La Crónica de Hoy | Viejos, pero arrechos

Viejos, pero arrechos
Saúl López de la Torre | Opinión | Hora de creación: 07:02:05 | Ultima modificación: 07:45:05

En una mesa del Rojo Bistrot, mirando hacia el andador de Ámsterdam, la calle que fuese pista para carreras de caballos en los orígenes de la colonia Condesa, seis viejos de setenta y pico años, testas calvas y caras arrugadas, iluminadas por los tibios rayos del sol, departían alegremente hace un par de días. Es común verlos allí, como parte del paisaje. Son clientes asiduos del restaurante.

Ninguno de ellos es jubilado. O, tal vez, sí, por cobrar la pensión, pero son muy activos y entusiastas. Traen la cabeza y el corazón repletos de proyectos. Producen, ganan dinero, desmenuzan los problemas del país desde todos los ángulos de la geometría política (es un grupo plural, donde caben, dicen ellos, “radicales de izquierda, derechosos delirantes, intransigentes de centro y extremistas moderados”), comen y beben con mesura, se ejercitan, leen mucho y escriben para ordenar las ideas, viajan, se visten con elegancia, gozan a sus mujeres, aman y son amados. Todos hablan fuerte y claro, viéndose a los ojos, para no repetir las palabras ni exhibir problemas de sordera.

—Se estima que para el año 2050, la Tierra estará poblada por nueve mil millones de personas, y que la sexta parte de esta gigantesca masa humana, ¡de mil quinientos millones!, estará compuesta por muchachones mayores de 65 años, dice el viejo más elegante, rascándose los manchones de su cráneo desnudo.

—En sólo cuatro décadas, según los cálculos de la Organización de Naciones Unidas, el segmento de los ancianos habrá crecido más del cien por ciento, partiendo de que el año pasado éramos nomás 523 millones, dice el viejo de nariz aguileña. Las arrugas de sus cachetes vibran al ritmo de su vozarrón.

—Dentro de poco tiempo, por primera vez en la historia, habremos más rucos de 65 años pa´arriba que mocosos menores de cinco, dice el viejo fortachón, chaparro, de cuello corto abombado, removiendo en su lengua de toro un trozo de pato a medio masticar.

Los tres viejos restantes meditan lo que han dicho sus compañeros. El más flaco, de manos y dedos larguiruchos, rellena las copas de vino tinto y pide otra botella a la mesera blanca de ojos aceitunados. Sorbe media copa, echa hacia atrás la calva redonda, paladea, endulza la mirada y exclama:

—¿Sabían, mentecatos, que con uva Shiraz fue elaborado el vino que bebieron los doce apóstoles en la última cena? ¡Era la uva predilecta de Jesucristo! ¡Se producía en Irán! ¡Salud! ¡Purifiquen sus gargantas, pecadores!.. ¡Que somos muchos los viejos y que seremos muchísimos! ¡Qué buena noticia! ¡Eso quiere decir que la humanidad tiene remedio! ¡Pronto nuestro voto será mayoritario y marcará el rumbo correcto de las cosas! ¡Alcemos nuestras copas y brindemos por el arribo de los viejos al poder! ¡Salud, salud, jóvenes del coro fácil!

Resuenan el tintineo de las copas y el eco de las carcajadas. Ordenan seis cafés americanos y tres pasteles de chocolate amargo. La palabra es del viejo patilludo y bigotón. Dice:

—Los economistas están acalambrados. No saben qué harán los países con tantísimo viejo pensionado. Calculan que las deudas nacionales crecerán al doble de su producto interno bruto, que nomás por tratar la demencia senil se gastarán miles y miles de millones de dólares. Según ellos, los viejos somos una amenaza más aterradora para el planeta que el cambio climático. Algo así como una peste incontenible. Ni el hundimiento de las costas, las islas, los archipiélagos y las penínsulas que traerá consigo el deshielo de las masas polares, será tan demoledor como la plaga de los viejos inútiles y enfermizos que tapiarán la superficie de los islotes habitables del mundo.

—¡Ah, qué muchachos tan simpáticos son esos economistas aficionados a la numeralia!, clama el sexto viejo, de grandes orejas peludas. No piensan que para entonces los vejestorios serán ellos o sus hijos. Ni se miran en el espejo luminoso de nuestras vidas. ¿Somos nosotros una carga? ¿Somos nosotros, la generación que sobrevino a la Segunda Guerra Mundial, los causantes de la crisis que agobia a tantísima gente? ¡De ninguna manera! ¡Los viejos arrechos y productivos somos la luz del entendimiento, la alegría sosegada del mundo!

Igual que todos los martes de cada semana, cobijados por el resplandor del crepúsculo, justo cuando las cincuentonas de cuerpos esculturales sacan a pasear a sus perros por el camellón arbolado de Ámsterdam, los viejos pagan la cuenta y se paran en bolita a mirar a las mujeres, mientras aguardan a que les entreguen sus carros.

Uno tras otro, dicen:

¡Qué bonitas son las arrugas en el pescuecito de las mujeres! ¡Qué sabrosas! ¡Saben a pan integral con miel de abeja! ¡A berenjenas con aceite de olivos! ¡A fetuchini con salsa pomodoro y trocitos de salmón! ¡Recién bañadas, son más deleitosas que un tinto del Valle de Guadalupe!

¡Lo mejor de las mujeres es su sonrisa! ¡El brillo de sus ojos! ¡Sus ideas centradas y serenas! ¡Son unas diosas, a partir de los cincuenta, cuando han aprendido a valorar al hombre que les da calor y las escucha…!

Se despiden palmeándose las espaldas. Trepan a sus carros. Arrancan en pos del futuro.

saul-1950@hotmail.com

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