¿Constitución y gobierno eficaz o re-formas? - Juan José Huerta | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Jueves 29 de Diciembre, 2016
¿Constitución y gobierno eficaz o re-formas? | La Crónica de Hoy

¿Constitución y gobierno eficaz o re-formas?

Juan José Huerta

“En política, la forma es fondo”, decía don Jesús Reyes Heroles, y con la idolatría que tenemos muchos mexicanos a las formas, está resultando que el fondo de nuestro régimen político se ha convertido en puras re-formas, cambios sin fin a los referentes básicos políticos, económicos y sociales de nuestra Constitución, lo que no permite que lo establecido madure y rinda frutos, con lo que no se aprovecha todo el potencial que este maravilloso país nos puede brindar. Puras re-formas fragmentarias que distan mucho de ser la base de una acción de gobierno verdaderamente eficaz para lograr los objetivos que demanda el interés general de la sociedad mexicana: una mayor igualdad económica y social, con suficientes garantías de trabajo digno para un modo honesto de vivir, seguridad para las familias en sus personas y bienes, que el patrimonio económico nacional no sea rematado al extranjero, protección de la riqueza medioambiental.
En muchos aspectos de nuestra realidad es posible observar esto que está pasando. La desigualdad es de los más evidentes, como lo detallan los estudios y cifras del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval) y del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) en lo que hace a los niveles de pobreza extrema de amplios segmentos de nuestra población y los más de 29 millones de trabajadores que laboran en la informalidad, es decir, sin prestaciones ni seguridad social ni acumulación de antigüedad en el empleo.
Es increíble, pero en países y regiones con mucho menores problemas de desigualdad que el nuestro se han estado levantando voces enérgicas para combatir ese flagelo, que tiene como una de sus principales causas el acelerado proceso de globalización mundial con base en las desaforadas libertades de comercio e inversión extranjera, como se destacó en el reciente Foro Económico Mundial 2014 de Davos. En la ceremonia de clausura de este evento, el 25 de enero, el grito final fue “”Incluyamos a los más excluidos”. Incluso, los conceptos que ha estado expresando recientemente el presidente de Estados Unidos Barack Obama estarían doble o triplemente justificados en nuestro país: “tratar bien a los trabajadores no es solo lo correcto, es una inversión… nadie que trabaje a tiempo completo debería tener que criar a su familia en la pobreza… si trabajas duro, deberías poder pagar el alquiler, hacer la compra y cuidar a tus hijos…el hecho frío y duro es que aun en medio de la recuperación, demasiados estadunidenses trabajan más que nunca sólo para mantenerse, mucho menos para avanzar; y demasiados no están trabajando”. Bueno, hasta el secretario de Estado en el gobierno de Obama, John Kerry, advirtió hace poco que “la estabilidad económica y social y la seguridad nacional de los países dependen de la posibilidad de que empresas y gobierno encuentren la fórmula de generar empleos y oportunidades para millones de jóvenes que en este momento no tienen un futuro”.
Pero, ante esta situación global, en México ¿qué hacemos? Estamos metidos hasta el tuétano en las re-formas a nuestra Constitución, faena a cargo de una partidocracia exclusivista y onerosa, las cúpulas de los diferentes partidos que se apoderan en su propio beneficio del pluralismo político que hemos logrado, buscando convencer al ciudadano con abusiva propaganda de que trabajan por el bien común, cuando en realidad se apegan a los poderes fácticos, nacionales y extranjeros, y desdeñan la gestión democrática en interés de todos. Prácticamente no actúan diferente cuando dichas cúpulas partidarias se hacen gobierno, ya sea federal o en muchos de los estados o municipios.
