Son más los que se creen buenos - Fernando de las Fuentes | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Jueves 26 de Enero, 2017
Son más los que se creen buenos | La Crónica de Hoy

Son más los que se creen buenos

Fernando de las Fuentes

Si alguien busca un cubo para echar su basura, procura que no sea tu mente

Dalai Lama

Las malas personas pululan en el mundo... con la firme creencia de que son las buenas. Desde su autoerigido pedestal juzgan a los demás como tontos, débiles, hipócritas, traicioneros, egoístas; exigen, amenazan, invalidan, descalifican, fuerzan y manipulan para salirse con la suya, porque aseguran tener la razón.

Las verdaderas personas buenas escuchan, consuelan, orientan, empatizan, estimulan, toleran, aceptan; dudan sobre si están en lo correcto, admiten y corrigen de ser necesario; no critican y nunca tratan de imponer su punto de vista.

A las primeras las conocemos como gente tóxica: son todo aquello de lo que acusan a los demás; a las segundas podríamos llamarlas gente sanadora: son todo lo bueno que ven en otros.

Las tóxicas tratan de controlarnos, inoculándonos miedo y haciéndonos sentir inferiores, culpables, torpes, fracasados, inadecuados, errados, para sentirse bien consigo mismas en comparación con nosotros. O nos hacen sufrir como ellas para equilibrar su balanza de la justicia.

Las sanadoras nos guían para encontrar lo que nos debilita y lo que nos fortalece, potencian nuestras cualidades; despiertan en nosotros nuevos intereses; nos escuchan y contienen cuando nos sentimos mal; comparten su experiencia personal confiados, francos y transparentes.

Las tóxicas no terminan de irse nunca, a menos que pongamos distancia definitiva, pues se alimentan de nuestra energía. Las sanadoras, aunque se vayan, siempre están presentes cuando las necesitamos, compartiendo su alma.

El mundo estaría mucho mejor si esta maniquea clasificación campeara, porque sabríamos de dónde a dónde ir. El problema es que la mayoría de los seres humanos somos y actuamos ambos polos, negro y blanco, acompañados de una amplia escala de grises.

Si estamos junto a gente tóxica y no nos hemos dado cuenta, o ya lo hicimos pero no podemos salir de la relación, es que en nosotros hay también algo de tóxico que nos permite continuar en esa zona de confort donde podemos evitar  la incertidumbre del cambio.

Así que podríamos ver la otra cara de la moneda de nuestro epígrafe: si estamos buscando un cubo para echar nuestra basura, procuremos que no sea la mente de otros.

Casi nadie se salva de hacer sentir culpable, inadecuado, equivocado o insuficiente a otro para manipular la situación en su favor; de maltratarlo verbalmente o de excusarse, mentir y ser ambiguo para controlar una relación, arrogándose la experiencia, el conocimiento y la razón, pero sin una auto observación y sin un reconocimiento verdadero del ser del otro.

El tóxico no se da cuenta que es tóxico, especialmente el llamado pasivo agresivo, ya que el neurótico, el chismoso, el autoritario, el psicópata, el maltratador verbal o físico y el descalificador pueden, por sus acciones, quedar expuestos ante los demás, primero, y ante sí mismos, después.

El pasivo agresivo, por omiso, es el tóxico más dañino. Pasa inadvertido largo tiempo. He aquí algunas de sus actitudes: ambigüedad, olvidos frecuentes, tardanza crónica, ineficiencia intencionada, postergación; resentimiento, hostilidad o enfado silenciosos; sarcasmo, resistencia mediante excusas y mentiras,  fomento del caos, miedo a la intimidad, la autoridad y la competición.

Sí usted se relaciona con gente así, en algún grado es gente así. El primer paso es  reconocer la intoxicación. Después habrá que romper o dejar de establecer esas relaciones para ir eliminando la toxina. Podrá entonces ver en usted aquello de lo que acusa al otro. No querrá entonces otra cosa que cambiar.

El camino de la evolución humana va del negro de un egoísmo venenoso en el que somos incapaces de relacionarnos incluso con nosotros mismos, al blanco de la conciencia de colectividad en el que podremos encontrarnos y conocernos a través de los otros, aunque históricamente hayamos pensado lo contrario, es decir, que el egoísta sólo está con él mismo y el que ve por los demás no puede estar consigo. De esta errónea creencia está hecho el limbo espiritual.


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