La Virgen de Guadalupe: entre la fe y el patriotismo | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Jueves 26 de Enero, 2017

La Virgen de Guadalupe: entre la fe y el patriotismo

Cuando Fray Servando Teresa de Mier armó un escándalo, en 1794, al afirmar que la guadalupana ya era adorada en estas tierras antes de la conquista, sólo agregaba un eslabón más a la larga historia de sucesos donde la religión y la política se entrelazaban. La presencia e influencia de la virgen morena en la vida nacional rebasa con mucho el mero ámbito de las creencias.

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E s tal el peso simbólico de la virgen de Guadalupe en la vida de  los mexicanos, que en torno a su culto se han dado, durante siglos, maniobras políticas, conspiraciones y algunos escándalos. Al mismo tiempo, se convirtió en un elemento importantísimo en la construcción de la identidad novohispana, que al darse la independencia, heredó a los mexicanos. Ineludiblemente, es un asunto de fe que se manifestó en muchos momentos de la historia nacional, incluso en coyunturas que, en la lectura del país laico que hoy somos, resultan, cuando menos, llamativas.

Hubo ocasiones en que la fe en la Guadalupana se empleó como bandera política. Su solo nombre, impuesto en la pila bautismal a algunas recién nacidas,  era la señal de que sus padres amaban estas tierras a pesar de venir del otro lado del mar, dijese lo que dijese la corona española.

EL PRIMER MILAGRO

La tradición católica cuenta que catorce días después del estampamiento de la imagen de la Virgen de Guadalupe en la tilma del indio Juan Diego, El 26 de diciembre de 1531, ya estaba lista la iglesia que la señora del cielo había pedido. Para ese entonces, la imagen ya había tenido dos casas: primero, el palacio obispal de Fray Juan de Zumárraga, y luego la iglesia mayor de la ciudad, que en los años siguientes se convertiría en la catedral.

Lo más probable es que el templo levantado en las faldas del cerro del Tepeyac haya sido pequeño, más bien una ermita, en vista de la rapidez con que la construyeron. En la procesión que acompañaba a la imagen, armada “con gran pompa”, marchaba un grupo de indios que darían realce a la ceremonia con un simulacro de combate. Una flecha saltó de un arco y se le clavó en el cuello a uno de los indios. La narración, rescatada en el siglo XVIII por Mariano Fernández de Echeverría y Veytia, cuenta que el indio herido cayó al suelo “con grandes alaridos”. Ya lo daban por muerto, y así lo colocaron a los pies de la imagen, y luego le rogaron a la Virgen que lo salvara. Le sacaron la flecha del cuello y el indio volvió en sí, “sin lesión ni herida”, conservando las marcas de entrada de la flecha, para que nadie dudase del prodigio. A la guadalupana le atribuyeron, trece años después, el milagro de frenar una epidemia de cocolixtle –un padecimiento que se manifestaba con fiebre hemorrágica- que cobró 12 mil vidas en  la ciudad de México y sus alrededores.

LA VIRGEN DE LOS NOVOHISPANOS

En esos tres siglos que llamamos virreinato, se fincaron los cimientos de la identidad de los habitantes de la Nueva España que ya no eran indios o europeos. Los criollos, hijos de europeos nacidos en estas tierras y las numerosas castas que habían nacido de la mezcla racial, miraron a la Virgen de Guadalupe como algo propio, tan novohispano como ellos.

La tradición religiosa define las apariciones de la guadalupana como una distinción: “nos hizo igual entre todas las naciones”, afirma. Así, el culto creció y se fortaleció, a pesar de las polémicas de los años inmediatamente posteriores a las fechas que se señalan como de las apariciones, pues el obispo protagonista del portento, Juan de Zumárraga, nada dejó escrito sobre ello, y  lo mismo ocurriría durante años, con la orden franciscana a la que pertenecía Zumárraga.