No es que las constituciones de los países sean inmutables, pero sus cambios han de realizarse con extremo cuidado. Y en la Constitución mexicana no deberían modificarse así como así sus postulados básicos, los que son fruto de un gran consenso ciudadano en beneficio del interés nacional, pues la Constitución no es un programa de gobierno, como pareció implicarse por los oradores en la ceremonia conmemorativa del 97 aniversario de la Constitución de 1917 en Querétaro. Más bien, el programa de gobierno debe atender primordialmente a los fundamentos de largo alcance establecidos en la Constitución. Sin tocar esos postulados que son apreciados por una mayoría de los mexicanos, y consecuentemente en un gran esfuerzo de toda la ciudadanía no dividida, podríamos estar buscando los grandes objetivos nacionales, en la consolidación de los evidentes logros que nuestro régimen político ha también alcanzado sobre la base de la Constitución mexicana de 1917 y la evolución democrática desde entonces: la inigualable libertad de que gozamos los mexicanos, la paz que también disfrutamos (con esporádicos episodios oscuros como el delincuencial y de inseguridad que nos agobia ahora); el pluralismo y mayor desarrollo políticos, el impulso a un amplio potencial poblacional, una nueva estructura económica.
Pero no, estamos llegando a un híbrido que deja mucho que desear en relación a los intereses de una nación integral e integrada. Como vemos, se desaprovecha el gran potencial de trabajo productivo de un país de 120 millones de habitantes, cuya mayoría ahora está en edad de trabajar, con lo que reinan la desigualdad, la pobreza extrema, el subempleo o empleo informal. Como “país que en el mundo más respeta el libre comercio”, las desaforadas importaciones han ahogado amplios sectores de fabricación nacional: textiles y ropa, acero; petroquímicos; ya los productores de leche advierten del peligro para su actividad por las importaciones, si se abren los aranceles como resultado del Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP). Igual, se desarticulan las cadenas de valor agregado en un modelo de maquila de productos extranjeros, cuyos componentes y partes y piezas más elaborados y avanzados técnicamente son importados, en tanto que el valor que nuestro país incorpora es básicamente una mano de obra mal pagada. El modelo también propicia el remate a dueños extranjeros de grandes segmentos productivos del país, inclusive ahora la riqueza petrolera, con justificaciones nimias. Sí, por supuesto que es muy importante eliminar la corrupción y sanear administrativa y financieramente a Pemex, liberarlo de la excesiva carga de impuestos, pero siempre recordando que es una entidad de interés público, para aprovechar en favor del bien común la riqueza petrolera; no privatizar ésta. Y dejar de considerar, otra vez, como nuevo ídolo a la inversión extranjera; asegurar que el crecimiento económico dependa de las fuerzas internas, de las cuales aquella inversión puede razonablemente ser complementaria.
Incluso parecería que queremos mantenernos como exportadores de petróleo crudo, en vez de transformarlo en los destilados que importamos en grandes cantidades, con el empleo interno que ello generaría, pues, “como parte de nuestra estrategia comercial para diversificar las exportaciones de petróleo en mercados alternativos”, PMI Comercio Internacional, filial de Pemex, inicia las ventas de crudo a Europa y a la India.
En cuanto a la desigual distribución del ingreso y la riqueza, el esquema se replica en el sistema impositivo en lugar de tender a corregir aquella situación. El 47% del impuesto sobre la renta es pagado por los asalariados, en tanto que las empresas apenas pagan el 43 %. Como de los ingresos totales del gobierno federal el ISR es solamente el 24%; resulta que las empresas pagan por impuestos a sus utilidades apenas el 10 % de los ingresos impositivos totales (lo proveniente de Pemex es el 36%). Claro, la deuda pública se dispara, y llega a 6.5 billones de pesos a fines del 2013. ¡Y cómo las agencias calificadoras de deuda más importantes del mundo no iban a elevar la calificación “soberana” de México, si somos fuentes importantísima de sus ganancias! Y claro, más lo seremos con las re-formas estructurales.
Sin hablar ahora del muy variado impacto de las re-formas en el régimen político, lo que afecta sensiblemente las perspectivas de nuestra nación. Por mencionar uno solo: el neocentralismo creciente del poder federal que no va en favor de la unidad de la nación pues diluye la capacidad de decisión de estados y municipios en muy diversos aspectos: seguridad, elecciones, procuración de justicia, gestión gubernamental, etc. Un federalismo debilitado, con el riesgo de las reacciones separatistas que pudiera traer consigo en el mediano plazo.

jjhupc13@gmail.com

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