Hoguera para Cotita, La Estanpa y muchos más: historia de una persecución | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Jueves 29 de Diciembre, 2016

Hoguera para Cotita, La Estanpa y muchos más: historia de una persecución

La libertad y la aceptación social de la que gozó la Monja Alférez fue una notable excepción; pero no todos fueron tan afortunados como ella: entre 1657 y 1658, la inquisición novohispana enjuició a más de 100 varones homosexuales y varios de ellos murieron quemados, declarados culpables de cometer "el pecado nefando"

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Todo empezó con la denuncia de Juana de Herrera, lavandera, quien aseguró que, a las afueras de la ciudad de México, por el rumbo de San Lázaro, bajo unos sauces  vio a dos hombres “cometiendo el pecado nefando”, “a la manera de los perros”, “estaban encima uno del otro, con los calzones quitados”. Corría el año de 1657. Así comenzó un enorme proceso contra una comunidad de hombres homosexuales asentados en el barrio de San Pablo, en el rumbo, cercano a la Merced, donde hoy se levanta el viejo Hospital Juárez.
San Pablo ya no formaba parte de la traza española de la capital de la Nueva España; era uno de esos barrios habitados por mestizos, indios y la multiplicidad racial que los europeos llamaban con desprecio “castas”.  A la hora de las investigaciones, esta circunstancia le produjo enorme alivio al entonces virrey, don Francisco Fernández de la Cueva, Duque de Albuquerque, satisfecho de que en la persecución de sodomitas, que llevó a proceso a más de un ciento de personas, “no se contaran entre ellas ningún señor de calidad, de capa negra”, es decir españoles.
Cuando Juana de Herrera hizo su denuncia ante el Alcalde del crimen, no habían transcurrido ni siete años de la muerte de la famosa Monja Alférez, convertida en una celebridad pintoresca del siglo XVII. El proceso contra los homosexuales novohispanos puso a la luz algunas de las tremendas contradicciones de la moralidad de la época. La Monja se había muerto gozando del permiso papal para vestir ropas de varón, y su vida aventurera le había llevado a la presencia del mismísimo rey Felipe IV de España, quien celebró sus andanzas. El mismo monarca recibiría, en 1568, el informe de los sodomitas enjuiciados en la ciudad de México, y no se le escapó ni una sílaba de compasión o de piedad para ellos.
LA PERSECUCIÓN. Don Juan Manuel de Sotomayor, Alcalde del Crimen, recibió la denuncia de Juana de herrera y comenzó la indagación. A fines de septiembre de 1657, dio con Juan de la Vega Galeano o Galiano, un “mulato afeminado”.  El testimonio de Tomás de Santiago, indio vecino del investigado, proporcionó más datos: a Juan de la vega le gustaba que le llamaran Cotita o Cotita de la Encarnación. El documento afirma que “Cotita” era sinónimo de “mariquita” o sodomita. Gustaba, añadió el informante, de andar vestido de indio –es decir, de traje blanco de manta- que era un activo promotor del “pecado nefando”, eufemismo con el que el Tribunal del Santo Oficio se refería al ejercicio de la homosexualidad. Cotita gustaba de vestirse de mujer desde los siete años y, en el tiempo en que fue juzgado, “su aspecto era de más de 40 años”,
Por las descripciones de quienes lo conocieron, Cotita gustaba de “usar melindres como los que usan las mujeres”; vestía jubón blanco adornado con muchas cintas en las aberturas de las mangas. Gregorio Martin de Guijo, sacerdote contemporáneo de Cotita, dejó en su Diario de Sucesos algunos datos más: era  aseado y limpio, gran  lavandero y curioso.
Cotita y cuatro mozos más fueron apresados. “Estaban desnudos todos juntos”, dice el acta. El vecino, servicial, dio a las autoridades más información: a Cotita solían visitarla muchachos a los que él trataba de “mi alma” “mi vida” o “mi corazón”  y se ofendía si no le llamaban Cotita. “Se sentaba en el suelo como mujer y hacia tortillas y lavaba, y los mozuelos se sentaban junto a él y dormían juntos”
