El autoritarismo cabalga de nuevo en EU guiado por Trump | La Crónica de Hoy
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El autoritarismo cabalga de nuevo en EU guiado por Trump

Dilema. Expertos concluyen que el secreto del éxito del magnate en la actual campaña es haber logrado despertar un fantasma latente en los genes de muchos estadunidenses: el miedo. Lo que les inquieta es que la reacción republicana de combatir ese veneno, eligiendo un líder intolerante y combativo, se extienda entre los votantes independientes y demócratas, y la Casa Blanca quede, por primera vez, en manos de un peligroso demagogo. ¿Podrá alguien neutralizar esta amenaza antes de que sea demasiado tarde?

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Donald Trump no es el problema, es el síntoma. Es la cara visible de una enfermedad que se creía controlada, pero que está corroyendo a velocidad inquietante al Partido Republicano: el autoritarismo, que nace como reacción extrema al miedo, un fenómeno latente en los genes de muchos estadunidenses desde la fundación misma de la nación; ese mismo gen que los llevó entonces a vivir en vigilia permanente contra los indios nativos o los lleva ahora a comprar más armas y municiones cada vez que hay un tiroteo.
Ésta es la conclusión a la que han llegado expertos politólogos como Matthew MacWilliams, Marc Hetherington, Jonathan Weiler, Karen Stenner y Stanley Feldman, y que la periodista Amanda Taub ha recogido en un extenso y clarificador artículo publicado por la web Vox, titulado “El auge del autoritarismo estadunidense”. En él se desvela el secreto del éxito que ha permitido que un vulgar y deslenguado millonario, con nula experiencia política e incendiario discurso populista, esté a un paso de lograr ser nombrado candidato presidencial republicano y vaya a competir en noviembre por la Casa Blanca.
Lo que intrigó a estos expertos, a raíz de los resultados en la casi veintena de estados que han celebrado votaciones para elegir candidato republicano, no es sólo que Trump se haya impuesto en más de la mitad de ellos y haya quedado en segundo lugar en el resto, sino que, a diferencia de su más inmediato rival, Ted Cruz, que pesca sus votos en los caladeros evangelistas, el magnate atraiga a votantes republicanos blancos en todos los sectores: desde los que tienen ingresos bajos a medios y altos, los de clase obrera a altamente cualificada, los que se declaran laicos o cristianos o los que viven en grandes ciudades o áreas rurales. Gana también entre votantes de todas las edades, sin diferencia de género, y con particular entusiasmo entre jóvenes o abstencionistas tradicionales.

La escala de MacWilliams. La respuesta a este “fenómeno Trump” la encontraron en una serie de encuestas y estudios como el realizado por MacWilliams en Carolina del Sur, justo antes de que celebrara primarias ese estado. El politólogo comprobó que cuanto más se considera un votante autoritario, más convencido está de entregar su voto a Trump. Pero ¿por qué a él y no a otros candidatos? La clave habría que buscarlo en otro estudio realizado en ese mismo estado por CBS News, en el que reveló que el 75 por ciento de los votantes republicanos, asustados por el atentado yihadista ocurrido en San Bernardino en noviembre del año pasado, apoyaría prohibir la entrada al país de musulmanes, y la mitad de los votantes republicanos apoyaría la deportación inmediata de los inmigrantes indocumentados. Si a esta ecuación añadimos al único candidato que declaró que lo inmigrantes mexicanos eran criminales y violadores, y que los musulmanes eran terroristas en potencia, el resultado es Trump.

De profesión castigador. Como subraya el estudio de Vox, “Trump tiene el clásico estilo de líder autoritario: simple, poderoso y castigador”. Como consecuencia de todo lo dicho, el magnate arrasó en Carolina del Sur con el 32 por ciento de los votos, 10 puntos por encima de su inmediato seguidor, Marco Rubio, y logró victorias en estados con realidades tan diferentes como Nevada. Luisiana, Massachusetts o Virginia.
Otra encuesta, publicada por The New York Times tres días después de las primarias en Carolina del Sur, arroja un dato también preocupante: un tercio de los votantes de Trump le pediría, si llegara a presidente, que también prohíba la entrada al país a homosexuales.

