Diálogos de paz: una historia de frustraciones en Colombia | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Viernes 14 de Octubre, 2016

Diálogos de paz: una historia de frustraciones en Colombia

Colombia espera que las nuevas negociaciones de paz entre el gobierno y la guerrilla, que inician el próximo 8 de octubre en Oslo, no sean otra frustración para ponerle punto final a 50 años de conflicto interno de este país andino.

Los diálogos de paz en Colombia van desde encuentros entre insurgentes y voceros del gobierno -incluyendo al ex presidente Andrés Pastrana- en las selvas del sur del país, hasta reuniones de alto nivel en Venezuela y México, pero todos ellos han fracasado.

La importancia de la negociación con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) reside en que ésta es la guerrilla más activa y antigua que opera en Colombia, y mientras se mantenga en armas, será casi imposible lograr la paz en este país.

El primer acercamiento de paz con las FARC ocurrió el 28 de marzo de 1984, en el gobierno del presidente conservador Belisario Betancur (1982-1986), cuando se firmó un cese al fuego bilateral, pero este “lánguido proceso”, como lo llamaron analistas, no pasó de ahí.

El segundo intento se hizo en el gobierno del liberal Virgilio Barco (1986-1990), que recibió como herencia de Betancur el cese al fuego con las FARC, el cual se mantenía vigente a pesar de las ofensivas militares de los rebeldes y de las tropas gubernamentales.

El principal centro de las negociaciones de Betancur y Barco fue el municipio de La Uribe, en el sur de Colombia, considerado hasta hace pocos años el bastión militar más importante del grupo insurgente.

Para el investigador Mauricio García Durán, en el gobierno de Barco, el proceso de paz con las FARC retrocedió en lugar de avanzar, por la ambigüedad de ambas partes en enfrentar las negociaciones.

El presidente Barco sostuvo la tesis que cualquier iniciativa de paz tenía que darse sobre la base de un plan que permitiera la reincorporación a la vida civil de los guerrilleros, lo que significaba garantizar su desmovilización como organización armada.

Las FARC estaban dispuestas a continuar con el proceso, pero sobre la base de incluir en la agenda las reformas políticas, el desmonte de la guerra sucia y el paramilitarismo, así como la designación de una comisión de paz, diálogo y verificación.

El proceso de paz en el mandato de Barco entró en crisis el 16 de junio de 1987, cuando las FARC emboscaron un convoy militar en el sureño departamento del Caquetá, acción en la que murieron 26 militares y un civil.

El gobierno consideró que las FARC habían roto el cese al fuego, y reiteró que solo sería posible avanzar en un diálogo de paz cuando hubiese intención de los rebeldes de una desmovilización y desarme, pero éstos intensificaron sus operaciones hasta febrero de 1988.

La ofensiva guerrillera obligó al gobierno a advertir que si los actos violentos continuaban “el camino del diálogo y de las soluciones políticas terminaría y se daría paso a una solución exclusivamente militar”.

Los diálogos con las FARC en el gobierno de Barco volvieron a quedar inconclusos y con acusaciones mutuas de falta de voluntad política para avanzar hacia un acuerdo de solución negociada del conflicto armado.

En documentos de las FARC, conocidos durante el gobierno de Barco, el grupo guerrillero tenía claro su objetivo estratégico: consolidar sus frentes militares y lanzar la ofensiva final de toma del poder a más tardar en 1997.

César Gaviria, quien ganó las elecciones generales de 1990 en medio de una guerra frontal contra los cárteles de la droga, retomó la iniciativa de paz que se desarrolló en el gobierno anterior, pero con nuevas condiciones y escenarios.

En enero de 1991 las FARC notifican que están dispuestas a ir a la mesa de negociaciones, pero sin el condicionamiento de la rendición y piden que cesen los operativos en su contra y en especial en la histórica zona de La Uribe.

Las negociaciones de paz salieron del territorio colombiano y se trasladaron a Caracas, Venezuela, y Tlaxcala, México, pero fueron enturbiadas por acciones militares de las fuerzas gubernamentales y de los rebeldes.

La Unión Patriótica y el Partido Comunista de Colombia, brazos políticos de las FARC, fueron prácticamente exterminados entre 1985 y 1994, uno de los periodos más negros en cuanto a guerra sucia en Colombia.

En el gobierno de Gaviria (1990-1994) tampoco cuajó un acuerdo político con las FARC, y el mismo quedó totalmente roto cuando las tropas gubernamentales, por orden del jefe de Estado, ocuparon los campamentos centrales de los rebeldes en las montañas de La Uribe.

Sin embargo, Gaviria logró la desmovilización y desarme de otras organizaciones armadas importantes de Colombia, aunque se mantuvo la confrontación militar con las FARC y el Ejército de Liberación Nacional (ELN), la segunda mayor organización rebelde del país.

Gaviria firmó la paz con el Movimiento M-19, el Ejército Popular de Liberación (EPL), el indigenista “Quintín Lame”, el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) y con “Corriente Socialista”, una disidencia del ELN.

En 1994 Enrique Samper asumió la Presidencia, pero no desarrolló diálogos de paz con la guerrilla y se dedicó a combatir a las mafias de la droga y a tratar de mantenerse en el poder, tras acusaciones de que su campaña electoral estuvo financiada por el cártel de Cali.

Las FARC crecieron en hombres, armas, consolidaron su poderío militar, mantuvieron su objetivo de tomar el poder por las armas y, entre 1996 y 1998, pasaron de la guerra de guerrillas a la “guerra de movimiento”, ocuparon cuarteles y capturaron policías y militares.

Pero las FARC, pese a que en 1997 ocuparon la base militar de Patascoy, no pudieron sostener esa estrategia más allá de 2000, porque la Fuerza Pública logró cualificar su estrategia contrainsurgente.

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