La Crónica de Hoy | Buendía, 29 años después

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  (Carlos Ferreyra)


Buendía, 29 años después
Carlos Ferreyra | Opinión | Fecha: 2013-06-13 | Hora de creación: 02:07:42 | Ultima modificación: 02:07:42

Hace 29 años, un 30 de mayo al anochecer, fue asesinado el periodista Manuel Buendía, el más influyente y respetado analista del siglo pasado; tiempos del PRI, de la todo poderosa Dirección Federal de Seguridad (nuestro FBI nativo) y de la intocabilidad de la Santísima Trinidad: Presidente, Ejército y Virgen de Guadalupe. En ese orden.

De lo que sucedió se han llenado millares de páginas, pero en síntesis y para beneficio de los lectores jóvenes, diremos que segundos después de la muerte de Buendía, el cuerpo a unos metros de la entrada al edificio donde tenía sus oficinas, conocidas como “MIA” (por Mexican Inteligence Agency, parangón de la CIA gringa) apareció el director de la temible DFS, José Antonio Zorrilla Pérez, cuya oficina se encontraba a minutos de distancia, pero con el tráfico vehicular de la ciudad de México, no tan cercana como para estar presente “casi” durante el crimen.

Se hicieron las primeras investigaciones sin resultado, salvo la aparición de un misterioso pistolero: El Chocorrol; luego, vinieron las versiones desorientadoras. Se dijo que éste había muerto en incidente cantinero en Nayarit. Y que el crimen contra Buendía había sido por sus aficiones, su agrado por las jóvenes (especie descalificadora de la consciencia política); también que se trataba de una venganza de narcos o de agentes de la CIA o de un gobernador de Guerrero que lo amenazó de muerte públicamente.

Los temas que habitualmente abordaba Manuel Buendía eran los relativos a la presencia de la CIA en México, sus actividades, los agentes más notorios y donde metían las narices; el narco con sus personajes destacados y sus nexos con el poder, especialmente policiaco; la derecha política encarnada por agrupaciones como el MURO y otras más, curiosamente afiliadas al panismo, y la corrupción en el sistema gubernamental mexicano. Y entre los corruptos, había hilado una serie de denuncias contra el guerrerense Rubén Figueroa, ya fallecido.

Ante la siembra deliberada de confusiones, debieron ser los periodistas quienes hicieran las tareas de las incapacitadas policías nacionales, del orden común y del orden federal. Destacaron en esta tarea dos: Miguel Ángel Granados Chapa, amigo cercano de Buendía, y Rogelio Hernández López, igualmente amigo de Buendía. Aclaro: maestro de periodismo, tenía la costumbre de no negarle el saludo a nadie, la respuesta a una pregunta, la orientación al estudiante ávido de ampliar su naciente mundo de la información. Era amigo de todos. Hasta mío.

Con el tiempo y obligadas las autoridades por la acumulación de datos de parte de los periodistas investigadores, se concluyó que el crimen había sido organizado por José Antonio Zorrilla Pérez, director federal de Seguridad todavía en la cárcel, mientras que el autor físico, Rafael Moro Ávila Camacho, salió de prisión en 2009. Solución que, como pudimos observar, quizá no era la correcta pero sí era la conveniente para el sistema.

Zorrilla Pérez era el hombre de todas las confianzas del gobierno, del secretario de Gobernación, Manuel Bartlett, y del presidente Miguel de la Madrid. Atesoraba datos sobre políticos y financieros, pero principalmente era protector de los desmanes y las tropelías del sistema. Crimen necesario, con el tiempo se descubría la mano de los agentes del temible, oscuro y hasta la fecha nunca desvelado organismo.