Así, los criollos de la Nueva España incluyeron entre sus orgullos, la devoción por la Virgen de Guadalupe. Cuando Fray Servando Teresa de Mier pronunció el  célebre sermón que lo mandó al destierro, lo que pretendía era demostrar que la Nueva España no le debía nada a nadie en materia de evangelización, puesto que los indios ya eran adoradores de la virgen mucho antes de que Hernán Cortés pisara estas tierras, y lo que subyacía era el anhelo criollo por alcanzar la independencia.

VIRGEN DE LOS INSURGENTES

Con todos esos antecedentes, no resulta extraño que Miguel Hidalgo, a la hora de buscar un símbolo que uniera a las multitudes que los siguieron cuando llamó a la rebelión en septiembre de 1810, encontrara lo necesario en un estandarte con la imagen de la Virgen de Guadalupe, que tomó del templo de Atotonilco. Los que luchaban por la causa de la insurgencia se acostumbraron a pegar en sus sombreros una estampa de la virgen para que los protegiera, como buena patrona del movimiento.

Cuando Hidalgo cayó prisionero en marzo de 1811, sus carceleros le encontraron un gran escapulario ricamente bordado y que representaba a la guadalupana, y que le había sido regalado por unas monjas.

La Virgen no estuvo, solamente, en los campos de batalla: la sociedad secreta de criollos que impulsaban, con dinero e información, al movimiento independentista, se hizo llamar “Los Guadalupes”,  y uno de los generales victoriosos formados a las órdenes de José María Morelos –devotísimo, por cierto, de la Virgen del Tepeyac-, un joven duranguense llamado José Miguel Adaucto Fernández y Félix, decidió, después de la toma de Oaxaca, cambiarse el nombre, convencido de que la tenacidad de las tropas y la fe en la protectora del movimiento, los llevaría a la victoria. La vida llevó a ese muchacho a convertirse en el primer presidente del México independiente y se le conoce desde entonces como Guadalupe Victoria.

DOS VIRREYES, DOS

Un par de virreyes de la Nueva España, uno del siglo XVIII y otro del XIX, tuvieron un vínculo emocional importante con el culto guadalupano. Uno, el virrey Bernardo de Gálvez,  que gobernó apenas un año, de mediados de 1785 a noviembre de 1786. Cuando falleció –entre fuertes rumores de que había sido envenenado-  su esposa, una joven criolla francesa, Felícitas de Saint Maxent. Estaba embarazada. Dio a luz, poco después, a una niña que fue apadrinada por el Ayuntamiento de la ciudad de México y a la que pusieron por nombre Guadalupe.

El otro virrey vivió en el siglo XIX: era nada menos que Félix María Calleja del Rey, militar de carrera que se convirtió en el gran enemigo de los independentistas. Calleja vivió en la Nueva España más de 20 años y se casó con una criolla novohispana, Francisca de la Gándara –la única “virreina mexicana”—y también tuvo una hija que se llamó Guadalupe. En el caso de Calleja, hubo muchos rumores, según los cuales, el tiempo pasado en la Nueva España, lo habían convertido en un simpatizante, embozado, de la independencia.

LOS LIBERALES ERAN TAMBIÉN GUADALUPANOS

El choque brutal que significó la Reforma liberal, le creó, a quienes la promovieron, una gran fama de ateos, Benito Juárez el primero. Pero lo cierto es que aquella generación era creyente y Juárez mostró su deferencia al guadalupanismo cuando, al fijar el calendario oficial de días de descanso, conservó el 12 de diciembre como asueto oficial de un gobierno laico. Después, al iniciar la nacionalización de los bienes eclesiásticos, dio orden de “respetar el santuario de Guadalupe”. 

Guillermo Prieto le escribió poemas pidiéndole protección contra el invasor francés. Ignacio Altamirano miró más lejos: aseguró que la Virgen de Guadalupe era, a fines del siglo XIX, parte indispensable de la identidad nacional.

historiaenvivomx@gmail.com

 

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