Cuando la Liga de la Decencia atacó a la Diana | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Jueves 29 de Diciembre, 2016

Cuando la Liga de la Decencia atacó a la Diana

Al perder en el encontronazo con la Liga de la Decencia, el escultor Juan Olaguíbel operó con maña y habilidad. Unos cuantos puntos de soldadura sostenían el taparrabos que hubo de ponerle a su creación. Años después, conseguida la autorización para devol

Como lo lee: Blancanieves y los siete enanos, el clásico de los hermanos Grimm, trasladado al largometraje animado, sufrió persecución y censura. Los chistes de todos colores acerca de la relación entre la princesita en apuros y los siete hombres, pequeños y bondadosos, son cosa que lleva décadas en el repertorio humorístico de los mexicanos. Pero días hubo en que el asunto era más complicado: la Liga de la Decencia y otras organizaciones similares andaban sueltas en el México de la primera mitad del siglo XX, y nada se escapaba a su mirada vigilante y suspicaz.
Para ser justos, hay que decir que también en aquellos años, en Estados Unidos se ejercía una censura feroz. De hecho, Blancanieves llegó a su estreno en la pantalla grande con una escena de menos: esa donde los enanos preparan un lecho para la recién llegada a su refugio. No extraña, por tanto, que a su llegada a México, un año más tarde, los grupos conservadores, autonombrados guardianes de la moral pública vieran con muy malos ojos la historia de una jovencita en relación con siete señores, aunque fueran “enanitos”.
El caso de Blancanieves se anotó en una lista que ya empezaba a ser larga. Gracias a las presiones de estos supervisores morales, un par de años antes, en 1936, la Secretaría de Educación Pública había tenido que emitir una prohibición expresa para que a nadie se le fuera a ocurrir cantar canciones de ¡Agustín Lara! en las escuelas públicas. No era posible, alegaban los grupos de presión: desde “al abrazarnos el mismo cielo se estremeció”, hasta “vende caro tu amor, aventurera”,  se corría el riesgo de que las tiernas almas de los niños mexicanos se asomaran al mundo del pecado. De hecho, el argumento fue que las composiciones del señor Lara eran “inmorales y degeneradas”. El asunto debe haberle encantado a don Agustín.
LA HISTORIA DE LA FLECHADORA. A estas alturas, ya es bien sabido el origen de la Diana Cazadora: en 1942, el escultor Juan Olaguíbel recibió el encargo de realizar una escultura  para una fuente que estaría frente a la Puerta de los Leones, en la entrada del bosque de Chapultepec. El creador, amigo de un arquitecto de apellido Mendiola, quien trabajaba en Petróleos Mexicanos, hallaó en la jovencita Helvia Martínez, una bella secretaria de la paraestatal, la modelo idónea.
En sus memorias, Helvia Martínez, que con los años se convertiría en la esposa del político Jorge Díaz Serrano, ha consignado el shock que le supuso posar para la estatua, en particular cuando, respetuosamente, Olaguíbel y Mendiola le solicitaron que se desnudara para ello.
Inquieta, con la aprobación materna conseguida casi a tirones y ante lo inevitable, porque, en su fuero interno Helvia Martínez había decidido (“Sí, por vanidad”) que sí sería la “Flechadora de la Estrella del Norte”, la joven posó en desnudos parciales. Antes de llevarse a la Flechadora a la fundición, Olaguíbel buscó a Helvia: deseaba fotografiarla, ahora sí completamente desnuda, junto a su gigantesca doble. “enorme, majestuosa, hermosísisma”, la recordó ella muchos años después.
PERO LLEGÓ LA LIGA DE LA DECENCIA… En principio, el proyecto de la fuente y la escultura estaba aprobado nada menos que por el jefe del departamento del Distrito Federal, Javier Rojo Gómez. Así llegó la Flechadora a su lugar proyectado. Pero era inevitable, en ese México de los años 40 del siglo pasado, que un proyecto así llamara la atención. Los automovilistas se detenían ante la fuente para mirarla a detalle.
