Las muertes de Madero y Pino Suárez acaban con la joven democracia mexicana | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Lunes 11 de Abril, 2016

Las muertes de Madero y Pino Suárez acaban con la joven democracia mexicana

huella. El pueblo, de manera espontánea, marcó con piedras los sitios donde cayeron baleados Francisco I. Madero y José María Pino Suárez.

Madero estaba cierto de que, al final, su causa triunfaría y la legalidad democrática que representaba su régimen volvería a imperar en el país. “Tenemos que triunfar porque representamos el bien”, le dijo a José Vasconcelos en los días de crisis de la Decena Trágica. Pero su régimen se desmoronó.
Preso del golpista Huerta, que había resultado más hábil que los primeros alzados, Manuel Mondragón y Félix Díaz, no tuvo otra salida, al final, que renunciar. Creyó una vez más en que negociaba con hombres con un mínimo sentido del honor, y nuevamente se equivocó. Su buena fe costó su vida y la del vicepresidente Pino Suárez, que al permanecer en todo momento a su lado, canceló la posibilidad de que el maderismo resurgiera con la fuerza de la indignación ante la deslealtad.
Encarcelados desde el día 18, Madero y Pino Suárez ya no abandonarían la Intendencia de Palacio Nacional –calabozo improvisado- sino para morir. Muy pronto les hace compañía el general Felipe Ángeles, quien, convocado por Huerta para “recibir órdenes” acude a Palacio. Al ser enterado de la prisión del presidente, se le da a escoger: o se va al exilio con Madero, o dirige el Colegio Militar. Pero las opciones planteadas solamente son engaños, pues Aureliano Blanquet lo arresta y lo encierra con los otros prisioneros. Al ser notificado. El embajador Henry Lane Wilson se apersona en Palacio Nacional; hay quienes lo vitorean. El diplomático estadunidense no puede estar más feliz. Siente el fin del régimen maderista como una victoria personal. Al presidente derrocado, afirma, le convendrá que lo encierren en un manicomio. En cuanto a Pino Suárez, lo llama “pillo” y opina que lo mejor que puede hacerse con él  es matarlo. En su informe a Washington, Wilson refiere su participación y su influencia para que Huerta y Félix Díaz “se pusieran de acuerdo” en quién debiera asumir el poder.
Todo es júbilo entre los rebeldes atrincherados. ¿Creerán que aún les es posible hacerse con la presidencia? Aunque el día 19 organizan su “desfile de la victoria”, el Pacto de la Ciudadela desvanece esos sueños de grandeza: será Huerta quien se quede en la Presidencia; Félix Díaz ha de conformarse con una vaga promesa que nunca se cumplirá.
El cautiverio de Madero, Pino Suárez y Ángeles se prolonga mientras algunos embajadores trabajan para asegurarles la vida y una ruta directa hacia el exilio. Huerta, en todo momento, plantea como requisito indispensable la renuncia del presidente y vicepresidente, con todas las garantías de cuidar su integridad.
Mientras el embajador japonés Horiguchi da protección a la familia Madero,  Bernardo de Cologan, español, Anselmo Hevia, chileno y Manuel Márquez Sterling, cubano, intentan negociar con Huerta.
Finalmente, las renuncias que debieran ser canjeadas por los respectivos salvoconductos hacia el exilio, siguen una ruta que no respeta las promesas de Huerta. Llevadas con rapidez a la Cámara de Diputados, permitieron del fugaz mandato de Pedro Lascurain, que convirtió a Huerta en presidente interino. En ese momento, las vidas de Madero y Pino Suárez dejaron de tener valor.

 

