Practica a diario en la pista de hielo chilanga; lo llaman Javier y es indigente | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Jueves 26 de Enero, 2017

Practica a diario en la pista de hielo chilanga; lo llaman Javier y es indigente

Lleva cuatro años visitando la atracción navideña y patina por lo menos dos veces al día

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Javier, nombre que le fue impuesto, espera con ansias la llegada de la época decembrina. Él es uno de los capitalinos que visita con mayor frecuencia la pista de hielo instalada en la Plaza de la Constitución… y es indigente.

Dice con orgullo que no ha faltado ni un día durante las temporadas navideñas de los últimos cuatro años; y lo confirman los encargados de las atracciones.

El hombre de 35 años vive en la calle, específicamente en un puente peatonal de la avenida Ticomán, en Gustavo A. Madero; se gana algunas monedas ayudando a locatarios y microbuseros en el paradero de Indios Verdes. Conseguir unos pesos le toma tiempo, pero aún así se da sus escapadas para practicar patinaje sobre hielo hasta dos veces al día.

Algunos jóvenes que integran el Instituto de la Juventud (Injuve) y que trabajan en los turnos diferidos durante el día, lo ubican perfecto; ellos le pusieron el nombre de “Javier”, para que pudiera tener acceso a la pista de hielo y disfrutara del patinaje durante 50 minutos.

“El señor que viene en situación de calle no sabe leer ni escribir y para poder acceder a la pista se necesita firmar el boleto de acceso por lo que nosotros lo nombramos Javier”, contó Patricia Rivera, encargada de cuidar las filas.

Quienes ya lo conocen cuentan que el indigente se forma puntualmente todos los días; primero a las 10:00 de la mañana y más tarde a las 14:00, a veces se forma también a las 17:00 para patinar por última vez en el día. Debido a la mala alimentación e higiene, situaciones propias de su vida en la calle, le hacen falta todos los dientes, todos menos uno; aún tiene un colmillo que se asoma al sonreír alegremente por lograr tener de nuevo entre sus manos el boleto de acceso a la pista.

“Todos los días vengo a patinar porque me hace muy feliz”, platicó el hombre esbozando una gran sonrisa sin importarle la falta de sus dientes.

Unos pantalones de mezclilla, una camisa de algodón color gris y un par de zapatos negros de vestir ya desgastados, son su mejor atuendo y, según él, el más apropiado para asistir a patinar, pues así es como Javier se siente guapo.

No importa qué tan largas sean las filas para obtener el boleto de acceso, Javier siempre está ahí, esperando ansioso en llegar a la ventanilla para “firmar” su papel.

No sabe leer ni escribir y los jóvenes le explicaron que su mejor firma podría ser una simple X, una rúbrica conformada por un signo con el fin de que logre constar la entrada del hombre a la atracción.

Feliz muestra su papel firmado, baila, se tambalea, camina de un lugar a otro o cuando se cansa simplemente se sienta en las bancas para esperar a que dé la hora para entrar al blanco y frío piso.

“Ayer me caí y me dolió, pero eso no me importa porque me divierto y me gusta sentir el agua”, gritó visiblemente emocionado.

PATINAJE. Los mismos jóvenes y hasta los trabajadores dentro de la pista de hielo ya ubican a la perfección a Javier y al verlo entrar con sus patines y deslizarse por el hielo, los auxiliares y elementos del Escuadrón de Rescate y Urgencias Médicas (ERUM), se acercaban a él para saludarlo efusivamente y darle aliento debido a su excelente forma de patinar.

Como ya sabe qué hacer y cómo manejarse por el largo piso blanco, Javier es uno de los pocos asistentes que entran a la pista sin titubeos y con una velocidad impresionante, reía, gritaba y hablaba consigo mismo para motivarse y continuar con su diversión.

De vez en cuando se tambalea y se estrella en las paredes porque aún no sabe frenar, pero los auxiliares están siempre dispuestos a explicarle cómo frenar sin lastimarse.

La emoción lo impulsa a intentar alcanzar una gran velocidad y frenar como le explican los trabajadores y, tras varios intentos fallidos y con su pantalón mojado por el hielo derretido por el sol, Javier logró frenar sin caerse.

Después de su gran logro no pudo evitar bailar y reír incansablemente para patinar con una velocidad aún mayor.

El hombre se acercaba a las gradas y saludaba a los espectadores con alegría, como si todos lo conocieran y estuvieran ahí para verlo sólo a él. Y aunque la gente no le respondía los saludos, él sólo sonreía y avisaba que regresaría.

A pesar de que él se divertía, la gente lo veía de mala gana o se tapaban la nariz al pasar a un costado, pues su olor penetraba de tal manera que era imposible disimular. Finalmente a él no le importaba en lo absoluto o sencillamente ya no le interesa o ya se acostumbró.

HISTORIA. Al preguntarle sobre su historia o el por qué terminó viviendo en la calle, Javier, se niega a contar relato alguno. Baja y menea la cabeza negativamente para después poner cara de tristeza.

Sólo se limita a platicar que su hogar es debajo de un puente en Indios Verdes, ahí “lava” su ropa e intenta asearse, se peina y se arregla para encaminarse al Zócalo de la Ciudad de México al menos en la época decembrina. Además de agregar casi inaudiblemente que su edad es de 35 años.

 

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