Pero sigamos: quince días antes de su asesinato, el maestro Buendía cenó con un reducido grupo de reporteros entre los que menciono a uno que ya falleció: Fausto Fernández Ponte, estrella en el firmamento excelsioriano de Julio Scherer, hombre de buena pluma, pero de mayor capacidad para meterse en las intimidades del poder. Durante un par de décadas fue corresponsal en la Casa Blanca, por lo que conocía el tejemaneje del espionaje gringo en Latinoamérica y otras partes del mundo. Era insuperable fuente de información.

En esa cena, celebrada en la Zona Rosa, Buendía mostró interés en exprimir a sus interlocutores en torno a las versiones sobre los chismes que circulaban entre la grilla institucional: los acuerdos entre el presidente Miguel de la Madrid con los tres principales capos de la droga a los que pedía no sacar el billete verde del país. México lo necesitaba, eran tiempos de agobio financiero.

Versión tan creíble como los autores del asesinato y los motivos que nunca supimos bien a bien cuáles fueron para el crimen. Eso, en la investigación oficial, porque en la periodística trascendió que Buendía había celebrado otras reuniones amistosas con otros informadores, a los que igualmente pedía datos en torno a funcionarios mencionados, no abiertamente, como narcos. Vale destacar que el maestro, el más importante periodista de la segunda parte del siglo XX, no acudía a los “descubrimientos” asombrosos, las denuncias espectaculares o asuntos que no fueran del conocimiento público.

Así, en un análisis de sus columnas encontramos que lo que hacía, y muy bien, era poner en orden la información que se colaba por cualquier parte. Por eso recurría a sus amigos reporteros, al igual que confrontaba versiones y opiniones con analistas políticos, pero con muy pocos y muy escogidos. Nunca fue desmentido, quien sentía agravio por el periodista acudía a la descalificación personal, al insulto, a la amenaza, pero jamás al debate.

La muerte del maestro Buendía sacudió la consciencia nacional. Aunque se habían registrado otros asesinatos de periodistas, ninguno conmovió tanto a la opinión pública. Era un asesinato por causas profesionales, sin duda. De hecho había quien no daba crédito de que alguien se hubiese atrevido a asesinar a una persona cuya proyección nacional e internacional podría causar un desastre al gobierno. Creo que fue así como aprendimos: se toma al más vulnerable, se hace un arreglito con él, se le somete a juicio y se le condena. Luego se le deja salir. Al otro no, porque las motivaciones son políticas tanto como criminales.

Un centenar de periodistas fueron asesinados durante el siglo XX, pero varios de ellos por causas ajenas a la profesión. Uno, emblemático, Carlos De Negri, a manos de su esposa a la que daba un trato como de ex ministro de la Tremenda a su cónyuge. Un par de corresponsales de Sinaloa, víctimas de bandas rivales cuando todavía no se hablaba de cárteles, y así hubo otros casos, inclusive de tipo íntimo…

En el naciente siglo ya amontonamos una cifra superior a la de la centuria pasada; la mayoría de estos años fuimos gobernados por panistas cuyo mejor registro ha sido la fuga del más importante narcotraficante del mundo, Joaquín El Chapo Guzmán, del que ahora el ex presidente Vicente Fox quiere ser socio –si no es que ya lo era– o su competidor en la producción de mariguana.

Es obligado mencionar la guerra de Calderón, con sus 70 mil o cien mil muertos, según la fuente que se consulte. Si con la muerte de Buendía sentimos que el mundo se derrumbaba, nada bueno esperábamos los demás. Así ha sido. Del centenar de asesinatos registrados en trece años, no se ha resuelto ninguno, me dicen que sólo el del corresponsal de Televisa, que por serlo se cuece aparte, del resto ni siquiera han investigado. El número de informadores con petición de asilo en otras naciones es numeroso; eso sí, hay nuevas leyes en defensa de los periodistas, pero el gremio sabe: no es problema de ordenamientos jurídicos, sino de voluntad para aplicarlos. Y hasta ahora no la hubo y en adelante tampoco la habrá.

carlos_ferreyra_carrasco@hotmail.com

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