Robar libros, de Alberto Manguel | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Jueves 29 de Diciembre, 2016

Robar libros, de Alberto Manguel

El lector, de Ferdinand Hodler .

(Fragmento)

Estoy una vez más a punto de mudarme. A mi alrededor, entre el polvo secreto que surge de rincones insospechados al mover los muebles, se alzan inestables columnas de libros, semejantes a rocas talladas por el viento en un paisaje desértico. Mientras edifico pila tras pila de volúmenes familiares (algunos los reconozco por el color, otros por la forma, muchos por algún detalle en las sobre cubiertas cuyos títulos trato de leer cabeza abajo o desde un ángulo extraño), me pregunto, como suelo hacerlo cada tanto, por qué guardo tantos libros que sé que jamás volveré a leer. Me respondo que, cada vez que me desprendo de un libro, descubro unos días después que era precisamente ése el que estaba buscando. Me digo que no hay libros (o muy pocos, poquísimos), en los que no haya encontrado algo que me interese. Me digo que por alguna razón los he traído a mi casa, y que esa razón puede volver a ser válida en el futuro.
Recurro a excusas de exhaustividad, de escasez, de una vaga erudición. Pero sé que la razón principal para conservar esta colección siempre en aumento es una especie de codicia voluptuosa. Disfruto con el espectáculo de mis estanterías abarrotadas, llenas de nombres más o menos familiares. Me encanta saber que estoy rodeado de una suerte de inventario de mi vida que me da algunos indicios sobre mi futuro. Me gusta descubrir, en volúmenes casi olvidados, huellas del lector que fui en otro tiempo: frases garrapateadas, boletos de autobús, trozos de papel con nombres y números misteriosos, en algún caso una fecha y un lugar en la solapa del libro, que me hacen volver a cierto café, a una lejana habitación de hotel, a un remoto verano de otros tiempos.
Podría, si fuera necesario, abandonar estos libros míos y empezar de nuevo en algún otro lugar; lo he hecho antes, varias veces, por necesidad. Pero en esas ocasiones también he tenido que reconocer una pérdida grave, irreparable. Sé que algo muere cuando renuncio a mis libros, y que mi memoria sigue volviendo a ellos con una pesarosa nostalgia. Ahora, con el paso de los años, mi memoria recuerda cada vez menos y siento que se parece a una biblioteca desvalijada: muchas de las salas están cerradas, y en las que siguen abiertas y disponibles para consulta hay grandes huecos en sus estanterías. Tomo uno de los libros que quedan y compruebo que varias de sus páginas han sido arrancadas por vándalos. Cuanto más decrépito es el estado de mi memoria, mayor es mi deseo de proteger este depósito de lo que he leído, esta colección de texturas y voces y aromas. Poseer estos libros se ha convertido para mí en algo de máxima importancia; porque me he vuelto celoso del pasado.
Guglielmo Bruto Icilio Timoleone, conde Libri-Carucci della Sommaia, nació en Florencia en 1803 en el seno de una noble y antigua familia toscana. Estudió derecho y matemáticas y tuvo tanto éxito en esta última disciplina que a la edad de veinte años le ofrecieron la cátedra de matemáticas de la universidad de Pisa. En 1830, después de recibir supuestas amenazas de muerte por parte de una organización nacionalista, los carbonarios, migró a París y en poco tiempo se hizo ciudadano francés. Con su sonoro nombre reducido a conde Libri, fue bien recibido por los académicos franceses, elegido miembro del Institut de France, nombrado profesor de ciencias de la universidad de París y galardonado con la Legión de Honor por sus méritos académicos. Pero Libri no sólo estaba interesado en la ciencia; también sentía pasión por los libros y ya en1840 había acumulado una notable colección e intercambiaba manuscritos y libros raros.
El conde Libri era además uno de los más consumados ladrones de libros de todos los tiempos. Según Tallemant des Réaux, chismoso del siglo xvii, robar libros no es un delito a menos que luego se les venda. El placer de tener en las manos un ejemplar muy poco común, de pasar páginas que ninguna otra persona puede pasar sin nuestro permiso, sin duda era uno de los motivos que impulsaba a Libri.
