Por amor al dólar, de J. M. Servín | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Jueves 26 de Enero, 2017

Por amor al dólar, de J. M. Servín

Por amor al dólar, de  J. M. Servín | La Crónica de Hoy

(Fragmento)

4

Por la calle 138 van y vienen de este a oeste toda clase de condenados al infierno. Día y noche la animan la bulla y las bravatas. En cada esquina, baldío y edificio aban­donado aguarda un cobrador del diablo. De las venta­nas se asoman subnormales, convalecientes, maniáticos y ancianos incapaces de alcanzar la calle por su propio pie; redimidos todos de encierros correctivos, miran aba­jo ansiosos. Las ventanas airean el matriarcado en rulos, útero inagotable de lo que se suele llamar “barrio”. El or­dinario ritmo de vida es un déjà vu de mi adolescencia. La gente aquí vive con los mismos resentimientos y temores de quienes fueron mis vecinos durante quince años en unidades habitacionales, vecindades y cuartos de azotea de la Ciudad de México. Gente pobre y muy pobre entre hampones y viciosos reincidentes.

Todos esos barrios se parecen, son desbarrancade­ros de ilusiones de bienes­tar. El temor que me producen no aminora mi curiosidad morbosa. Es el único estímu­lo que he tenido durante años para regresar a casa y encerrarme a leer. Así aprendí a vivir conmigo mismo. Alexander Avenue cruza la 138. Las esquinas están ocu­padas por una iglesia católica, la estación de policía con la del metro al lado, la torre de un conjunto habitacional y un austero edificio de ladrillos con escaleras de emer­gencia zigzagueando en la fachada. En su planta baja sobrevive un bar irlandés. Dudo que alguna vez los co­chambrosos tréboles de cartón y neón que cuelgan de la vitrina y los muros interiores hayan traído suerte a nadie. Son el fetiche nacionalista de un rubicundo cantinero que surte de cerveza y bourbon a borrachos bilingües.

La iglesia acoge latinos, en su mayoría mexicanos, y a los pocos negros que no son evangelistas, adventistas del séptimo día o musulmanes. La devoción mexicana es tan fuerte que ostenta un mural de su virgen morena en el traspatio y cada 12 de diciembre parte de ahí una pe­regrinación a la iglesia de Saint Patrick en el corazón de Manhattan para cantar las mañanitas a la guadalupana: patrona del regimiento de jornaleros más grande y fer­voroso que se conozca en cocinas, maquiladoras y bode­gas de la Costa Este.

Esas esquinas también coinciden en su culto a la sangre.

Leo murió sólo porque era un viejo achacoso indiferente al peligro. Arrastraba sus pasos sin perder de vista la grieta en la sobrevivencia que se ensanchaba día con día bajo sus pies. Su carro de supermercado rodó contra la banqueta desparramando dos enormes bolsas de plástico negras re­pletas de latas de aluminio, cobijas y ropa térmica. No se necesitaban tres tiros en la caja torácica, pero esto no lo razona nadie al momento de descargar un revólver. Pro­bablemente desde el primer disparo, el enjuto cuerpo del vagabundo dejó de funcionar. Esa tarde había sido blanco de un desconocido que de acuerdo con un testigo ocasio­nal, minutos antes había pasado circulando lentamente como tripulante en un lanchón Ford cuatro puertas por la Willis Avenue y la 138.

Llegué hasta el bulto ensangrentado esquivando las esculturas silenciosas que se observaban desconfiando entre ellas. Al momento de los disparos yo estaba en la tienda comprando cerveza y cigarros mientras platicaba con el abarrotero sobre las peleas sabatinas de box trans­mitidas por un canal de televisión en español. Habíamos cambiado de tema luego de que me pusiera al tanto de un crimen resuelto por un detective de origen dominicano, Robert Nardoza, hijo de unos amigos del abarrotero que habían juntado sus ahorros de toda la vida para comprar una casa en alguna playa de su país.

Las detonaciones, secas y breves, me recordaron las de bolsas de papel infladas para reventarlas con las ma­nos. Luego, algunos gritos histéricos entre el rechinar de llantas. La música proveniente de las ventanas de los edi­ficios cercanos poco a poco se sobrepuso al vacío sonoro que siguió al tiroteo. El abarrotero y yo nos quedamos en silencio mirándonos alertas, luego, sin despedirme, salí a la calle desoyendo las advertencias de precaución. Iba guiado por el flujo de peatones que me rebasaba co­rriendo en dirección al cadáver como instigados por un motín, aventajando a los policías que salieron destapados de la delegación. Como siempre que la muerte se presenta en la calle, los carroñeros llegaron antes que los encarga­dos de prevenirla.

El caso, al menos para mí, estaba cerrado. Fui testigo parcial de otro de los frecuentes crímenes en esa área del Bronx. Nada importaba ya. En adelante el homicidio pa­saría a formar parte de la ficha signaléctica trazada con estadísticas y tablas rasas con las que se prefiguraba la personalidad del barrio. Incluso dudé de que el asesina­to alcanzara lugar en alguna esquina del New York Post. Había muerto un homeless negro en manos de un sicario practicante del cada vez más común drive byshooting. Lo mismo pudo ser por drogadicción, hipotermia o cirrosis. Nadie reclamaría el cuerpo, a nadie le interesó más allá de esos largos minutos en que ensangrentado y contra­hecho, como en un vertiginoso proceso de momificación, esperaba a que una ambulancia se lo llevara de ahí.

A mí me importaba la muerte como una temible adver­tencia de ese vecindario casi inmune a la consternación. Leo rondaba los alrededores desde hacía muchos años. Hurgando entre la basura o mendigando plátanos ne­gruzcos y fofos en la tienda de los caribeños. Su compor­tamiento era común a los vagabundos de cualquier parte: ensimismado y solitario. Muchas veces lo había observado y jamás pude descubrir algo que revelara su pasado o de­talles que lo diferenciaran de otros como él. Nunca lo vi comer, beber o dormir. Nunca lo vi mirar nada ni a nadieen particular. Mientras los camilleros lo conducían al in­terior de la ambulancia y la policía dispersaba a los curio­sos, regresó el cotorreo que mediaba en la frágil tolerancia cotidiana. Asediada por el temor, las diferencias raciales y una pobreza blanda, la apática muchedumbre se dispersó guardando celosa para sí cualquier pista que facilitara el juego del gato y el ratón.

Volví a la tienda por mis Colt 45 y no tuve ningún re­paro en detallar un informe a los abarroteros. Hicimos algunas conjeturas y bromas en torno al ambiente en la calle y antes de salir de la tienda ya había olvidado las puntillosas críticas previas a los boxeadores mexicanos. Mi lugar como soplón lo tomó un matrimonio de negros escandalosos que discutían entre sí su particular versión de los hechos chupando sus cervezas frente al mostrador.

En unos cuantos minutos la calle se llenó de curiosos y por todas partes se escucharon voceríos como si la gente hubiera despertado de un sueño pesado mientras ocurría algo interesante. El borracho, la enferma que exige li­mosna afuera de las tiendas, el bravero, el asustadizo, el chulo y el taimado rodearon al cadáver mientras hacían comparaciones con otras tragedias locales. Se empujaban, señalaban e incluso reían. Llegamos todos aquellos que buscamos que la vida nos dé algo diferente de qué hablar.

 

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