La Crónica de Hoy | Venezuela, en coma inducido

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  (Fran Ruiz)


Venezuela, en coma inducido
Fran Ruiz | Opinión | Fecha: 2013-01-11 | Hora de creación: 01:06:28 | Ultima modificación: 01:06:28

Venezuela inauguró ayer, oficialmente, la categoría de primera nación del planeta dirigida virtualmente. A día de hoy, el presidente Hugo Chávez es lo más parecido a un fantasma que hemos visto al menos desde 1975, cuando en la agonía final de Franco no se sabía si gobernaba él, su mujer, su heredero el príncipe Juan Carlos, los militares o los médicos que lo trataron.

Hace un mes que Chávez se operó por cuarta vez de cáncer en Cuba y desde entonces no se le ha visto u oído. No sabemos si está sedado o está consciente, si telefonea desde su habitación al vicepresidente Nicolás Maduro para dar órdenes, o si lo hace a través de alguna de sus hijas que lo acompañan. Sólo sabemos que, cuando el gobierno venezolano siente mucho la presión, emite un parte médico sobre su condición. Pero poco más, no se sabe aún qué cáncer tiene, cuál es su agresividad o si ha sufrido metástasis u otras complicaciones.

Con la poca información facilitada —presenta insuficiencia respiratoria, causada por una severa infección pulmonar— podemos imaginarlo, en el mejor de los casos, postrado en la cama y entubado con respiración artificial; y en el peor de los casos, en coma inducido, a la espera de que la hija mayor que lo acompaña reciba el permiso de Maduro para que sea desconectado.

Ayer debería haber sido el gran día de Chávez, el que habría jurado de nuevo como presidente, esta vez hasta el 2019. Pero, no sólo no pudo regresar a Venezuela, sino que fue incapaz de mandar un telegrama o un mensajito grabado para saludar a su pueblo fiel y a sus aliados presentes en la ceremonia de “no asunción”, como el boliviano Evo Morales y el nicaragüense Daniel Ortega, preocupados por la suerte de su amigo (y probablemente igual de angustiados porque una Venezuela sin Chávez deje un día de subvencionarlos; aunque esto, claro, no lo dicen abiertamente).

En vez de dedicar toda su energía a salvar su vida, como hizo Fidel Castro en 2006, cuando cedió el poder a su hermano Raúl para curarse de una “grave enfermedad intestinal” (que manía tienen los gobernantes autoritarios de considerar su salud un secreto de Estado), Chávez prefiere aferrarse a la jefatura del Estado y gobernar por control remoto.

Lo ocurrido en Venezuela desde el 11 de diciembre hasta ayer confirma el peor de los escenarios: primero, que Chávez no está dispuesto a soltar el poder, a menos que se encuentre moribundo; y segundo, que los otros dos poderes, la Asamblea Nacional y el Tribunal Supremo, en vez de frenar esta locura, han retorcido las leyes para hacer aceptable una aberración jurídica, como es la de permitir que un enfermo grave de cáncer y ausente del país siga ostentando sine die el cargo de jefe de Estado. La división de poderes que distingue a una democracia de un régimen autoritario no existe en Venezuela, ya que ni el Legislativo ni el poder Judicial han tenido las suficientes agallas para frenar una situación esperpéntica, la de impedir que una nación entera siga en estado de parálisis por culpa de un enfermo de cáncer, que ni siquiera se fía de los médicos de su propio país.

De haberse impuesto la razón, la Asamblea y el Tribunal Supremo habrían inhabilitado a Chávez e impuesto un presidente interino para que Venezuela no caiga en la ingobernabilidad. Podrían incluso haber declarado una inhabilitación temporal (180 días), para ver si en este tiempo se recuperaba, regresaba a Venezuela y retomaba su cargo. Pero no ha sido así. Oficialmente Chávez está de permiso y seguirá gobernando desde La Habana, aunque eso sí, virtualmente. Lo nunca visto.

Llegados a este extremo, lo único que vimos claro ayer es un proceso popular de beatificación en vida de Chávez, como cuando Juan Pablo II se estaba muriendo, y un país en estado de coma inducido, donde el presidente no gobierna y los que deberían de hacerlo se niegan (mientras éste viva).

La consecuencia podría tener consecuencias inmediatas desastrosas para una economía anquilosada y al borde de la parálisis. La necesidad de devaluar la moneda para reactivar la economía es urgente, pero nadie se atreve a hacerlo mientras Chávez no lo ordene, por lo que la amenaza de un estallido social cobra cada vez más fuerza. Si ocurre esto, que nadie se extrañe si dentro de unos meses vemos a las mismas masas de chavistas que ayer idolatraban en la calle a su caudillo, lanzar piedras contra el Palacio de Miraflores e incluso maldecir a su presidente virtual, por no impedir que se disparen los precios de la canasta básica y haya desabasto en los mercados.

fran@cronica.com.mx

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