La extraña muerte de Genaro Vázquez Rojas - Carlos Ferreyra | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Lunes 11 de Abril, 2016

Carlos Ferreyra

La extraña muerte de Genaro Vázquez Rojas

Hoy, jueves 2 de febrero, se cumplen 40 años de la trágica muerte del rebelde guerrerense Genaro Vázquez Rojas. El accidente en el que pereció el también maestro rural fue extraño, increíblemente limpio y nunca aclarado. Un velo de misterio rodeó el caso.
Según la información más o menos oficial, el vehículo en que viajaba Vázquez Rojas, al volante José Bracho Campos, se lanzó a 140 kilómetros por hora contra la punta de un puente, a escasos 20 kilómetros de Morelia, en una curva tan abierta, que fácilmente la recorrimos en motocicleta a más de 160 kilómetros por hora, sin despiste alguno.
Como consecuencia del accidente, sólo murió Genaro, mientras los otros, dos mujeres y Bracho, resultaron con lesiones que no constan en las actas levantadas por las autoridades federales. Por cierto, no la policía de caminos, que se limitó a arrastrar el carro hasta el corralón en la capital michoacana, sino el Ejército, que fue el primero en intervenir.
Una semana antes de su muerte fue detenida la esposa de Genaro, Consuelo Solís, mientras cundía la especie de que Genarito (por entonces niño), su hijo, estaba en poder de las autoridades judiciales, concretamente de la Dirección Federal de Seguridad, seguramente comandada por Fernando Gutiérrez Barrios que de esa forma pretendía obligar al rebelde a entregarse.
Pocos días antes de registrarse el accidente en el que muriera, apareció una fotografía en un diario derechista, pero eso sí, a todo color, una foto de Genaro y un hermano, del brazo de sendas damas, en un patio florido en la ciudad de Cuernavaca. Nunca aclaró el periódico cómo obtuvo la gráfica, en la que llama la atención la forzada postura de los fotografiados, mismos que supuestamente, y hasta esos momentos, andaban, según esto, huidos.
El escenario, la pose y la presencia de las dos mujeres era una calca exacta de otra en la que aparecen Emiliano y Eufemio Zapata. Se presumió, pues, mala fe; se supo que la Secretaría de Gobernación pidió el favor de su publicación y con ello se aceptó que Genaro ya estaba en poder de la policía, y que su vida dependería de la generosidad de sus captores. Al no presentarlo ante las autoridades judiciales, se empezó a manejar la certeza de una condena a muerte. Como al parecer fue.
Ese 2 de febrero de 1972, en la versión semioficial, viajaba Genaro rumbo a Morelia camino a Tierra Caliente, en el sur michoacano, acompañado por las dos mujeres de la foto, por cierto nunca identificadas, y por otras personas. Una de ellas, José Bracho Campos, que era el conductor. Al llegar a la última curva de la carretera antes de arribar a la antigua Valladolid, se supone que perdió el control y sin frenar ni intentar ninguna otra maniobra, se estrelló casi de frente contra el puente.
Bracho Campos, años después, fue presidente municipal de algún ignoto pueblo serrano y, lo más curioso, es que lo apoyó el Partido Revolucionario Institucional, contra cuyo régimen luchaba.
La muerte de Genaro no tuvo el brillo mediático que recibieron Lucio Cabañas y la cruenta batalla en la que murieron decenas de campesinos, pero que sirvió para rescatar, con vida y sin daño alguno, al que aspiraba y obtuvo el gobierno de Guerrero, Rubén Figueroa. Nadie protestó por la oscuridad con que se manejó el accidente de Genaro, no hubo marchas, carteles alusivos ni homenajes públicos.
Un triunfo definitivo, absoluto, para el gobierno que luego de encarcelar a los principales colaboradores del rebelde, los negoció a cambio de un secuestrado. Salieron a Cuba, donde se integraron a los planes de educación. El mejor grupo de asilados, al decir de los propios cubanos.
Hubo muchas cuestiones extrañas en la muerte de Genaro. A más de 140 kilómetros por hora, el auto debió quedar destrozado, pero el único que murió poco después en la Cruz Roja de Morelia fue el dirigente rebelde, mientras, extrañamente, sus acompañantes salieron casi ilesos.
Del alcalde Bracho se supo después, pero de las mujeres nunca se volvió a tener noticia.
El accidente, y nunca mejor empleada la expresión, “pasó al archivo muerto” porque no se hizo ninguna investigación, que quedó en manos de las autoridades federales, a su vez atenidas a la versión que dieron los soldados que llegaron, antes que nadie, al sitio del desastre.
Un joven que manejaba ese día un destartalado camión de pasajeros propiedad de su padre, procedente de Huetamo, desde lo alto de un cerro declaró haber visto el accidente, pero no en detalle por la lejanía.
Según su versión, a muchos kilómetros de distancia pudo ver un conjunto de luces estáticas de vehículos que no se movían. En determinado momento escuchó un estruendo y minutos después llegó al sitio, donde dos camiones militares atendían a unas personas que aparentemente habían sacado de un auto accidentado.
Los tripulantes del auto estaban de pie, pero no le permitieron detenerse para colaborar en el auxilio de las víctimas.
En Morelia, la Cruz Roja bajo el mando de Samuel Arreigue, un viejo conocido y vecino de infancia, informó que el único lesionado grave era Genaro, quien murió a consecuencia de una lesión en el cráneo en forma de “V” invertida. Hombre acostumbrado a las armas, Samuel no dudó en afirmar que la herida había sido causada por un culatazo, opinión rechazada porque no era médico ni mucho menos legista.
El jefe de la policía de Caminos era un señor de apellido Plata, quien no permitió fotografiar oficialmente el automóvil. Sin embargo, facilitó a algunos reporteros recorrer el corralón donde estaba el vehículo que presentaba características que, al consultarlo, lo hacían levantar las cejas y hacer gestos de franca incredulidad.
El auto presentaba un aplastamiento del frente izquierdo y otro en la parte trasera del lado derecho, como si hubiese sido comprimido. Ante la pregunta sobre el estado general del vehículo, Plata dijo, lacónico, “eso pienso”, dando a entender que no hubo choque a 140 kilómetros por hora.
Hizo notar que a pesar de la velocidad con que se había estrellado, el auto no había sufrido la pérdida de partes. La parrilla estaba en su lugar, la rueda delantera izquierda ponchada, pero con su tapón de lujo en el lugar correspondiente. Sin rayones ni abolladuras.
En el puente donde sucedió todo, también había hechos que llamaban la atención: la esquina donde se registró el impacto tenía un corte recto y en escuadra como hecho con una sierra. Un trozo del puente estaba en el fondo del arroyo y era evidente que no requería reparaciones, porque no hubo daños reales.
Sobre el pavimento no había rayones ni signos de que el vehículo hubiese frenado o intentado algún tipo de maniobra para superar el percance. Fue un accidente impecable, muy limpio.
El reportaje sobre la muerte de Genaro Vázquez Rojas fue elaborado un par de días después de conocerse su muerte. Las pocas fotos logradas con el permiso extraoficial del comandante Plata se perdieron en alguna redacción; nunca se publicó una sola línea y las dudas sobre las causas de la muerte del rebelde subsisten.


carlos_ferreyra_carrasco@hotmail.com

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