Dieciocho años de encierro: el verdadero “castillo de la pureza” | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Jueves 29 de Diciembre, 2016

Dieciocho años de encierro: el verdadero “castillo de la pureza”

En el verano de 1959, la actriz Rita Macedo era toda una revelación al incursionar en la radionovela con la serie Cárcel de Mujeres y Gutierritos, la exitosísima telenovela, repetía su impacto en su versión fílmica. Pero la familia Pérez Noé nada sabía de esto, porque llevaba más de tres lustros prácticamente secuestrada en una vieja casa de la avenida Insurgentes Norte.

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La nota apareció en los diarios el 25 de julio de 1959: “Un loco secuestró a su familia durante 18 años”, cabeceó el diario La Prensa. Todos los periódicos de aquellos días coincidieron en su apreciación del suceso. Se trataba del “caso más insólito del año”, que, para salir a la luz pública había necesitado, denuncia de por medio, de las indagaciones de agentes del Servicio Secreto.
Todos los diarios mostraron a la familia liberada: una madre joven aún,  prematuramente avejentada; cinco hijos que respondían a nombres extraños, y que, al conocerse, hicieron que algunos periodistas tacharan de loco, sin más averiguación, al padre de los muchachos, que les había impuesto los nombres de Indómita, Libre, Soberano, Triunfador, todos ellos adolescentes. Una pequeña de 10 años respondía por Bienvivir y a una bebé de 45 días de nacida se le llamó Libre Pensamiento.
Al interrogar a los muchachos, las autoridades capitalinas se dieron cuenta de que prácticamente habían vivido en reclusión; no iban a la escuela, y se supo que, a escondidas del padre, la madre enseñaba a sus hijos a leer y a escribir. Nunca los habían llevado a un parque, al zoológico de la Ciudad de México; los muchachos Pérez Noé nunca habían escuchado hablar de Supermán o de Batman; mucho menos  de personajes como la Máscara Roja o el Águila Blanca —una especie de Zorro en versión ranchera— y nunca habían tenido en sus manos, para gastar, el peso que costaba alguna de esas historietas.
En la casa de los Pérez Noé, ubicada en el número 1176 de la avenida Insurgentes Norte, no había radio ni televisión. Cuando el Servicio Secreto cateó la casa, se encontró con que ni siquiera había recámaras para todos los integrantes de la familia. Todos los hijos dormían en un sótano.
El inmueble, reportaron las autoridades, estaba descuidado y en él operaba una pequeña fábrica de insecticidas y raticidas con cuya venta la familia se sostenía. Cada quince días, el padre salía a la calle a vender sus productos y a comprar provisiones.
Las investigaciones señalaron que el padre de los muchachos, no bien tenían edad para obedecer instrucciones precisas, los incorporaba a la línea de producción de los venenos. ¿La dieta? Sobrevivían a base de avena, frijoles y pan, según el dicho de los muchachos. ¡Falso! Aseguró el padre: todas las semanas gastaba “hasta ciento cincuenta pesos” en alimentos diversos, donde no escaseaban las frutas y las verduras. Las declaraciones contradictorias entre sí, de padre, hijos y esposa, hicieron las delicias de la prensa capitalina.
EL ENIGMÁTICO RAFAEL PEREZ HERNÁNDEZ. La polémica se centró en la personalidad del padre, presunto responsable del secuestro de su familia. La solución más sencilla fue calificarlo de enfermo mental. Esa suposición periodística fue reforzada en la sensibilidad popular a medida que se hicieron públicas las declaraciones de los hijos acerca de los malos tratos que recibían de su padre, Rafael Pérez Hernández.
Siendo muy joven, Rafael Pérez había sufrido un accidente que le inutilizó un brazo. Se especuló que aquella experiencia había perturbado su personalidad. Ante los medios de comunicación aseguró ser “librepensador” y esa era la razón por la cual sus hijos ni estaban bautizados ni llevaban nombres del santoral católico.
Pérez Hernández negó todas las acusaciones de su familia. Se trataba, afirmó, de un complot entre su esposa Sonia y sus hijos, que querían perjudicarlo. Al reportero de El Nacional, le aseguró que se trataba de quitarle el dinero que había reunido en años de trabajo.
Todo era mentira, dijo. Nadie los golpeaba, nadie los hacía pasar hambre. Era falso que en las noches de luna sacara a la familia al patio para mostrarle a su luminosa “amiga” nocturna. Tampoco era cierto que sufriera accesos de ira durante los cuales blandía una pistola y amenazara con matarlos a todos. Pero ni su esposa ni los hijos flaquearon a la hora de señalarlo como responsable de maltrato y secuestro.
EL FENÓMENO MEDIÁTICO. Los periódicos le dedicaron su creatividad a Rafael Pérez Hernández: le llamaron “inhumano sujeto”, el “loco secuestrador”, y conforme se conoció su manera de ganarse la vida, algunos periódicos lo bautizaron como “el químico secuestrador” o “el químico loco”.  Su declaración ante el agente del Ministerio Público se volvió una verbena: decenas de curiosos se peleaban un lugar con los reporteros y hasta con los representantes de la radio y de la jovencísima televisión mexicana, que presenciaron ese momento y, días después, el tensísimo careo entre padre e hijos: “No mientas, Librecito. Me estás perjudicando con eso que dices y sabes que es falso”, le dijo Pérez Hernández. Pero el muchachito de 15 años se mantuvo en su dicho.
La atención de la prensa se mantuvo hasta que a Rafael Pérez Hernández se le dictó auto de formal prisión y se le trasladó a la Penitenciaría. Allí se suicidó años después. De su familia sólo se supo que pasó estrecheces, pues no sabía hacer nada para ganarse el sustento.
En 1964, el periodista y escritor Luis Spota publicó su novela La carcajada del gato, basada en la historia de los Pérez Noé. En 1972, el cineasta Arturo Ripstein llevó al cine el suceso. El Castillo de la Pureza, con guión de José Emilio Pacheco y estelarizada por Rita Macedo y Claudio Brook,  no solamente se convirtió en una de las grandes películas del cine mexicano: se volvió una frase afortunada que la prensa emplea cuando vuelve a aparecer un padre que “secuestra” a su familia.

historiaenvivo@gmail.com

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