De nuevo, los desastres - Manuel Gómez Granados | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Jueves 29 de Diciembre, 2016
De nuevo,  los desastres | La Crónica de Hoy

De nuevo, los desastres

Manuel Gómez Granados

Una vez más, como la secuela de una mala película, las costas del Pacífico mexicano han sido escenario de destrucción y devastación en las últimas semanas del verano. Hace un año, el puerto de Acapulco y algunas otras comunidades del estado de Guerrero fueron víctimas del huracán Manuel y ahora vuelven a serlo con Polo. Sin embargo, la mayor destrucción ocurrió este año en Baja California Sur, especialmente en Los Cabos, con cargo a Odile, luego de que esa ciudad fuera severamente golpeada en 2012 por Ileana.
En uno y otro caso se cumple aquello de que llueve sobre mojado. No es la primera vez que ocurren estos hechos, pero no hay signos de que vayan a cambiar las razones que explican estas tragedias ni hay signos claros de avance en la prevención de los desastres. Esto se explica por lo irresponsables que fueron los procesos de planeación urbana de los centros turísticos, de las zonas residenciales y de vivienda popular en esos puertos turísticos, así como las reconstrucciones hechas luego del paso de otros huracanes.
Y aunque en Acapulco uno podría culpar a la pobreza secular de los pueblos de Guerrero, a la existencia de caciques y al mal desarrollo que predomina en ese estado, en Baja California Sur la historia es muy distinta, no sólo porque es uno de los estados más prósperos de México, también porque parece ser impermeable a los cambios políticos. Baja Sur es uno de los pocos estados en México que ha sido gobernado por los tres partidos políticos más importantes en los últimos 30 años. Esos cambios, sin embargo, no se han traducido en una mejor atención a los damnificados ni ha implicado una mejor planeación urbana o una mejor protección civil, que permita que no se repitan estas historias. Más bien, parece que —sin importar sus alegadas diferencias ideológicas— los tres partidos reproducen un mismo modelo de explotación turística que lejos de reconocer las características de los lugares en que se construyen las atracciones y la infraestructura, se insiste —de manera soberbia— en retar a la naturaleza al reproducir modelos turísticos hermosos para la vista, pero no sustentables.
Basta ver los efectos de la eliminación, intencional o no, de manglares. En 2007, Greenpeace calculaba que se había destruido el 70 por ciento de éstos en las costas de México. Para 2012, éramos uno de los países del mundo que más manglares había destruido. La razón era sencilla: no son atractivos para hoteles que venden la ficción de playas o campos de golf manicurados, y que aparentemente sólo pueden existir en la medida que se extermina la flora y la fauna de la zona.
Creemos que, por alguna razón que nadie explica, estamos exentos de los costos que tienen las intervenciones, en muchos casos verdaderos crímenes ecológicos, que se perpetran para construir desarrollos turísticos que no siempre logran los objetivos que se proponen. Ahí está Huatulco, Oaxaca, y las promesas incumplidas de miles y miles de turistas extranjeros que nunca llegaron, como lo atestiguan los cientos de lotes e incluso de locales construidos que frecuentemente remata Fonatur. ¿Y qué decir de Acapulco? Cada una de las sucesivas expansiones del antiguo centro turístico que existía alrededor de Caleta hasta Acapulco Diamante ha prometido ser la solución a los problemas del puerto. No ha sido así.
Los Cabos y Acapulco volvieron a sufrir este año, pero no son solamente desastres naturales. Son desastres humanos, fruto de decisiones e intervenciones mal pensadas y peor instrumentadas, que periódicamente vuelven a pasar factura. Por ahora lo que urge es la solidaridad ante los que sufren.

manuelggranados@gmail.com

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