¿Y qué hacemos con Rusia? - Marcel Sanromà | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Jueves 29 de Diciembre, 2016
¿Y qué hacemos con Rusia? | La Crónica de Hoy

¿Y qué hacemos con Rusia?

Marcel Sanromà

Tras anexionarse Crimea esta pasada semana, el presidente ruso Vladimir Putin aseguró que sus reivindicaciones territoriales no se extenderían a las zonas rusófonas del este ucraniano, o a otros países de su área de influencia, como Bielorrusia, Kazajistán, o Georgia. Pero la realidad es que la humanidad suele tener mala memoria, y he citado a Georgia expresamente. Mucha gente parece haber olvidado lo que ocurrió allí en agosto de 2008 -con un Putin que acababa de inaugurar su segundo mandato como presidente sucediendo al títere Medvédev-, la guerra entre georgianos y rusos acabó reforzando a Osetia del Sur, parte geográfica de Georgia, como protectorado ruso de facto, tras su independencia autoproclamada de la Unión Soviética en 1990.
Parte de Georgia, por supuesto, a ojos de la ONU, la Unión Europea, de EU, de todo el mundo occidental, que se negó a atender el problema y se negó a reconocer la independencia del país -así como la de Abjasia, en la parte occidental de Georgia, ese mismo año- logrando esconder el problema, y por consiguiente, ocultar la tendencia expansionista rusa. Putin asegura que no lo volverá a hacer, y si bien no podemos dar por hecho que regiones rusófonas como el este ucraniano o partes de Bielorrusia o Kazajistán vayan a acabar igual que Crimea, la realidad es que ya lo hizo hace cinco años y medio.
“Es una pena que el Consejo Europeo haya tomado una decisión alejada de la realidad”, dijo el sábado Alexander Lukashevich, portavoz del ministerio ruso de Asuntos Exteriores, sobre las sanciones impuestas por la Unión Europea, y también por Estados Unidos. La realidad, así como la historia, es testaruda, y teniendo en cuenta que los intereses de Putin en Crimea se ciñen al poder tradicional, a la histórica y enorme influencia rusa en Eurasia, es absurdo pensar que una sanción económica puede realmente hacer recapacitar al líder ruso. ¿O acaso alguien esperaba de verdad en la Casa Blanca que tras ver que congelan los activos que Rossiya Bank pueda tener en EU, Putin se asustaría, rompería en pedazos el decreto de anexión y convocaría una conferencia de prensa para pedir disculpas?
Al fin y al cabo, la única sanción que se podría imponer que de verdad dañara la economía rusa lo suficiente para ser más importante para Putin que el exacerbado nacionalismo del Kremlin sería que Europa diese la espalda al gas ruso. Pero por supuesto, los veintiocho jamás tomarían esa decisión porque en medio continente tendrían que volver a cocinar con leña. A países del sur como España les daría igual, pues se surten de las bolsas de Argelia (un país dictatorial, por cierto), pero Alemania, que es quien manda en la Unión Europea, jamás permitiría tomar una decisión semejante.
¿Entonces qué hacemos? Y la respuesta es sencilla: Nada. Sólo la fuerza bruta podría servir de alternativa, y la última vez que Europa se resistió a los anhelos expansionistas de un mandatario megalomaníaco, el mundo perdió a sesenta millones de personas, y nadie en su sano juicio correría el más mínimo riesgo de que algo así pudiera volver a suceder. Si Crimea quiere ser rusa y Rusia quiere que Crimea sea rusa, Crimea será rusa. Eso es algo que ya ha ocurrido en Abjasia y Osetia del Sur y a nadie le ha importado, la única diferencia reside en los años -en 1990 no existía Twitter y la CNN apenas echaba a andar- y en que esta vez la decisión se ha tomado bajo luz y taquígrafo y con fuegos artificiales. No nos engañemos, la pataleta de EU y la UE es simbólica, es la frustración de ver que pierden poder, de ver que un rival político y geoestratégico se hace fuerte mientras ambos zozobran, y ser conscientes de que jamás van a pulsar los únicos dos botones que de verdad podrían revertir la situación.

marcelsanroma@gmail.com

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