Aprendiendo a vivir - Fernando de las Fuentes | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Jueves 26 de Enero, 2017
Aprendiendo a vivir | La Crónica de Hoy

Aprendiendo a vivir

Fernando de las Fuentes

Sentir antes de comprender

Jean Cocteau

En el mundo moderno podemos saber prácticamente cualquier cosa a través del invento más revolucionario de la historia de la humanidad: internet. Cosas que pueden cambiar nuestras creencias o reforzarlas, modificar nuestras decisiones y forma actuar.

Pero nunca hemos sido tan ignorantes, porque seguimos sin saber vivir. Ni siquiera hemos entendido que este aprendizaje en particular es el más importante de todos. Es el despertar de la conciencia.

Aprender a vivir es algo que nada ni nadie puede enseñarnos, aunque pueda orientarnos y asistirnos en el proceso. Es un camino individual, porque requiere que cada uno sepa, por sí mismo, quién es realmente. 

Lo básico para aprender a vivir es que conozcamos nuestra geografía interior, empezando por distinguir entre emociones y sentimientos, relacionándolos  después con nuestra historia personal, el propio cuerpo, el entorno familiar, cultural  y temporal.

Así es, emociones y sentimientos no son lo mismo. Las primeras son olas, frecuentemente embravecidas, que nos hundirán si dejamos la nave de la vida al garete. Son poderosas, pero no son el mar. Los segundos son las corrientes submarinas, las que dan sostén y equilibrio a la verdadera vida.

Las emociones son cambios súbitos de humor, que se nos pasan en minutos u horas, pero de intensificarse, embravecerse, se convierten en pasiones, que pueden durar de semanas a años. Los sentimientos son estados afectivos profundos, perenes, ligados a nuestra capacidad de comprender, a la voluntad y a todo aquello que es de vital importancia, como la familia, los amigos, la vocación.

Las emociones están conectadas más al sistema digestivo –donde operan más de 100 millones de neuronas– que al cerebro, y son predominantemente instintivas. La ira, el odio, la alegría, el embelesamiento, el miedo, la vergüenza, la tristeza, la lástima, la culpa y el asombro, entre otras, son emociones. Intensificadas, son pasiones. El embelesamiento, en esta fase, se convierte en enamoramiento.

El fanatismo es la pasión del enamoramiento llevada a personajes, objetos, ideologías o creencias. La pasión también puede llevarnos a la virtud si la enfocamos en actividades creativas, asistenciales, productivas, entre otras.

Cuando hemos vivido con miedos, odios, furias y rencores acumulados durante muchos años, nos hemos estado aferrando a pasiones destructivas, que distorsionan la inteligencia y la conducta. Las olas embravecidas han conducido la nave de nuestra vida durante años. El sufrimiento proviene de este estado morboso, por cuanto causa enfermedad mental y física.

Los sentimientos son el lenguaje del alma, y se alojan en el corazón. Hablamos de amor, generosidad, gratitud, lealtad, empatía, compasión, dolor real, tristeza profunda y varios más que usted descubrirá en su propio mapa interior.

La importancia de esta clasificación es saber que, como distintos en su naturaleza, distintos son también sus efectos. Las emociones tienen por supuesto un objetivo más que útil: protegernos, pero cuando toman el control de nuestras vidas nos roban la energía vital, la estabilidad, la felicidad y, sobre todo, la profundidad. Nos estresan y dan ansiedad. Las emociones son la parte más superficial del ser humano, seguidas por las pasiones, que pueden por su parte llenarnos de obsesiones o de tenacidad. Uno decide.

La vida se vive en las profundidades, en los sentimientos, que a diferencia de las emociones, nos vivifican, nos dan energía y nos tranquilizan; dan sentido a nuestras vidas; son suaves, benévolos y liberadores. Nos hacen inteligentes y refuerzan nuestra voluntad. Nos llevan no a saber, sino a realmente comprender, cualquier cosa.

El problema del mundo es que la mayoría vive en la superficie de su humanidad, en la esfera emocional. Ahí no hay nada qué hacer, más que dejarse llevar. Sentir es un trabajo constante. Requiere valentía porque hay que ser introspectivo, vulnerable y humilde.

Hoy el analfabetismo es sobre todo personal, no sabemos leernos ni describirnos ni escribirnos a nosotros mismos. Nos autocategorizamos y autoclasificamos pensando que con eso sabemos quiénes somos. Transcurrimos en lugar de existir.

(Militante del PRI)

delasfuentesopina@gmail.com

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