Llegada la noche, les dijeron que los llevaban a Lecumberri…
Resulta trágica –una vez más– y esperpéntica la presidencia, de apenas 45 minutos de duración, del canciller Pedro Lascurain. Pero sirve para allanarle el camino a Huerta. Numerosos maderistas abandonan la capital, en busca de la oportunidad que les permita rehacer fuerzas y defender al régimen.
Madero se sobresalta cuando se entera de que su renuncia ha corrido más aprisa que el salvoconducto que debiera ayudarlo a salir del país. Sabe que su vida y la del vicepresidente peligran; pide que localicen al embajador Hevia, que hagan cumplir la promesa de Huerta, “¡Ese Huerta!”, clama, angustiado.
Pero todo es ya inútil; las promesas se aplazan una y otra vez; los diplomáticos Hevia y Márquez Sterling presionan, pero una y otra vez se les dice que nada pasa, que Madero y Pino Suárez saldrán del país… en su momento.
Sara Pérez de Madero saca fuerzas de su dolor. No ha visto a su marido desde ese 9 de febrero, que se antoja tan lejano, cuando se fue a caballo, rodeado de los cadetes del Colegio Militar. Acompañada de su cuñada Mercedes, se apersona en la embajada estadunidense y le ruega a Henry Lane Wilson interceda ante Huerta para salvar la vida de su marido. El diplomático asegura que ninguna influencia tiene, y se descara: “La caída de su esposo se debe a que nunca quiso consultarme”. Le dice que esos diplomáticos que intentan salvar a Madero ningún peso real poseen en las decisiones del nuevo régimen. Sara entiende el tamaño de la intriga y sabe que nada logrará.
La zozobra llena la Intendencia de Palacio Nacional habilitada como cárcel. A los prisioneros se suma un acompañante: el embajador cubano Márquez Sterling, que, con su presencia, intenta defender la integridad de Madero, de Pino Suárez y de Ángeles. Tiene listo un barco para llevarse a sus protegidos a Cuba, no bien Huerta autorice el traslado a Veracruz.
Doña Mercedes González de Madero, madre del presidente caído, logra ver a su hijo hasta el 21 de febrero. Sólo entonces, Francisco se entera del asesinato de su hermano Gustavo. Llorando, cae de rodillas a su madre y le pide perdón. Se acusa de numerosos errores, en especial de creer en la gente equivocada. Mientras, Huerta y sus ministros se reúnen: no hay acuerdos acerca de qué hacer con Madero y Pino Suárez.  Henry Lane Wilson ofrece una recepción e ignora los reclamos del embajador Hevia que, hasta el último momento intenta conseguir el salvoconducto.
Madero se duerme esa noche llorando la muerte de su hermano, así lo recordará Márquez Sterling. En el curso del día 22, toman acuerdo los generales golpistas la muerte de sus prisioneros. Cecilio Ocón, empresario felicista y conspirador desde el primer día, consigue prestado un automóvil caro, un Protos. Manuel Mondragón recluta a un mayor del cuerpo de rurales, Francisco Cárdenas, a quien encomiendan el asesinato del ex presidente. Cárdenas contaría que exigió la orden de viva voz de Huerta. Sólo así se decidió a cargar con un muerto “de ese tamaño”.
Hacia las 10 y media de la noche, Cárdenas, junto con el custodio Joaquín Chicarro, fueron por los prisioneros. Les dijeron que los llevaban a Lecumberri, como ocurrió, pero no entraron al penal. Se estacionaron en los muros traseros, y al sacar con violencia a Madero, le soltaron dos tiros en la cabeza. Pino Suárez intentó correr; lo balearon por la espalda.
Al día siguiente, los periódicos dijeron que las víctimas cayeron durante una refriega producida cuando los trasladaban. Nadie lo creyó. Donde cayeron, la gente puso montones de piedras, para que el lugar no se olvidara. Durante todo el día, docenas de personas fueron a poner velas allí. Al día siguiente, la revolución se encendía de nuevo.

 

Pedro Lascurain, el presidente de más  breve mandato en  la historia de México
Ciertamente, no era un político profesional. Mucho menos un intrigante que, atraído por las tentaciones y espejismos del poder. Era un abogado católico, con fama de buen esposo y padre de familia, profesor de la Escuela Nacional de Jurisprudencia, con un negocio inmobiliario próspero que, entre otras operaciones, había vendido los terrenos del llamado Potrero de Romita a la sociedad creada por Gabriel Brown, Edward R.- Morton, Cassius Clay Lamm y Walter Orrin, con los que se crearía la elegante Colonia Roma. Ése era Pedro Lascurain Paredes.
Cercano a los reeleccionistas, aspiró en dos ocasiones a ocupar la titularidad del Ayuntamiento de la Ciudad de México. Ganó las elecciones en su segundo intento cuando el gobierno de Francisco Madero tenía dos meses de vida. Por una casualidad, exactamente un año antes del inicio de la Decena Trágica, el 9 de febrero de 1912, expidió un llamamiento a apoyar la consolidación del nuevo régimen. Comenzó a creer en la transformación del país.
Fue llamado a la cartera de Relaciones Exteriores un par de meses después. Desde allí, apoyó a Madero en desmentir los informes exagerados de Henry Lane Wilson. Pero el cuartelazo lo puso a prueba. Siempre afirmó que obró de buena fe, e incluso reconoció su ingenuidad al creer en que Huerta respetaría la vida del presidente y del vicepresidente. En su cargo de canciller recayó la presidencia. Gobernó, acaso movido también por el temor, durante 45 minutos, para abrir un camino legal, pero incorrecto y sin peso moral, a la presidencia de Huerta.

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