Donald Trump Promesas, pragmatismo y política - Javier Santiago Castillo | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Jueves 26 de Enero, 2017
Donald Trump Promesas, pragmatismo y política | La Crónica de Hoy

Donald Trump Promesas, pragmatismo y política

Javier Santiago Castillo

Todo político pragmático, ¿existirá alguno que no lo sea?, actualiza su discurso al alcanzar el poder. Fue el caso de Barack Obama. No me atrevería a decir que la derrota del partido demócrata en las elecciones presidenciales de los Estados Unidos fue de su absoluta responsabilidad. Es un hecho que muchos electores que votaron por él en 2008 y 2012 decidieron optar ahora por Donald Trump.

Recordemos que cuando Barack Obama se perfilaba como candidato presidencial del partido demócrata, en 2008, ofrecía discursos persuasivos en los que utilizaba términos como “cambio”, “oportunidades”, “reconciliación” y “solidaridad”. Palabras que en aquel entonces representaban un halo de esperanza para un país que estaba a la baja y cuya guerra con Irak había sido catastrófica. El ambicioso sueño de ser la única gran superpotencia, nacido a raíz de la caída del muro de Berlín, se había desvanecido.

Según las encuestas de salida, publicadas en el New York Times, en el 2008 Obama ganó gracias a jóvenes y adultos de 18 a 64 años de edad, 67 por ciento, latinos; 95 por ciento, negros; 62 por ciento, asiáticos; 56 por ciento, mujeres; 49 por ciento, hombres de todos los niveles de educación, de todos los niveles socioeconómicos; 89 por ciento, demócratas; 52 por ciento, apartidistas; 54 por ciento, de religión católica; 78 por ciento,  judía; y 73 por ciento de otras. Obama supo cautivar el corazón de las masas, movilizar sus sentimientos y alcanzar un contacto emocional con millones de estadunidenses.

Para 2012, Obama tuvo otra oportunidad y supo aprovechar su imagen de candidato sensato que mantenía la expectativa de materializar el tan esperado cambio. En esta ocasión, la contienda fue más cerrada. Ganó gracias al 55 por ciento de mujeres; 93 por ciento, negros; 71 por ciento, latinos; 73 por ciento, asiáticos, jóvenes y adultos de 18 a 44 años, preparados, de clase baja y media; 92 por ciento, demócratas; y 45 por ciento,  apartidistas; 50 por ciento, católicos; 69 por ciento, judíos y 74 por ciento de otras religiones.

Para la elección de este año, un conjunto de elementos jugaron en contra de Hillary Clinton. En primera instancia tuvo un exceso de confianza. Se empeñó en venderse como el cambio basada sólo en el hecho de ser mujer. Perdió de vista que hay un grupo significativo de norteamericanos que es conservador, que se sentía agraviado, y que la percibía como una continuación en dos aspectos: de la administración Obama y de su marido como presidente. Estos aspectos, en general, no son tomados en cuenta por encuestólogos y estrategas del marketing.

Hillary Clinton proyectaba una imagen insustancial pues hablaba con la notoria intención de agradar a todos y no herir susceptibilidades; de ubicarse en lo políticamente correcto, desatendiendo la expectativa de cambio de la población. Se vendía como el menor de los males con la “ventaja” de tener experiencia política y una trayectoria destacada.

 Lo sobresaliente de Trump fue que, consciente o inconscientemente, supo leer este descontento social y explotarlo al máximo. Con sus dislates, declaraciones y atropellos tocó la fibra sensible de un sector importante que no había sido representado o que parecía estar adormecido: personas blancas de escasos recursos, sin educación, que perciben que los migrantes les roban empleos. De ahí que sus comentarios etnocentristas, racistas y machistas parecían sumarle puntos en las encuestas. 

Trump representaba la opción más radical en la contienda. La que parecía enarbolar más claramente las aspiraciones de cambio. Su discurso basado en el agravio y centrado en identificar enemigos fue lo que posiblemente motivó a muchos electores a votar por él. Ganó más adeptos por un discurso basado en el veneno y el rencor que el discurso conciliador de su contrincante.

De acuerdo con datos preliminares, votaron por él: 55 por ciento de hombres blancos, de 45 años en adelante, sin educación con diferentes niveles socioeconómicos, conservadores; 90 por ciento republicanos; 48 por ciento apartidistas; católicos y cristianos. Muchos de ellos, como decíamos, electores de Obama en 2008 y 2012. Los Estados Unidos tendrán un presidente que no sólo generó agudas controversias durante las elecciones, sino que también dividió profundamente a su país.

Me gustaría poder decir que en todos los casos en que un político pragmático hace promesas imprecisas las incumple. Con Donald Trump corremos el riego de que sus propuestas, las más desquiciadas, las intente llevar a la práctica.

Por ahora, quien encabezará al poder ejecutivo de la primera potencia mundial del siglo XXI, ha logrado generar un clima de encono y zozobra en diversas latitudes del planeta. Sin duda esta nueva realidad pondrá en tensión a los sistemas políticos, económicos y sociales globalmente. No seremos la excepción. Debemos prepararnos para ello.

Es lamentable observar que, en contraste con esta situación, hubo un tiempo en el que personas de talla superior gobernaban en diferentes latitudes. Con independencia de sus afinidades políticas, representaban una clase política profundamente sensible a sus responsabilidades morales y sociales. Fue el caso de Winston Churchill en la Gran Bretaña quien solía decir: “El problema de nuestra época consiste en que sus hombres no quieren ser útiles,  sino importantes”.

Coincido con él. La política se está convirtiendo, cada vez más, en el modus vivendi de personas que carecen de valores y de vocación por el servicio público. Se puede tener diverso origen o trayectoria, tener o no experiencia política previa o soporte partidista, y aún así actuar con base en fundamentos de ética pública. En política, en su sentido primigenio, es necesario encontrar el equilibrio virtuoso entre principios y pragmatismo.

@jsc_santiago
www.javiersantiagocastillo.com

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