México, país informal - Manuel Gómez Granados | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Jueves 21 de Abril, 2016

Manuel Gómez Granados

México, país informal

En febrero de este año, el Instituto Nacional de Estadística y Geografía daba cuenta de las cifras de ocupación y empleo para 2012. Llama la atención el número de personas que, entre octubre y diciembre del año pasado, trabajaron en la economía informal.
Casi dos de cada tres personas, 59.9 por ciento de los mexicanos en edad y condiciones de trabajar, tuvieron algún tipo de empleo informal. Ciertamente, la cifra da cuenta de una ligera mejoría respecto de lo que teníamos en 2011, pero fue una mejora marginal que nadie en su sano juicio podría considerar indicativa de algo más que una variación, que podría atribuirse a muchos factores. Ese 59.9 por ciento representa a cerca de 30 millones de personas, muchos de ellos jóvenes y mujeres que trabajan en condiciones insalubres, sin seguridad social, sin que se les reconozcan derechos, y la inmensa mayoría de ellos impedidos para continuar sus estudios, con algún tipo de carencia en términos de vivienda, salud, alimentación o alguna combinación de las tres.
La mayoría de los trabajadores del sector informal trabajan allí honradamente; todas las mañanas  despiertan para ocupar algún espacio en las bocacalles de Insurgentes o Calzada de los Misterios o alguna otra calle del Distrito Federal y de ciudades del interior de la República, con la única protección que les dan sus ganas de ganarse el pan para ellos y sus familias. Limpian parabrisas a cambio de propinas, venden cigarros al menudeo, ofrecen botellas de agua, distribuyen periódicos gratuitos, etc. Otros, en cambio, no siempre actúan honradamente, pues manufacturan videos, películas y programas de cómputo piratas en grandes cantidades, y los distribuyen con una eficacia que envidiarían algunas empresas formales. Además, está la economía criminal: secuestros, extorsión, drogas, robos…
Unos y otros, quienes trabajamos en el sector formal y quienes lo hacen en el informal, configuramos una realidad muy compleja. Ni todos los formales son buenos y honestos, ni todos los informales son malos y deshonestos. Estar de un lado u otro de la mesa puede ser, en muchos casos, cuestión de suerte, y de un mal diseño de nuestras instituciones y mercados.
El saldo de muchos años de inmovilismo legislativo, que parece que empieza a ceder, refleja, en un sentido, la ceguera de las autoridades que, a pesar de repetidos anuncios de reformas y talas legislativas y reglamentarias, mantienen trabas innecesarias y engorrosas para la creación de empleos formales, microempresas, autoempleo y hasta para el pago de impuestos; trabas que reflejan, en algunos casos, miopía al imaginar las posibles maneras de financiar los sistemas de seguridad social, recaudación fiscal y en otros, una parálisis deliberada que beneficia a mafias que viven de la informalidad.
No olvidemos que muchos  políticos viven del clientelismo, y necesitan mantener en la informalidad a millones de personas para contar con gente movilizable, personas acarreables, que aguanten horas y horas en el sol, que aplaudan o abucheen cuando sea necesario.
Este entramado de complicidades tiene sus nexos en algunos empresarios formales que se sienten amenazados por posibles competidores, y que prefieren exiliarlos a las actividades no formales. No es producto del azar que seamos un país de informales, del mismo modo que somos un país de monopolios. La informalidad forma parte del precio que los mexicanos pagamos porque ramas enteras de la economía están en manos de una o dos empresas, que en algunos casos no sólo son monopolios, también son monopsonios, es decir, son los únicos o los principales compradores de los insumos necesarios para elaborar los bienes que producen.
A muchos empresarios formales les conviene que sea costoso ser formal, porque entonces sólo las empresas consolidadas pueden tener las ventajas que se desprenden de ser formal, como deducir impuestos, tener acceso a créditos o concursar en licitaciones de gobierno... Por otra parte, les conviene que existan empresas informales, especialmente en el campo y las zonas más marginadas, que produzcan bienes a precios muy bajos, que son adquiridos por las empresas formales para comercializarlos con mayores ventajas.
Algo tenemos que hacer ante la informalidad, y un primer paso es la simplificación de trámites para abrir un negocio o  microempresa, y para el pago de impuestos que hoy es tan complicado. Urge también, que rompamos con viejas costumbres y formas culturales de ser empresario, ya que muchos, han dejado como legado pobreza, corrupción, mafias y, sobre todo, la visión de un mundo laboral que pertenece a los “astutos” y no a los que creen en el esfuerzo del trabajo diario y la perseverancia.

manuelggranados@gmail.com

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