminos indispensables a recorrer en el proceso civilizatorio, y este paso en particular es emblemático.

Las corridas de toros siempre me han parecido una salvajada. Nunca supe ni he sabido apreciar su arte ni su atractivo. Los argumentos a favor los he escuchado todos: desde que es una danza mágica hasta que es misteriosamente ecologista. Ninguno me ha convencido jamás, porque la verdad de los toros es tan simple como transparente: es torturar y matar a un animal por diversión.

Ya sé, ya sé. Les encanta y les parece que el torero es un machote y demás. Está bien. Pero tengo esta certeza: en 100 años —con suerte menos—, cuando miremos hacia atrás y veamos lo que hacíamos con los toros, tendremos la misma percepción que la que hoy tenemos de, por ejemplo, los gladiadores: muy entretenido, pero de salvajes.

Sé que falta muchísimo para que a nivel mundial este deporte demencial se erradique. Falta muchísimo para que la gente que goza de la tauromaquia empiece a pensar que se trata de un animal que es arrojado contra su voluntad a una pelea en la que sólo puede perder y perder, así embista a su adversario. Es un sacrificio y su justificación es la peor de todas: es entretenido y “bonito”.

Uno podría hacer un arte de sacarle los ojos a las hormigas y decir que está en su derecho porque podemos hacerlo, me dijo un amigo una vez. Y claro: la médula de la reflexión es que porque somos superiores —maravillosos humanos— podemos disponer de la vida de los animales como mejor nos parezca. Una visión similar a la que los conquistadores tenían de los indígenas o los señores feudales de los esclavos.

No es que diga que debamos ser vegetarianos: yo no lo soy. Pero sí estoy profundamente convencido de que si hemos de matar a un ser vivo, hagámoslo por algo que sea útil — comida— de forma humanitaria y no para pasarla bien. No, estimados: los animales no están ahí para alimentar nuestra vanidad.

Al final, lo que nos une como seres vivos es el instinto de no sufrir dolor. Nos pensamos más sofisticados y capaces que un animal, pero eso no nos da el derecho a torturarlos.

La decisión de los catalanes me admira y me causa envidia: México está tan lejos de eso, que casi somos otro planeta. Pero al menos se plantea el debate. Al menos se establece la posibilidad —la esperanza— de que esto sea, en efecto, el final del principio de esta fiesta enferma que desnuda con fuerza la escasa compasión humana.

Por algo se empieza a terminar.

apascoe@cronica.com.mx

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