Y entonces, indignada, la Liga de la Decencia  intervino. Era un escándalo.  “A pesar de su belleza”, recordó en sus memorias Alfonso Corona del Rosal, “La autodenominada Liga de la Decencia consideró el ‘desnudo artístico’ de la ‘Diana Cazadora’ como una obra impúdica y un mal ejemplo para los niños que visitaban el bosque de Chapultepec”. De hecho, la Liga se acercó a Soledad Orozco, la esposa del presidente Manuel Ávila Camacho, para solicitarle apoyo en su cruzada: pretendían que la estatua fuera retirada y escondida en alguno de los corralones del gobierno capitalino.
El rumor de que la esposa del Presidente formaba parte de la Liga se esparció. Así lo creyó Helvia Martínez. “Era una afrenta. Me entristecí”. La bella mujer culpó al regente Rojo Gómez de haber obligado a Olaguíbel a ponerle a la Flechadora el famoso taparrabos que la condenaba a la decencia. Corona del Rosal, que en esos años trabajaba a las órdenes de Rojo Gómez, asegura que los culpables del taparrabos fueron “funcionarios de segundo nivel” y que Soledad Orozco jamás respaldó a la Liga.
OTRAS ANDANZAS DE LA LIGA DE LA DECENCIA Y SUS PARIENTES. La censura a la Flechadora, ya convertida en Diana Cazadora fue uno de los grandes tantos que se anotó, en la historia de la vida cotidiana de México, la Liga de la Decencia. Pero no paró allí. Un año después del sainete de la estatua, gracias a las presiones de la organización se clausuró el Teatro Apolo, que estaba en la Plaza de las Vizcaínas, con el argumento de que “la moral se había relajado de manera inconcebible”.
La Liga y otras organizaciones ultraconservadoras como la Unión Nacional de Padres de Familia armaron, en los años que siguieron, diversas campañas de “moralización del ambiente”. En los años cincuentas, una variación de la Liga, la Legión Mexicana de la Decencia, elaboró una complicada escala de clasificación para las películas que llegaban a los cines.
“Buenas para todos”; “Para mayores y también para jóvenes”,  “Para mayores con inconvenientes”  “Para mayores con serios inconvenientes” (¿los mayores o la película?), “Desaconsejables” y “Prohibidas por la moral cristiana” eran los seis rubros en que, según la Legión, se clasificaba todo filme que llegase a los cines mexicanos.
Películas como “Aventurera” y “Aventurera en Río”, de Ninón Sevilla, “Calabacitas Tiernas”, de Tin Tan y Rosita Quintana; “Subida al Cielo”, de Lilia Prado, “Vagabunda”, de Leticia Palma, entraron en la categoría de “prohibidas”. Ni Cantinflas, ni Manolín y Shilinsky, se salvaron. Producciones como “Fíjate qué suave” tampoco pasaron la censura de las buenas conciencias. María Victoria, con sus entalladísimos vestidos sirena, cantando “Así, Así” también fue calificada como peligrosísima para la moral pública.
Como siempre ocurre en esos casos de censura y cerrazón, las obras desaconsejadas y/o censuradas se convierten en enormes éxitos. A grado tal que la mayor parte de las películas que en sus días causaron el escándalo de la Liga, de la Legión y sus parientes, ahora se consiguen por pocos pesos en cualquier tienda de discos y películas
EPÍLOGO PARA LA DIANA. La justicia para la Diana llegó —oh, sorpresa— en la presidencia de Gustavo Díaz Ordaz. Era jefe del departamento del Distrito Federal Alfonso Corona del Rosal. En 1966, a poco de haber llegado al cargo, lo visitó el escultor Olaguíbel: “He vivido insatisfecho”, le dijo al regente. “Vengo a proponerle que la Diana recobre su belleza original”.  Hubo anuencia y Olaguíbel eliminó los puntos de soldadura con que, habilidoso, había cubierto los encantos de su creación. Helvia Martínez fue feliz: “el taparrabos fue una decisión provinciana; ahora la ciudad se hacía moderna y cosmopolita”.
Seguramente Helvia Martínez tenía un poco de razón. Pero la Flechadora, la Diana, ya era parte del imaginario de la capital mexicana. Deslumbrado, Efraín Huerta le había escrito en 1956: “Muy buenos días, laurel,  muy buenos días, metal, bruma y silencio… y eres, en mi memoria, esencia de horizonte, frágil sueño”. Eros le ganó a la censura.

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