Las posadas y el teatro evangelizador - Carlos Villa Roiz | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Jueves 26 de Enero, 2017
Las posadas y el teatro evangelizador | La Crónica de Hoy

Las posadas y el teatro evangelizador

Carlos Villa Roiz

ara facilitar el aprendizaje de los indios e inculturizar el Evangelio, los frailes se valieron del arte, pues los indios tenían grandes aptitudes. Aun en el siglo XVIII se decía que los naturales sabían poco de la doctrina y que “solamente les agrada lo ceremonial”.
Las cruces atriales de las iglesias del siglo XVI fueron esculpidas como códices con los símbolos de la Pasión de Cristo o en relación a la vida de algún santo y, así, surgieron nuevos “jeroglíficos” detrás de los cuales se escondía la historia bíblica; así, fueron representados la escalera con la que se bajó el cuerpo inerte de Jesús; el gallo que cantó cuando san Pedro negó a su maestro tres veces; los clavos, la corona de espinas, la picota donde fue azotado, etcétera.
Se construyeron capillas abiertas, respetando la costumbre de los indios de asistir a ceremonias religiosas en espacios al aire libre, y también capillas posas, donde se posaba al Santísimo y se velaban a los difuntos.
Antes de 1535 surgió el teatro evangelizador franciscano que pretendía la integración de los pueblos en torno a la fe y en donde se mezclaba la escenificación con la liturgia, de modo que como parte del argumento se realizaban misas y bautismos; las obras más antiguas son de fray Andrés de Olmos y fray Luis de Fuensalida, y las más conocidas son: El Juicio Final, que les aportaba un concepto nuevo del que carecían las culturas indígenas; la Anunciación, la Caída de Adán y la Adoración de los Reyes, que derivaron en las alegres pastorelas que enseñaron las virtudes de los ángeles, la perversidad del demonio, la pureza de los pastores, el significado de la estrella que anunció en nacimiento de Jesús, la Sagrada Familia, etcétera.
Las posadas surgieron en el Convento de Acolman, en el antiguo Señorío de Texcoco que estaba bajo la encomienda de Francisco de Solís, donde evangelizaron los frailes agustinos, y en donde se rompieron miles de coloridas piñatas llenas de fruta y en forma de estrellas que a través de sus relucientes picos mostraban las virtudes y los pecados. Se fabricaron belenes de distintos materiales y los nacimientos vivientes de cuna franciscana. Se propagaron las procesiones como la de Corpus Christi y posteriormente las peregrinaciones, como la que hacía la gente al Sacromonte, en Amecameca, en las faldas del Popocatépetl, donde después de 1534 estaba la tumba del primer superior misionero fray Martín de Valencia.
El incensario vino a substituir al brasero prehispánico, como el que portaba Huehuetéotl sobre su espalda y se siguió usando el copal que era más fácil de conseguir que el incienso.
La pila bautismal, que representaba el inicio de la vida espiritual, hizo que se superara el trauma que implicaban las piedras de los sacrificios, y la teología dio un vuelco desde un dios que exigía sangre humana, por otro que daba la suya por los hombres en una cruz.   
Los barrios fueron adoptando los nombres de nuevos santos patronos a quienes hacían alegres fiestas familiares, en sustitución de aquellos dioses paganos que se adoraban en los calpullis de México-Tenochtitlan. La mayor parte de estos nombres provenían de la Biblia: los Reyes Magos, san Pedro y san Pablo, santa Ana, san Matías, santa Magdalena y san Miguel, y años después se sumaría el nombre de san Felipe de Jesús, primer santo mexicano.  
Las posadas pasaron de los conventos a los barrios, a las vecindades, a las familias y se convirtió en espectáculo en los teatros y la Navidad alcanzó todas las esferas sociales y, por ejemplo, Sor Juana escribió villancicos. Más allá de lo religioso, las posadas forman parte de nuestra cultura y en este sentido, deben conservarse.

 

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