Devaluación y seguridad alimentaria - Manuel Gómez Granados | La Crónica de Hoy
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Devaluación y seguridad alimentaria | La Crónica de Hoy

Devaluación y seguridad alimentaria

Manuel Gómez Granados

Ya desde los cincuenta del siglo pasado, no hay cosa que lastime tanto a un gobierno como las variaciones abruptas en la cotización peso-dólar. Don Adolfo Ruiz Cortines recibe el crédito por haber acuñado una frase que, palabras más, palabras menos, establece que “gobierno que devalúa, se devalúa”. Si algo convoca los peores recuerdos de los gobiernos de Luis Echeverría, José López Portillo y Carlos Salinas de Gortari es, además de otros errores, el hecho que la moneda mexicana haya sufrido devaluaciones (o depreciaciones) abruptas.

El neoliberalismo que abrazaron tanto el propio Salinas, como Ernesto Zedillo, Vicente Fox, Felipe Calderón y el actual gobierno encontró en la idea de un tipo de cambio flotante una solución parcial al problema como los mexicanos calificamos, en función del tipo de cambio, el desempeño de nuestros gobiernos. Las últimas tres o cuatro semanas han sido, en este sentido, terribles, pues se acumuló una depreciación que hizo añicos la barrera sicológica de los 20 pesos por dólar, 20 mil pesos viejos por dólar, si nos olvidamos de la quita de ceros que operó Salinas en los noventa.

Ahora el gobierno federal nos trata de convencer que no hay de qué preocuparse, que no dependemos tanto del tipo de cambio. Hasta cierto punto podrían tener razón. De hecho, si México tuviera una industria y exportadora, podríamos seguir la ruta que Japón ha seguido desde el siglo pasado, al subvaluar su moneda para fomentar las exportaciones, pero no lo hicimos cuando fue posible. Y algo más. Ese modelo funcionó entre otras razones porque, contra toda la verborrea neoliberal, Japón es ferozmente proteccionista cuando se trata de las industrias agropecuarias que le garantizan a los japoneses el arroz nuestro de cada día.

Acá en México, en cambio, obsesionados como estamos con ser más papistas que el Papa, nunca alentamos ni garantizamos una producción suficiente de alimentos que nos permitiera capotear con éxito tormentas como la que vivimos en la actualidad. No sólo importamos 43 por ciento de todo lo que nos comemos, importamos, de manera casi suicida, 45 por ciento de todo el maíz que comemos. Es decir, cinco de cada diez tortillas que comemos se hacen con maíz sembrado en Estados Unidos. Y no sólo es Japón. Alemania, que produce algunos de los autos más caros en todo el mundo, es también uno de los mayores productores mundiales de carne de cerdo, de modo que la bratwurst de cada día no falta. Nosotros, en cambio, nos bebimos la idea de que era mejor comprar alimentos en el exterior y ahora que nos falta el ingreso petrolero, pagaremos las consecuencias. En 2013, la factura por la compra de alimentos en el exterior fue de 15 mil millones de dólares y hoy cada dólar es dos veces más caro que en ese entonces, además de que importamos más de lo que exportamos.

¿No sería tiempo de repensar en México la urgencia de ser autosuficientes en materia alimentaria? Lograrlo no implica proyectos faraónicos; de hecho, con poca inversión, capacitación y nuevas técnicas de producción de alimentos, podríamos reducir nuestra vulnerabilidad para que, efectivamente, la depreciación del peso no nos lastime. Propuestas hay; algunas de universidades como Chapingo; otras de organizaciones de la sociedad civil que peregrinan cada año ante las secretarías de Desarrollo Social y de Agricultura sin que se les escuche. Y lo peor, lejos de aprovechar las ventajas que tenemos para la producción de alimentos, regiones enteras de México dedican algunas de sus mejores tierras a producir estupefacientes. Los resultados están a la vista de todos: violencia, pobreza y muerte.

manuelggranados@gmail.com

 

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