Desigualdades sociales y liberalismo - José Fernández Santillán | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Jueves 29 de Diciembre, 2016
Desigualdades sociales y liberalismo | La Crónica de Hoy

Desigualdades sociales y liberalismo

José Fernández Santillán

De acuerdo con un estudio de la ONG Oxfam, mientras el 46.5 por ciento de la población vive en una situación de pobreza, el 1 por ciento de los mexicanos acapara el 21 por ciento de la riqueza nacional (El Universal, 24/VI/15; El País, 25/VI/15). Este análisis, titulado “Desigualdad Extrema en México. Concentración del Poder Económico y Político”, destaca: “Nuestro país está inmerso en un ciclo vicioso de desigualdad, falta de crecimiento económico y pobreza. Siendo la decimocuarta economía del mundo, hay 53.3 millones de personas viviendo en la pobreza. La desigualdad ha frenado el potencial del capital físico, social y humano de México; haciendo que en un país rico sigan persistiendo millones de pobres. ¿En dónde está esa riqueza mexicana? En términos de renta de capital, se encuentra concentrada en un grupo selecto de personas que se han beneficiado del poco crecimiento económico del que ha gozado México en las últimas dos décadas.” (www.desigualdadextrema_informeoxfam.pdf, p.5). No es casualidad, pues, que nuestro país se encuentra dentro del 25 por ciento de los países con mayores niveles de desigualdad en el mundo.
“Las implicaciones de lo anterior—sigue diciendo el estudio—no son sólo de índole social. Carlos Slim en la telefonía, Germán Larrea y Alberto Bailleres en la industria minera y Ricardo Salinas Pliego en TV Azteca, Iusacell y Banco Azteca. Los cuatro han hecho sus fortunas a partir de sectores privados, concesionados y/o regulados por el sector público. Estas élites han capturado al Estado mexicano, sea por falta de regulación o por un exceso de privilegios fiscales.”
Entre las conclusiones a las que llega es que la desigualdad limita el desarrollo del capital físico, social y humano necesario para mejorar las condiciones de vida y el bienestar de las personas: “Es hora de cambiar las reglas del juego, tanto económicas como políticas, que benefician a unos cuantos. La desigualdad se puede revertir a partir de la colaboración entre actores políticos, sociedad civil y sector privado. México necesita un gran pacto nacional por la igualdad en donde la acción de la ciudadanía es clave para la construcción de un Estado más eficaz. México necesita un Estado que trabaje para los muchos y no para los pocos, en donde se gaste con sentido en educación, salud y servicios básicos. Que impulse políticas para que las personas no trabajen para seguir siendo pobres, para que paguen más los que más tienen y para hacer un Estado más transparente.” (p. 6)
Esto significa, a nuestro entender, abandonar la política económica neoliberal adoptada desde principios de los ochenta. Como se sabe, la tesis asumida desde ese entonces fue: “todo lo que hace el Estado está mal y todo lo que hace el mercado está bien.” Ya vimos a dónde nos llevó ese canon.
Los neoliberales criticaron al Estado benefactor posrevolucionario aludiendo el fracaso de su proyecto económico. Para ellos fue un experimento demasiado costoso que descansó en la expansión de las instituciones gubernamentales y de la economía pública. El remedio consistió en reducir el papel económico del Estado y dejar que los particulares retomaran los sectores que el poder público no supo o no pudo administrar.
Los tecnócratas promovieron la reversión del programa de nacionalizaciones y, en su lugar, echaron a andar una agenda de privatizaciones. El neoliberalismo mexicano, en términos políticos, abandonó la justicia social.
Debemos reconocer que, ciertamente, durante décadas en México el asistencialismo y la justicia social caminaron de la mano. Lo que los neoliberales hicieron fue tirar a la niña junto con el agua sucia, es decir, se deshicieron de la justicia social y, al mismo tiempo, como si fuera lo mismo, desmantelaron el Estado asistencial.
Por supuesto, hoy no se trata de resucitar al viejo intervencionismo. Otros planteamientos de política económica, en todo el mundo, están surgiendo como alternativa. Así está ocurriendo después de la cauda de desgracias familiares y sociales que el
neoliberalismo ha dejado a su paso. Hay países que están combinando con éxito la eficiencia económica con la responsabilidad. Naciones en las que, por cierto, no es tan escandalosa la brecha entre ricos y pobres. Estados Unidos, por ejemplo.
Lo curioso es que, mientras en buena parte del mundo el neoliberalismo ha sido abandonado, en México seguimos con la misma cantaleta. Hay incluso quien dice que las elecciones del 7 de junio fueron un respaldo a las políticas económicas vigentes. No me parece que haya sido así. Todo lo contrario: vale la pena recordar que el PRI perdió en 2000 la presidencia de la república por ese motivo: la gente buscó alternativas de solución a los problemas económicos producidos por el neoliberalismo. Incluso, podemos ir más atrás: las controvertidas elecciones de 1988 fueron un dolor de cabeza para el PRI porque la ciudadanía se hartó de ese modelo económico excluyente. La lección es clara: la justicia produce armonía, la injusticia produce desorden y, además, déficit de legitimidad.
Hay que recapacitar. El dogma neoliberal no está grabado en piedra como para tener que soportarlo eternamente. Debe haber un cambio de ruta. La evidencia a disposición es convincente.

Email: jfsantillan@itesm.mx
Twitter: @jfsantillan

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