De Sangre y Voluntad - Fernando Trinidad Reyes López | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Jueves 26 de Enero, 2017
De Sangre y Voluntad | La Crónica de Hoy

De Sangre y Voluntad

Fernando Trinidad Reyes López

Dedicado a Rebeca Reyes

Perdí tres litros de sangre y casi diez kilos. Estuve por debajo de los cinco niveles de hemoglobina. Unos pasos más y ahí me quedo. Los mareos y la taquicardia salvaron mi vida (¿acaso tienen que ver las emociones?), pues éstos fueron la señal para que me mandaran de inmediato a urgencias del 1º de Octubre. Mi corazón agitado no era el problema real, sino el color transparente de mi piel. Ya dentro del hospital descubrieron, vía oído y tacto, que estaba perdiendo sangre. Las posibles causas: una úlcera provocada por gastritis u otro bichito en el colon de esos que deterioran las células y cuyo nombre no quiero acordarme; o el cortisol que, combinado con la adrenalina, generó tanta acidez que elevó mi PH, y no pudo ser descargado a tiempo, hasta quemar mis tripas (¿acaso tienen que ver las emociones?).

Tipo sótano y una luz que no permite vislumbrar si es de día, tarde o noche, el hospital fue mi guarida por tres días, oyendo los gemidos de la muerte cada seis o doce horas dentro del cuerpo de doña Chonita o don Raúl, cuyos deudos hacían más tétrica la llegada de la huesuda. La vulnerabilidad en todo su esplendor. Tiempo de recogimiento, de reflexión, de genuflexión, de asirse a lo que sea, a quien sea, de prometerse, de agarrarse a la vida, para amarla, para cuidarla por encima de todo, ¡tamaña tautología!

Vi volverse loco a don Gerónimo quien llegó solo, estuvo solo y se quedó solo gritando “¡auxilio, ya déjenme ir, auxilio, me tienen secuestrado!” Entre las camillas, algunas sin colchoneta, separadas por cincuenta centímetros, haciendo cola para el único baño, pasé los dos primeros días sentado en una fría silla de metal, hasta que durante la transfusión casi me quedo en el viaje, quizá me transfundían la sangre de algún buen samaritano o del egotista que ya no quiero ser. Por poco y me voy junto a Fidel. Apañé una cama de una doña que subían a piso convulsionándose, exagerando mi debilidad alimentada de botellas de suero y Omeprazol, pues debían, con todo y mi anemia, mantenerme a dieta hasta sacarme la endoscopía. Picoteadas, saturadas y ponchadas algunas venas, encontraron una virgen para transfundirme la segunda bolsa de B Positivo.

En los tres días, dos visitas alegraron mi existencia y encorajinaron mi fuerza para aguantar tanto olor a muerte y a otras cosas más putrefactas. Mis mañas me permitieron usar clandestinamente los diez niveles de batería de mi celular. Entré un miércoles, se acercaba el viernes y no me habían hecho la endoscopía, pues pretextos había muchos. Presioné tanto, hasta que la llamada influyente por parte de un amigo de mi hermana hizo que aceleraran el estudio, así, el viernes (donde los residentes y pasantes se van de fiesta y llegan de fiesta más accidentados), al filo de la medianoche, pedí mi Alta Voluntaria pues sabía que ahí estaría el fin de semana sin avances ni atención, además ya no había una tercera y necesaria bolsita roja con mi tipo sanguíneo.

Al estilo fugitivo, sin prescripción médica, incapacidad ni medicamentos, salí al frío de la madrugada, con una chamarra rosita de mi hermana, recordando a Oscar de la Borbolla escapando del manicomio y cuando saqué a mi hijo de la cárcel por la puerta trasera. Al día siguiente comí, amorosamente acompañado, un bendito caldo de pollo. Los exámenes siguieron por fuera, gasté más de mi aguinaldo en otra endoscopía y una colonoscopía, ahí el peligro era la anestesia general, con mi aún acentuada anemia y nuevamente a dieta para dichos estudios, la mano y el corazón de mis tres hijas a un lado. Gracias por la oración pedida.

Se cauterizaron algunos pólipos, me sorprendió saber que una úlcera puede recuperarse en cuatro horas, quizá fue un motivo del sangrado, hay que esperar los resultados de cuatro biopsias, si no a auscultar —escuchar— los ocho metros de intestino, o tal vez unas copitas que me tomé —por treinta años— (¿acaso tienen que ver las emociones?). “Al Hacer corresponde la Espera” leo en el Kybalion dentro del Principio de la Polaridad de Trismegisto, mientras espero tantos días en cama, yo tan inquieto e impaciente. ¡Y los que faltan! Los excesos y las sustancias químicas desbordadas pasan la factura, como la que me acaba de llegar vía mail por parte del gastroenterólogo.
Apenas pude ver el video de mis vísceras, qué maravilla nuestro cuerpo y cuánto dejan qué desear nuestros impulsos y descuidos.

Me picoteé de nuevo para saber si ya subí mis glóbulos rojos; ya llegué a casi doce niveles, dice mi hermana que necesito 17. Urge una alimentación rica en hierro, alcalinos y proteína. Me sigo mareando y un poquito más de taquicardia, eso me recuerda que estoy vivo y que tengo que seguir, tengo que calificar a 250 alumnos, amar la carne, la sangre y los huesos, y a quienes están hechos de esas cosas sagradas, continuar mi tesis y clases doctorales, otro doctorado, conocer otros 30 países, hacer una antología de Brasil, y otra de mis alumnas de mi taller de Re-escritura. Al rasguñar y arrancar las vestiduras de la señorita Tánatos no me queda más que vestir de gala, cenar y bailar con mi bella dama Eros, pues, como alguien que amo, me recuerda las palabras del buen misógino Mr. Chopen: “Voluntad de vivir”. Ésas son las palabras, la praxis requiere un poco más de sangre y ésta un poco más que un motor inmóvil: los besos, el sabor, los abrazos, la voz, el aroma, las miradas.

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