El cuestionario de Feldman. El politólogo Feldman desarrolló una escala de medición del autoritarismo basada en cuatro simples preguntas que, aunque destinadas a padres sobre cómo les gustaría que fueran sus hijos, es ampliamente aceptada como extrapolable a la sociedad, en este caso a la estadunidense.
El acierto de Feldman fue descartar que el autoritarismo entre los estadunidenses sea de carácter político (como fue el fascismo en la Italia de Mussolini), sino algo intrínsecamente ligado a la personalidad. Al planteamiento “diga qué considera más importante que un niño tenga”, desplegó cuatro preguntas con dos posibles respuestas, a escoger una:
1.- ¿Que sea independiente o que tenga respeto a los mayores?
2.- ¿Que sea obediente o autosuficiente?
3.- ¿Que sea respetuoso o sea bien portado?
4.- ¿Que sea curioso o que tenga uenos modales?
El resultado fue que el grado de autoritarismo es mayor cuando se escogieron las respuestas que valoran el orden y el deseo de imponerlo. A menor orden mayor es el caos y mayor es el deseo del autoritario de buscar un líder que restablezca ese orden, a la fuerza, si es necesario.
Aplicado este cuestionario al campo electoral, Kenner describió en 2005 en su influyente libro The Authoritarian Dynamic, que el autoritarismo latente puede ser activado en personas que creían no serlo cuando sienten una amenaza exterior; en consecuencia, tienden a apoyar a un candidato que ofrezca soluciones radicales para neutralizar ese peligro, aunque sea pura demagogia, como la promesa de Trump de que exigirá a los mexicanos que levanten un muro en la frontera, en la creencia de que así se resolverá el problema del crimen y el narcotráfico.
El problema, como detecta Hetherington, no es sólo que el autoritarismo se active con amenazas “reales”, como el terrorismo yihadista, sino con amenazas “intangibles”, como los movimientos demográficos, que están dejando en minoría a los blancos y está despoblando los estados tradicionalmente conservadores y adquiriendo cada vez relevancia estados multirraciales y con creciente población urbana, como Virginia, que pasó de votar tradicionalmente al Partido Republicano a votar demócrata en la última elección presidencial.

Deriva republicana. En cualquier caso, Hetherington no cree que el actual auge del autoritarismo sea un fenómeno nuevo, sino que pone como fecha 1960, cuando el Partido Republicano se “reinventó” como el partido de la ley, el orden y la tradición. Sin embargo, lo que el reportaje de Vox considera que el momento actual es “aterrador” es porque amenazas físicas, como la terrorista o el narcotráfico, y amenazas sociales, como la legalización del matrimonio gay, coinciden al mismo tiempo bajo la presidencia de un negro, que, además de no ser de la “raza fundadora”, quiere dejar la Casa Blanca en manos de una “traidora”, como Hillary Clinton, con la misma intención de proseguir su labor de desmantelar desde la Casa Blanca la hegemonía WASP (White Anglo-Saxon Protestant).
De acuerdo con la investigación de Vox, más del 65 por ciento de las personas que fueron catalogadas como “muy autoritarias” al responder al cuestionario de Feldman se declaran votantes republicanos. Por el contrario, el 75 por ciento cuyas repuestas fueron catalogadas como “poco autoritarias” votan a los demócratas, y esto es así porque al mismo tiempo que el Partido Republicano se declaraba “el guardián de la ley y el orden”, el Partido Demócrata se consagraba como el de los “derechos civiles, la igualdad y el progreso social”.
Con estos resultados en manos, la estrategia de algunos rivales de Trump está siendo la de copiar su fórmula de éxito —ensalzar el autoritarismo para frenar la rueda del cambio—; irónicamente, cuanto más imitan a Trump, como hace Ted Cruz, más votos van a parar al original, según el estudio.

¿Epidemia o pandemia? Pero, lo que el reportaje considera que es motivo de alarma es si la actual epidemia de autoritarismo que está haciendo irreconocible el tradicional Partido Republicano romperá sus barreras y empezará a contagiar a ese gran nicho que es la clase blanca trabajadora, reacia hasta ahora al Partido Republicano, al que asociaban con Wall Street, pero que podría dejarse seducir por Trump y su promesa de crear millones de puestos de trabajo, obligando a las multinacionales a instalar sus fábricas en Estados Unidos y no en México o China; un acto de demagogia pura, pero que está atrayendo a muchos antiguos votantes independientes o demócratas que se sienten “indignados”. A fin de cuentas, subraya el estudio, ese gen del miedo está latente en personas que conscientemente se declaran no autoritarias, pero que podría quedar “activado” si es sometido a un bombardeo de amenazas —reales o no reales— de personajes como Trump, hiperexpuesto desde que comenzó el año en los medios de comunicación, o de canales de extrema derecha, como Fox News que llevan años inoculando miedo a sus audiencias, sobre todo desde la llegada del “socialista” Obama al poder.
Por tanto, la pregunta inquietante que queda en el aire es si este auge del autoritarismo morirá con Trump, si finalmente pierde la candidatura presidencial, se extenderá hasta noviembre, cuando muera en un eventual enfrentamiento con Hillary Clinton, o, en el escenario más apocalíptico, se extenderá en el futuro, si gana las elecciones Trump (o en su defecto un copia de él, como Cruz).
Hasta ahora, el Partido Republicano siempre pudo arrinconar cualquier tentación extremista, pero, tras la llegada de Obama, su dirigencia se dejó llevar por cantos de sirena como los del Tea Party y contribuyó a crear un monstruo que ahora no logra domesticar. Ahora podría ser demasiado tarde. Por eso, nunca está de más citar a los que en su día alertaron de que podría suceder algo, como lo que ahora está sucediendo en Estados Unidos: “Las masas humanas más peligrosas son aquellas en cuyas venas ha sido inyectado el veneno del miedo.... del miedo al cambio”.

fransink@outlook.com

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