La Crónica de Hoy | Los ricos también migran, o el fascinante juego de las pistolitas

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  (Saúl López de la Torre)


Los ricos también migran, o el fascinante juego de las pistolitas
Saúl López de la Torre | Opinión | Fecha: 09-sep-10 | Hora de creación: 11:13:47 | Ultima modificación: 11:13:47

La franja norte del país es una triste zona de guerra, desde la península de Baja California hasta Tamaulipas, permeando como la humedad hacia Durango, Coahuila y Nuevo León.

La violencia que hoy nos aterra se incubó en el transcurso de cuatro décadas, salpicada de estallidos desesperados de protesta en puntos muy focalizados del país que el gobierno pudo aplastar con eficacia implacable. La guerra de los años recientes, la de ahora, no tiene nada que ver con las causas sublimes de las mayorías oprimidas, pero sí, y mucho, con la desesperación de las masas de desamparados que no ha saboreado nunca el gusto por la vida ni albergan una brizna de esperanza en el futuro.

En un vuelo de Mérida a la ciudad de México, un empresario de Tamaulipas, de mirada fría y opaca, le narró su historia personal a la mujer bellísima que viajaba a su lado. Habló con voz firme y clara, de un tirón, como si ya no requiriese aire para respirar. Lo oímos todos en la sección de primera clase. La reproduzco: “Yo era dueño de gasolineras, barcos camaroneros, tiendas de abarrotes, restaurantes y hoteles. Tengo esposa, cinco hijos, once nietos y a mi madre de 97 años, lúcida y risueña hasta antes de la afrenta horrible que me sucedió.

“Los malos comenzaron a extorsionarme: medio millón al año por barco y otro tanto por el resto de mis negocios, a cambio de diesel a dos pesos el litro, del que le ordeñan a Pemex, mercado seguro para todas las toneladas de camarón que mis pescadores le arrancaran al mar, sin intermediarios, a un superprecio; gasolina para mis gasolineras, también a dos pesos; clientela frecuente y de mucha lana para mis hoteles y restaurantes; blindaje a prueba de inspectores de Pemex, Hacienda y la Profeco, es decir, hombres armados disuadiéndolos con sus fusiles.

“Nosotros nos encargamos hasta de que el mar esté calmo y con mucha pesca, dijeron.

“Acepté, porque era claro que no me quedaba de otra, pero compramos casas en los Estados Unidos para migrar con toda mi familia, los perros y los gatos de mis nietos, a la par que malbarataba los negocios.

“Despachaba en los salones de los aeropuertos con mis gerentes, camuflado, yendo y viniendo cual personaje de novela policiaca. Durante dos años pagué sin demoras mi cuota de protección.

“Hice un viaje a Reynosa, el último y más caro de mi vida, para finiquitar los rescoldos de mis bienes. Me secuestraron a medio camino del aeropuerto a mi oficina, a plena luz del día, unos cuantos jovencitos armados hasta los dientes. Me tuvieron una semana en un bodegón oscuro, rodeado de muertos y secuestrados maltrechos. Miré cómo decapitaban, castraban, violaban; oí que hacían llamadas a gente conocida, para exigir millones de rescate. Yo diario firmé cheques, endosé facturas, les di mucha información de gente rica, sin pena, regodeándome con la idea de compartir el dolor inaudito que me laceraba el alma.

“También los criminales tenemos derecho a lo nuestro, decían, carcajeándose.

“Ya para despedirme, le abrieron la barriga a una muchacha y les rebanaron los pechos a otras dos, con un machetote, el mismo que usaron para meterme unos planazos cruzados en la espalda. El crucigrama de las cicatrices no se borrará nunca. Ni un minuto de aquellos días.

“He tratado de serenarme y de pensar en el significado del odio de aquellos muchachos, de su artera capacidad de organización, de la eficacia con que operan el entramado complejísimo que sustituye al Estado. Y cuando logro despojarme de las telarañas que me abruman, veo que todos nos revolvemos en el fango purulento. Organizados en bandos de buenos, malos e indolentes disparamos estupideces, mierda y balas, a diestra y siniestra. Los chisguetes de pus afloran por todos los orificios de México.

“He concluido que de esta revoltura tan radical y decisiva surgirá otro país, otra forma de vida, otros empresarios, otros gobernantes, otra escoria social. Por lo pronto, los desposeídos de buena parte de la riqueza y de la dignidad, antes de ahogarnos en el ignominioso juego de las pistolitas, hemos migrado, igual que los millones de parias de todo el mundo”.

El avión se detuvo en el sitio de desembarque. El hombre saltó del asiento con una maletita y una chamarra en las manos, nos envolvió con su mirada tristísima. Su rostro había adquirido una dureza estrujante. No lo volvimos a ver.

¿Una redistribución de los capitales? ¿Se resquebraja el orden establecido? ¿Apestan y crujen las columnas que todavía lo sostienen? ¿Hemos tocado fondo en la degradación de los ideales? ¿Hay que correr y salvarse como sea? ¿Cuál es el sentido de la barbarie? Sean cuales sean, las respuestas a estas preguntas no surgirán del fascinante juego de las pistolitas, de los miles de muertos, de las cárceles repletas. Como el hombre del avión, todos debemos serenarnos, fijar la mirada en los desequilibrios y afanarnos en corregirlos.

saul-1950@hotmail.com

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