Libri se introdujo en bibliotecas de toda Francia, donde sus conocimientos especializados le permitían sacar de sus escondites los bocados más apetitosos. En Carpentras, Dijon, Grenoble, Lyon, Montpellier, Orleans, Poitiers y Tours no sólo robó volúmenes enteros sino que también cortó páginas sueltas, que luego exhibía y que en ocasiones vendió. Las primeras acusaciones contra Libri datan de 1846, pero, tal vez porque sonaban inverosímiles, se hizo caso omiso de ellas, y Libri siguió desvalijando bibliotecas.
También empezó a organizar importantes ventas con algunos de los libros robados, ventas para las que preparó unos catálogos excelentes y muy detallados. ¿Por qué ese apasionado bibliófilo vendió los libros que había robado con tanto riesgo? Tal vez creía, como Proust, que “el deseo hace florecer todas las cosas, mientras que la posesión todo lo marchita.”Quizá sólo necesitaba unos cuantos libros muy valiosos que seleccionó como si fueran las mejores perlas de su botín. Quizá los vendió por simple avaricia, pero ésa es una hipótesis mucho menos interesante. Fueran cuales fuesen sus razones, ya no se podía ignorar la venta de libros robados. Se multiplicaron las acusaciones y un año después el fiscal inició discretas investigaciones, más tarde silenciadas por el presidente del Consejo de Ministros, M. Guizot, amigo de Libri y testigo de su boda.
Dado el peso de las pruebas contra él, Libri fue condenado in absentia a diez años de prisión y a la pérdida de sus cargos oficiales. Lord Ashburnham, que había comprado a Libri, por intermedio del librero Joseph Barrois, otro raro Pentateuco ilustrado (este último robado de la biblioteca pública de Lyon), aceptó las pruebas de la culpabilidad de Libri y devolvió el libro al embajador francés en Londres.
El acto de leer establece una relación íntima y física en la que participan todos los sentidos: los ojos que extraen las palabras de la página, los oídos que se hacen eco de los sonidos leídos, la nariz que aspira el aroma familiar del papel, el pegamento, la tinta, el cartón o el cuero, el tacto que acaricia la aspereza o suavidad de la página, la flexibilidad o la dureza de la encuadernación; incluso el gusto, en ocasiones, cuando el lector se lleva los dedos a la lengua (que es el método por el cual el asesino de El nombre de la rosa envenena a sus víctimas). Muchos lectores no están dispuestos a compartir todo eso, y si el libro que desean leer está en posesión de otra persona, las leyes de la propiedad son tan difíciles de respetar como las de la fidelidad en el amor. Además, la posesión material a veces se convierte en sinónimo de apropiación intelectual.
Llegamos a sentir que los libros que poseemos son los libros que conocemos, como si en las bibliotecas la posesión fuese, al igual que en los tribunales anglosajones, nueve décimas partes de la ley; que contemplar el lomo de los libros que consideramos nuestros, que hacen guardia obedientemente en las paredes de nuestra habitación, dispuestos a hablarnos a nosotros y sólo a nosotros con sólo pasarla página, nos permite decir, “Todo esto es mío”, como si su sola presencia nos llenara de su sabiduría, sin que nosotros debamos esforzarnos por aprender su contenido. En eso he sido tan culpable como el conde Libri. Incluso hoy en día, sumergidos como estamos bajo docenas de ediciones y miles de ejemplares idénticos del mismo libro, sé que el volumen que tengo entre las manos, ese volumen y no otro, se convierte en el Libro propiamente dicho.
Anotaciones, manchas, marcas de uno u otro tipo, ciertos momentos y lugares, definen ese volumen con la misma seguridad que si se tratara de un manuscrito invaluable. Tal vez no queramos justificar los robos de Libri, pero el anhelo subyacente, el deseo apremiante de ser, aunque sea sólo un momento, la única persona que puede llamar “mío” a un determinado libro, es algo que tienen en común más mujeres y hombres honestos de lo que estaríamos dispuestos a reconocer.

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