Enigmas sueltos, de Jorge F. Hernández | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Jueves 29 de Diciembre, 2016

Enigmas sueltos, de Jorge F. Hernández

El alquimista, de Joseph Leopold Ratinckx (1860-1937).

Para PhilippeOllé-Laprune

Es probable que en pocas horas vengan por mí. No queda tiempo para llamar a nadie ni intentar la huida. Si acaso, probaré un recurso al final de estas páginas y se me ocurre aprovechar su espacio para dejar constancia de las revelaciones por las que se me persigue: los enigmas incómodos por los que seré recluido. Si alguien llega a leer estas líneas, ruego se mantenga el anonimato de su autoría y significados implícitos; que quien lea y comprenda las fórmulas interlineales que enuncio a continuación tenga el coraje y la audacia de transmitirlas a mis colegas de otras latitudes. Quedo con la esperanza de que mis investigaciones no se realizaron en vano. Aunque ahora, por ahora, no sean más que enigmas sueltos, quedo convencido de que el futuro revelará su contundente utilidad psicocientífica.
Sin explicación posible, habiendo nacido en Berlín y en 1939, quiero que conste que aparezco –tal como me veo ahora, al filo de los setenta años de edad– en una película que registra la entrada de Pancho Villa a la Ciudad de México en 1913. Sin lugar a dudas, o a la espera de que alguien logre despejar todas las dudas posibles, soy el que monta un alazán que trota al lado derecho del caballo sobre el que cabalga sonriente el afamado revolucionario mexicano.
Desde mis años en el Gymnasium–y hasta el día de ayer– he trabajado en la confirmación de una fórmula que revolucionará todos los aspectos del mundo conocido. El aparato crítico y todas las libretas con mis cálculos están bajo llave en casa de mi cuñada. Quien logre deshilvanar la madeja tiene la obligación de revelar al mundo que el cero no existe, que dos más tres suman cinco y así sucesivamente, en una realidad comprobada por el concepto erróneo de los postulados básicos, partiendo de que ? equivale a una suma, no sólo finita sino incolora e insípida como sustancia pesada.
Es urgente, aunque no indispensable, que el mundo se entere de la existencia de la Tercera Parte de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, inédita, aunque conservo el manuscrito original, firmado por el propio Miguel de Cervantes Saavedra, entre los libros que se apilan en el corredor del tercer piso de la torre de mi biblioteca. Allí también escondí los legajos que confirman que Cervantes no estuvo jamás preso en Argel, sino que logró escapar de galeras luego de Lepanto, huir a las islas de Inglaterra y que fincó su brillante carrera literaria con no pocos escritos, versos, sonetos y obras de teatro bajo el seudónimo (ahora famoso) de William Shakespeare. Quien lo dude puede cotejar los enredos de calendarios, caligrafías y demás teorías con las que se ha querido velar la verdad.
En el comedor conservo todos los mapas y la cartografía comprobatoria de que Portugal está real y físicamente separada del territorio de la Península Ibérica, alejado de España por una grieta que más o menos cubre la extensión total de su territorio y que mide exactamente tres metros con setenta centímetros de anchura, lo cual explica que haya permanecido desapercibida hasta la fecha. Entre otras muchas rarezas, esos mapas también muestran que Oslo no existe. Se trata de una mera, aunque inmensa, ilusión.
En el sótano conservo el baúl que contiene el Segundo y desconocido Concierto para Violín de Ludwig van Beethoven, los treinta legajos firmados por un tal Franz Joseph Schlesberg que narran su estrecha relación con Johann Sebastian Bach y el verdadero nacimiento del jazz como género musical. Creo que en esa misma caja escondí los expedientes que explican las teorías psicoanalíticas en torno a la argentina propensión a repetir e intercalar las palabras esto, este o y buéno en todo parlamento, coloquio o conversación.
Cuento con diapositivas en blanco y negro, más una grabación magnetofónica impecable, que registran las últimas seis horas en la vida de Marilyn Monroe, su agonía desesperada y la exhalación final. El mundo ya está listo para saber esa verdad. Por las mismas razones, declaro en pleno uso de mis facultades mentales que mi incondicional asistente, Sr. Evodio Placencia López, es en realidad Elvis Presley, rey del rock y mi chofer, hasta el día de ayer que lo tuve que despedir.
En los márgenes de la Enciclopedia Británica, cuyos tomos se alinean en el pasillo, he transcrito de forma íntegra todos los trabajos de investigación que he realizado en forma confidencial para el Vaticano desde el año 1962. Para descifrar sus contenidos es necesario seguir el código simple de Bubitz&Schelle, donde la letra A corresponde al número 8, B = 3, C = 42… y así, sucesivamente, sin uso de acentos ni eñe.
Del mismo orden, pongo a disposición del guardián de mi posteridad el voluminoso expediente que contiene la paleografía completa del llamado Testimonio Final de Juan Diego, extraviado en el s. xvi en el Colegio de Traductores del Convento de Santiago Tlatelolco, supuestamente quemado en 1716 en Manila, y que –evidentemente– pondrá en claro la vera historia guadalupana de México.
En el armario del cuarto que fue de la Nena he archivado todas las patentes de mis inventos y sus respectivos registros, pendientes aún del cobro de regalías y/o explotación comercial:
–fonógrafo bipolar candente
–catalejos con dioptría intercambiable
–neblina artificial
–sombra aislada
–encuadernadora automática
–proyector de sensaciones íntimas
–clavos blandos
–pantalla portátil de paisajes entrañables
–algodón incombustible
–tinta acre
–traductor instantáneo con instalador labiodental
–lentes leídos (incluyen Moby Dick, La Celestina y versos sueltos de Dante)
–lápiz eterno y la infusión invisibilizadora que, en estos momentos, vuelvo a poner en funcionamien….

Cuento tomado del libro Tierras insólitas. Antología del cuento fantástico.

Imprimir