Así quedaron asentados sus nombres de varones en las actas: Juan de la Vega, Joseph Durán, Jerónimo Calvo o Calbo, Miguel Gerónimo y Simón de Chávez, “acusados de cometer el crimen contra natura los unos con los otros”. Confesaron que se reunían en sus casas, y bebían chocolate, y “se decían requiebros (piropos)”. “Se llamaban por los nombres que usan las mujeres públicas y bailaban, quebrándose de la cintura unos, a la manera de las mujeres”. ¿Qué bailaban? Desde luego, una danza prohibida: “una tonada llamada las Tiranas que era de mucha lascivia”.
Así, Cotita y sus compañeros confesaron, y de sus confesiones la indagación se amplió: atraparon a otros acusados, y a otros se les llamó por medio de edictos pegados en las calles y por pregones. Al final se tenían apresados a más de 106 acusados-
LA MUERTE EN LA HOGUERA. “El pecado nefando tiene muy contaminadas estas tierras”, dijo el Alcalde del Crimen. Y aunque en las declaraciones de los enjuiciados salieron a relucir los nombres de 26 españoles, ninguno de ellos fue reducido a prisión y mucho menos condenado a morir en la hoguera, que fue el destino final de catorce de los acusados. Cotita, y otros, conocidos por sus sobrenombres, como la Señora La Grande, la Zangarriana, la Estanpa (sic), la Luna, fueron conducidos, por la calle del Relox, hacia el quemadero de San Lázaro.
Aún en sus últimas horas, los convictos de sodomía eran despreciados entre los despreciables: quienes recibían sentencia de muerte ni siquiera tenían derecho a ser ejecutados en el quemadero de San Diego, en el extremo poniente de la Alameda. Se les llevaba hacia el oriente, más allá de la Candelaria de los Patos. Tal fue el destino de Cotita y sus compañeros.
Gregorio Martín de Guijo consignó en su Diario cómo los sentenciados avanzaron hacia San Lázaro entre burlas e insultos de los habitantes de la ciudad. Todos eran mestizos, indios, negros y mulatos. Sólo uno, un muchachito de quince años, se escapó de la hoguera, a cambio de 200 azotes. Los otros catorce fueron quemados, y las cenizas de algunos se dispersaron en el viento y las de otros se arrojaron a la laguna cercana al quemadero. La ciudad no perdió detalle. Tenía una veintena de años que nadie moría en la ciudad de México por ser culpable de sodomía.
EPÍLOGO: LA MEMORIA DE COTITA. El proceso de Cotita de la Encarnación y sus compañeros permanece íntegro en el Archivo General de Indias, en la ciudad española de Sevilla. Historiadores interesados en  el estudio de la diversidad sexual lo han rescatado. Pero el siglo XXI trajo resonancias más amplias que las del rescate académico. En 2010, el poeta Luis Felipe Fabre publicó su libro “Sodomía en la Nueva España”, donde revivió la historia de aquellos hombres quemados en San Lázaro.
Un par de años después, en 2012, el nombre de Cotita fue vuelto a mencionar en público, como parte de un reclamo reivindicatorio: la XI Marcha del Orgullo, la Dignidad y la Diversidad Sexual organizada en la ciudad de Puebla, planeada para el 10 de noviembre de aquel año, se realizó en memoria de ella y de otros varones homosexuales víctimas de lo que la modernidad llama hoy día “crímenes de odio”. Quienes organizaron la manifestación recordaron que Cotita y sus compañeros habían sido llevados a la hoguera un 6 de noviembre, 354 años atrás.
 Hoy día, cuando el Estado mexicano ha generado iniciativas para reconocer los derechos de las minorías sexuales y dar legalidad plena a los matrimonios entre personas del mismo sexo, la historia de la comunidad perseguida del barrio de San Pablo sirve de contraste y de memoria: el cambio ocurrido en tres siglos y medio habla de libertades y de derechos   que muchos mexicanos llevan décadas esperando.

historiaenvivomx@gmail.com

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