Los amores de don Porfirio | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Jueves 29 de Diciembre, 2016

Los amores de don Porfirio

En sus años mozos, Porfirio Díaz se dio tiempo para el amor, aun cuando estuviera metido de lleno en la efervescencia política que dominó buena parte del siglo XIX. Muy joven, en sus andanzas políticas por Juchitán, se le relacionó con Juana Catalina Romero, joven cacica de gran inteligencia. Sin embargo, aunque es sabido de la cercanía entre ambos, no se ha demostrado que ese vínculo haya sido de tipo amoroso.
Es muy posible que, en las etapas de la guerra de Intervención en que hubo relativa estabilidad en las campañas militares, Porfirio haya tenido varias compañeras, soldaderas cuyas biografías se perdieron en el fragor  de la guerra. Una de ellas le dio una hija, que nació en Oaxaca el 8 de abril de 1867, poco después de que el general se convirtiera en uno de los grandes héroes de la guerra de Intervención, pues apenas seis días antes había vencido en Puebla.
En la partida de bautismo de la recién nacida, se anotó que el nombre de la madre era Justa Saavedra. La bebé recibió el nombre de Amada, y fue, ciertamente, la hija más querida por su padre el general, que jamás reanudó relaciones con Justa. De hecho el bautizo de Amada se efectuó el 15 de abril de aquel año, también en Oaxaca, y unas horas antes de que se concretara el matrimonio, por poder, entre Díaz y la que fue su primera esposa, Delfina.
La niña, que vivió algún tiempo con su madre en la ciudad de México, después fue separada de ella y confiada a la tutela de una familia apellidada Quiroz, y después a la familia del general Carlos Pacheco, todos ellos cercanos a Díaz. Con el tiempo, Amada se integró a la familia que Porfirio y Delfina formaron.
DELFINA, LA PRIMERA ESPOSA. Delfina era sobrina de Porfirio. Hija no reconocida del médico Manuel Ortega y de Manuela Díaz, su padrino tuvo que bautizarla en 1845 como “hija de padres desconocidos”. Era una niña de 8 años cuando su tío abandonó la casa familiar, arrastrado por la ambición y sus ideas liberales. No la vería sino hasta ocho o diez años después, y Delfina era ya una mujer que atrajo al joven soldado. En los tiempos que pasó prisionero de los franceses, Porfirio le escribía a Delfina cartas en las cuales  siempre se despedía como “tu tío que te quiere”.
Aparentemente, el intercambio epistolar, con todo y lo accidentado que debió haber sido, permitió cultivar un curioso cortejo y luego romance. De otro modo, no se explica cómo, de paso por Oaxaca, en la primera mitad de 1867, Porfirio aprovechara para declarar abiertamente su amor por Delfina. Semanas después, triunfante, le escribiría desde Puebla para proponerle matrimonio.
Delfina aceptó. A distancia, Porfirio movió todas sus influencias para  resolver algunos inconvenientes: uno de sus primos gestionó una dispensa matrimonial por consanguinidad, y el médico Ortega resolvió reconocer a su hija. Después, ella salió de Oaxaca para alcanzar a Porfirio, pero el movimiento de la guerra impidió que se encontraran en Puebla. Lograron reunirse en las cercanías de la ciudad de México.
Delfina le dio a Porfirio seis hijos, de los cuales solamente dos, Luz y Porfirio, llegaron a la edad adulta. Delfina, que había soportado todas las desazones y sobresaltos acarreados por la ambición política de su marido, había vivido en La Noria, en Oaxaca, y en Tlacotalpan. Cuando Porfirio se hizo con el poder, abatiendo a Sebastián Lerdo, fue a vivir a la capital.
Pero no le gustaba el bullicio de la vida pública. No le atraía el brillo social que podría tener por ser la esposa del presidente. Silenciosa, vivió tres años en Palacio Nacional, hasta 1880, cuando murió tras dar a luz a su sexta hija, que tampoco sobrevivió. En su lecho de muerte, temerosa de condenarse, le pidió a Porfirio que se casara con ella por el rito católico. Para darle gusto, para que ella muriera tranquila, Díaz abjuró por escrito de su filiación masónica.
LA LLEGADA DE CARMELITA. Muerta Delfina, se sabe que Porfirio Díaz sostuvo una relación fugaz con una mujer desconocida, de la que sólo se sabe que “era de Tlalpan”. Ella le dio un hijo, a quien el general llamó Federico. Pero, a diferencia de Amada, Federico no se integró a la familia Díaz: fue entregado al cuidado de otro amigo del presidente, don Antonio Ramos, aunque se sabe que el general estaba al pendiente del crecimiento del chico. Era ya 1881 y una mujer muy joven había captado el interés de Porfirio.
Ella era Carmen, hija de Manuel Romero Rubio, colaborador de Díaz. Tenía 18 años y había recibido una educación refinada. Ella le daría clases de inglés al general que abandonaba en ese momento la presidencia. Si Porfirio aprendió inglés o no, resulta irrelevante frente a la carta que le escribió a la joven: “Carmelita: yo debo avisar a usted que la amo”. Le propuso matrimonio, que se celebró el 7 de noviembre de 1881. Él tenía 51 años.
Vivieron juntos 34 años, en los que se construyó ese modo de vivir y de pensar que conocemos como “Porfiriato”. De hecho, Carmelita se convirtió en uno de los símbolos del régimen, y gozó de gran simpatía popular, en especial a partir de la fundación de la Casa Amiga de la Obrera, una escuela para la que ella donó una enorme casa  que aún existe y funciona en la colonia de los Doctores de la ciudad de México, para que los hijos de las trabajadores estuviesen atendidos y vigilados mientras sus madres se ganaban el pan.
Carmelita llegó a tener un enorme prestigio: recibía, como don Porfirio, abundante correspondencia en la que le pedían toda suerte de apoyos y favores o su intercesión para que el presidente apoyara causas y proyectos. Devota católica, también fue un “puente” que ayudó a suavizar las relaciones entre el gobierno y la alta jerarquía eclesiástica.  La prensa de su época la elogió como ejemplo femenino.
Estuvo al lado de don Porfirio en los momentos difíciles de su renuncia y juntos partieron al exilio en Francia. Viajaron por Europa, visitaron Egipto y se habituaron a su nueva vida, hasta 1915 cuando murió el general. Carmelita regresó a México a fines de 1934 y aún vivió una década más. La sepultaron en la cripta de los Romero Rubio en el Panteón Francés de la Piedad. Su esposo aún permanece en París, en el cementerio de Montparnasse.

historiaenvivomx@gmail.com

Imprimir