China sin Mao Tse-tung - René Avilés Fabila | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Jueves 29 de Diciembre, 2016
China sin Mao Tse-tung | La Crónica de Hoy

China sin Mao Tse-tung

René Avilés Fabila

Hace poco más de cuarenta años falleció uno de los grandes políticos del siglo XX: Mao Tse-tung. Inspirado por el pensamiento de Marx y Lenin, motivado por la urgencia de sacar a su país del atraso y la miseria, de las desigualdades, se lanzó a una lucha compleja y difícil. Entendía la magnitud de su empresa, pero ya el éxito de los bolcheviques en Rusia y el nacimiento de una nueva era donde el comunismo se veía como una realidad cercana movió a millones de chinos hambrientos y sin mayor futuro a una guerra que parecía imposible de ganar. El mundo acababa de participar de muchas formas en la Gran Guerra, la que luego, ya con Hitler en el poder de Alemania, pasaría a ser la Primera Guerra Mundial, pues se avecinaba otra de peores consecuencias y atroces resultados.

El Ejército de Mao ni estaba bien entrenado ni poseía los recursos para enfrentar a Chang Kai Shek y su ejército bien armado, entrenado y con apoyo occidental. El Partido Comunista Chino fue diezmado y los obreros que estaban en sus filas y que tenían el mayor nivel de combate fueron eliminados, no tenía el dirigente chino más camino que emprender una larga marcha, recorrer las inmensidades de su territorio recurriendo a la guerra de guerrillas contra los nacionalistas. Como si ello fuera poco, Japón invadió China y el enemigo para Mao se duplicó. En lo sucesivo, tendría que combatir contra nacionalistas chinos e invasores japoneses. Una hazaña que el sentido común dictaba imposible de llevar a cabo. Mao recorrió más de veinte mil kilómetros y al fin, en 1949, tenía un poderoso ejército de origen campesino que conquistó su propio país, tan vejado en los siglos recientes.

Para el comunismo internacional fue una noticia que esperanzaba. Ya la Unión Soviética no estaba sola, otro gigante se había asumido comunista. Sin embargo, contra los vaticinios de hermandad o solidaridad internacional, la URSS y China no se entendieron, ni siquiera el hábil diplomático que fue Chou En-lai logró el milagro de conseguir que Stalin fuese un hombre sensible a los propósitos chinos. No sólo se distanciaron ambos países, sino que llegaron a enfrentarse militarmente a causa de problemas fronterizos. Muerto Stalin, la relación no mejoró, pese a que ambos países estaban de acuerdo en brindar apoyo a Vietnam en su lucha primero contra los franceses, más adelante contra los norteamericanos. En miles de libros y artículos, recibimos explicaciones sobre las posturas de los dos colosos que marchaban supuestamente por el mismo camino.

El resto es mejor conocido. China fue convirtiéndose en potencia, utilizando su descomunal mano de obra campesina y gradualmente industrializándose. No fue fácil, la política llamada “El gran salto” y más adelante la desastrosa, en 1966-1967, “Revolución cultural” que significó un atraso y una destrucción de los avances logrados hasta el momento. Una vergüenza y una ridiculez para China, humillaba, torturaba y hasta asesinaba a intelectuales, artistas, maestros por no sumarse a ciegas al culto a la personalidad que en esa nación tenía límites insuperables.

El derrumbe de la Unión Soviética no fue tan terrible para China, quien ya pensaba en rutas capitalistas para salir del atraso. China, pues, despertaba del largo sueño y se movía con voluntad de conquistar el futuro. Podría seguir la rivalidad con el capitalismo tradicional, pero era necesario tomar muchos de sus logros para tener éxito. De tal manera nació la idea de “tener dos sistemas y una patria”, poética y discutible política que ha convertido a China en un país temible que ya le disputa muy de cerca la supremacía a sus antiguos rivales. Muchos son los que ya vislumbran el poderío económico y militar chino al frente del planeta. El lugar que ahora ocupa Estados Unidos sería desplazado y superado. El fin del imperio norteamericano.

Mao Tse-tung es una reliquia momificada. Al cumplir cuarenta años de su fallecimiento, miles y miles de chinos visitaron llorosos el mausoleo del gigante. Siempre es, a diferencia de la tumba de Lenin, un lugar iluminado, lleno de flores y vigilado por soldados inamovibles. No se permiten fotos o detenerse un segundo de más a mirar el cuerpo. Sin embargo, ya no existen festejos oficiales. Los chinos viejos recuerdan con veneración a Mao, los jóvenes piensan en las atrocidades de sus últimos años, y a pocos les ha interesado el difícil pasado, mirando un promisorio futuro que tiene mucho más de capitalismo que de comunismo. Queda, eso sí, los deseos de ser una potencia descomunal y en tal sentido la actual burocracia política conduce al partido con mano dura y sin perder de vista los objetivos.

Sus desacuerdos con Occidente por Formosa (una inmensa isla, el refugio de los nacionalistas encabezados por Chan Kai-Shek) están dentro de sus pasos a seguir, es parte del territorio chino y a él debe regresar. Por lo pronto la sacó del Consejo de Seguridad de la ONU y así como recuperó Hong-Kong y otras posesiones que estaban en manos extranjeras, es posible que logre que vuelva a formar parte de un solo país, un gran país densamente poblados de personas y sueños de grandeza. Una de las civilizaciones más antiguas está decidida a ocupar el sitio estelar que vislumbra. No será comunista del modo tradicional, pero será fanáticamente china y decidida a ser el país más fuerte del mundo y quizás nunca olvide que el arranque de su poderío moderno se lo debe al marxismo.

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