La Crónica de Hoy | Reforma hacendaria, la madre de todas

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  Opinión de
  (Francisco Báez Rodríguez)


Reforma hacendaria, la madre de todas
Francisco Báez Rodríguez | Opinión | Fecha: 2013-01-22 | Hora de creación: 00:15:14 | Ultima modificación: 00:27:43

En días recientes, dos importantes e influyentes funcionarios en el área económica, que coinciden en empujar las reformas hacendaria y energética, han diferido sobre qué reforma es prioritaria. Mientras que el director general de la OCDE, José Ángel Gurría, afirma que la reforma fiscal y hacendaria es la madre de todas las otras, el gobernador del Banco de México, Agustín Carstens, expresa que la reforma toral es la energética.

Ambos han sido titulares de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, son funcionarios respetados en el medio y tienen argumentos de importancia para sostener sus puntos de vista.

Por lo pronto, y a juzgar por la reacción empresarial ante el inicio del cabildeo de Luis Videgaray, el Consejo Coordinador Empresarial tiende a coincidir con Carstens. Modestamente, yo creo que la razón está con Gurría, y la reforma hacendaria es la condición sine qua non para las otras, por razones económicas y políticas.

La lógica económica es que, para sentar de una manera estable las condiciones de participación de la iniciativa privada en el sector energético, es imprescindible tener claridad respecto a dos cuestiones: la primera es qué tanto puede liberarse Pemex de la carga fiscal que se le ha adosado en las últimas décadas; la segunda, es qué tanta capacidad recaudatoria puede tener el Estado para llevar a cabo las inversiones de infraestructura de apoyo al sector, sin descuidar el resto de sus obligaciones sociales.

Es de todos conocido que a Pemex se le ha utilizado como la gallina fiscal de los huevos de oro. Hemos pasado de ser una economía jalada por el petróleo a una más diversificada, pero en la que las finanzas públicas son fuertemente dependientes de la empresa petrolera paraestatal.

Durante lustros, Pemex, la renta petrolera y los precios del petróleo han servido como pretexto para posponer la reforma hacendaria integral que ahora propone el gobierno de Peña Nieto. “¿Para qué más impuestos y menos exenciones si podemos sacarle jugo a la paraestatal sin molestar a nuestros votantes y a los grupos de interés?”, parece haber sido la consigna. En tanto, la problemática estructural de las finanzas públicas se agudizó hasta hacer impostergable la reforma.

No sabemos de qué tamaño serán, al final, las modificaciones hacendarias. Si representarán uno o dos puntos del PIB o si serán más de fondo, con un verdadero fortalecimiento de la recaudación y la afectación de intereses protegidos durante décadas.

En otras palabras, mientras no pase la reforma fiscal-hacendaria, no sabremos ni qué tanto se va a aliviar el yugo tributario sobre Pemex ni qué tanto podrá ampliarse la inversión pública.

El caso es que, si queremos crecer a las tasas prometidas por el Presidente cuando estaba en campaña, será necesario liberar, a favor del presupuesto público, al menos 5 por ciento del producto. Y eso no está tan sencillo.

Si pasa primero la reforma hacendaria, se fijarán con claridad condiciones generales de distribución del ingreso y de dinamismo económico (crecimiento esperado del PIB). Todas las partes sabrán el contexto en el que se puede realizar una reforma energética y, por ende, la profundidad de la misma.  

Si, en cambio, sucediera lo contrario, la reforma energética se votaría en un contexto de incertidumbre sobre crecimiento y distribución y, sobre todo, sin saber cuál va a ser la presión fiscal sobre la empresa monopólica del sector.

En ese sentido, una discusión sobre la reforma energética tendría una mucho mayor carga ideológica que práctica. No sabríamos bien a bien sus consecuencias en términos de creación de empleos formales o de detonación de inversiones en otros rubros. Simplemente escucharíamos la cantaleta de que es positiva.

Por supuesto, quienes están conformes con el status quo —sobre todo en materia fiscal— tienen un interés único, y es la oportunidad de participar en un sector productivo anteriormente vedado. Para ellos, esa es la reforma clave, porque no tienen nada qué perder. Y, pasada la reforma energética, pueden presionar para que la hacendaria no sea tal, sino una suerte de miscelánea fiscal macro, con el agregado de cotos y limitaciones a las posibilidades de endeudamiento público en los distintos niveles de gobierno, dejando los cambios estructurales en la recaudación para las calendas griegas. No es casual, al respecto, que lo que Carstens ha visto con más claridad de la posible reforma hacendaria, es una “ventana de oportunidad” para el manido gravamen del IVA a medicinas y alimentos.

Entonces, las diferencias percibidas entre Gurría y Carstens no son sólo de enfoque o de prioridad, sino también políticas. Ninguno piensa poner la carreta enfrente de los bueyes, pero tienen puntos de vista muy diferentes acerca de qué es qué.

En otras palabras, responden de manera diferente a la siguiente pregunta: ¿Qué es lo que va a jalar la economía mexicana en los próximos años, una redefinición en la distribución del ingreso entre empresas, trabajadores y gobierno o una apertura al capital en el sector más estratégico de la economía?

Detrás de esas respuestas, hay una diferencia diametral de concepción del quehacer económico. Y también de visión política. Veremos cuál lleva la primacía.

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