Incivilidad pone en jaque ascenso ordenado en el Metro | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Jueves 26 de Enero, 2017

Incivilidad pone en jaque ascenso ordenado en el Metro

En horarios con poca afluencia respetan las filas que estableció el Sistema de Transporte Colectivo para el ingreso a vagones; sin embargo, en horas pico impera el desorden

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"¡Permita el descenso!, ¡permita el descenso!”, grita el oficial mientras se detiene el Metro en la estación de Balderas. “Manténgase en la fila, por favor, ¡permita el descenso!”, continúa y se abre la puerta. Los usuarios rompen la fila y se amontonan frente a los pasajeros que a empellones intentan bajarse.

Todo esto a pesar del proyecto piloto aplicado en la estación, el cual pretende poner orden en el descenso y ascenso de pasajeros, algunos de los cuales les importa un comino el proyecto. Pocos atienden las señales. Pocos tienen tiempo para esperar diez o veinte segundos a que se desocupe parte del vagón.

Son las seis de la tarde y hay filas de tres o cuatro usuarios que voltean hacia el túnel en espera del siguiente Metro. Son minutos de calma en la estación. La mitad del vagón viene vacía y no hay razón para apresurarse. La realidad cambia cuando en la fila hay más de una docena de usuarios. Después de las siete de la tarde, algunos llegan trotando y se apostan en las tres flechas que indican el descenso.

—Oiga, respete la fila del Metro— le inquiere una pasajera a un señor que no respeta la regla piloto.

—¿Cuál Metro?— le responde éste.

—Estamos formados para abordar más fácilmente…— le replica la muchacha y mira a su acompañante, esperando que haga entrar en razón a este hombre que no sabe de orden. El hombre la ignora y se queda frente al espacio en el cual abrirá una puerta.

No sólo algunos usuarios quebrantan el proyecto. En media hora pasan entre cuatro y cinco trenes, la mayoría no se estaciona correctamente: sus puertas quedaron un Metro más allá del lugar indicado. Los pasajeros se miran entre sí, dudan entre hacerse a un lado o lanzarse sobre la puerta. En bola eligen la segunda opción y el policía sólo grita: “cuiden sus pertenencias, carteras y celulares, se han reportado muchos robos últimamente”. La gente se empuja entre sí: unos tratando de escapar, otros anhelando un lugar.

Y el Metro no avanza. Un hombre jala la palanca porque le robaron el celular. Cuatro policías se paran frente a la puerta pidiendo bajarse a dos mujeres y un hombre; en la puerta siguiente detienen a otro. Un hombre de baja estatura sale del vagón señalando que estas personas le acababan de meter mano a la bolsa de su suéter y le quitaron el celular. Las mujeres enfurecidas descuelgan sus bolsas de mano y las vacían a mitad del pasillo. El oficial pide calma en medio de los improperios de una de ellas. Curiosos se amontonan en torno al hecho, las mujeres son revisadas, no encuentran ningún objeto pero el denunciante pide que no las dejen libres.

El lugar vuelve a su rutina.

—Me pondré aquí como persona educada— dice en voz alta un joven darketo que se para en la señal del ascenso. En otra fila los pasajeros quitan a los que intentan colocarse fuera de lugar. Algunos atienden la petición, otros siguen anclados a su instinto de sobrevivencia como para ignorar los ruegos de buen comportamiento. Llega el Metro, el oficial repite su discurso y a empellones unos salen y otros entran: parejas abrazadas, mujeres con niño de la mano, ancianos con bastón, paseantes con maletas, comerciantes con cajas sobre el hombro. Aquí no hay ley más que la acción que se contrapone a preceptos físicos. Todos entran en un vagón si se saben acomodar.

Son las ocho de la noche y haciendo cálculos por hora sólo pasaron nueve o diez trenes, que no se dan abasto por la cantidad de gente que lo usa, gente que no mira en los pasillos el cartel que pide cooperación de todos para mejorar el transporte, ANTES DE ENTRAR PERMITA SALIR, señalando que es una prueba piloto y existe posibilidad de implementarla en otras estaciones.

Los vagones pasan llenos. La gente se amontona frente a las señales y a nadie le importa llevarse por delante ancianas, mujeres embarazadas, niños. Entran y salen. Otra vez alguien jala la palanca. Un oficial pide apoyo para un desalojo. Un gringo baja quejándose de que un joven le arrebató la cartera. Su explicación en spanglish altera a los policías que le dicen: “tranquilo, tranquilo”. El gringo, sobre el que caen las miradas de la gente del lugar, poco caso hace. El oficial lo lleva hacia donde haya un poco de espacio para arreglar el asunto, mientras cinco pasajeros intentan subirse al vagón en busca del lugar que dejó el gringo, aunque este ya no exista, aunque esta muchedumbre apresurada intente cerrarles el paso, aunque sean expulsados, ellos encontrarán ese reducto que los lleve en menos minutos a sus casas o trabajos.

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