¿Adiós al orden liberal-democrático? - Francisco Báez Rodríguez | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Jueves 26 de Enero, 2017
¿Adiós al orden liberal-democrático? | La Crónica de Hoy

¿Adiós al orden liberal-democrático?

Francisco Báez Rodríguez

El año que termina tiene visos de ser axial. Uno de esos en los que está terminando un ciclo y abre otro. El ciclo que se está abriendo parece particularmente ominoso.

A nivel mundial, 2016 fue el año de atentados yihadistas en Europa, de la práctica destrucción de Siria, convertida en territorio de enfrentamiento de potencias y culturas. Fue el año del Brexit y el avance populista en muchas naciones. Fue, sobre todo, el año en que Estados Unidos eligió a Donald Trump como presidente. Puede ser el año en el que el antiguo orden liberal-democrático empezó a saltar en pedazos.

Hay dos datos que nos indican que las cosas han cambiado radicalmente. Uno, que Angela Merkel y Alemania son considerados como los nuevos líderes del mundo libre... y es Obama el que lo dice. Otro, que el nuevo campeón del liberalismo en el comercio internacional es la República Popular China.  Como quien dice, la cosa está que arde y la Vírgen se llama Juana.

Podríamos hacernos patos, y decir que –en este contexto de transformaciones– México sigue lopervelardiano: fiel a su espejo diario. Nos estaríamos mintiendo. Y, si lo nuestro es la toma de decisiones, también nos estaríamos engañando.

Hay muchos elementos inerciales en la sociedad mexicana que podrían hacernos caer en el engaño de que aquí adentro no pasa nada, y que todo el relajo es externo. El problema es que ninguno de estos elementos –el escaso dinamismo de la economía, la persistencia de la violencia o la de los rituales de la clase política– trae consigo elementos de cambio positivo. Todas estas inercias, en cambio, abonan a deterioro del estado de cosas y, por lo tanto, a las posibilidades de una crisis mayor.

A la hora de hacer un balance de las principales noticias nacionales que se sucedieron en el año, habrá algunas espectaculares y contradictorias (por ejemplo, que al éxito de la recaptura del Chapo Guzmán, que tuvo visos de telenovela, haya seguido el éxito rampante de las telenovelas de contenido narco), pero hay dos que probablemente tengan mayor relevancia a la hora de verlas con perspectiva: una es el resultado de las elecciones intermedias; la otra, la baja sin precedentes de la aprobación presidencial en las encuestas de opinión pública.

Las elecciones intermedias significaron un fuerte batacazo para el PRI, que perdió muchos de sus estados-bastiones. Pero hay que verlas por encima de las siglas partidistas: lo que primó fue el voto de castigo hacia los gobernantes en funciones, que fueron percibidos por los votantes como alejados de la vida cotidiana de la gente y de sus necesidades. Eso explica, por ejemplo, el triunfo priísta en Oaxaca.

La percepción de que los gobernantes no toman en cuenta a la población y de que se han convertido en un estamento separado ha sido, precisamente, el principal combustible de la ola populista en curso en el mundo. Esa percepción no se cambia con los viejos discursos ni con campañas publicitarias ni siquiera con un uso profesional de las redes sociales. Se cambia estando cerca de la gente. Es lo que no ha sucedido y está difícil que suceda.

El caso más emblemático es el sucedido en Veracruz, en donde el manejo patrimonialista de los recursos públicos llegó a extremos patológicos. Duarte robó al erario de manera enfermiza, maniobró cínicamente para cubrirse las espaldas y luego huyó, dejando al estado endeudado con prácticamente todo el mundo. La cleptocracia personificada.

Mientras este tipo de demagogos de la vieja escuela pueda llegar al poder bajo los ropajes de la democracia liberal, ésta se verá desprestigiada. Más, si –en la lógica de que lo importante son los partidos políticos y las próximas elecciones– no se pone coto, desde el principio, a comportamientos que señalaban claramente cuál era su ruta (hasta llegar a la ruta de escape).

Claro, ahora con ése y otros gobernadores en fuga, quienes más pierden son el presidente Peña Nieto y su partido. Ahora dependen, para reposicionarse personal y políticamente, más de los errores de la oposición que de improbables aciertos.

La lejanía de los gobernantes, más que cualquier razón económica, está detrás de los vuelcos políticos recientes en el mundo. Pero cuando la economía se entrecruza con la política, y lo hace mal, el coctel se hace más cargado. Es el caso de la relación México-EU en tiempos de Donald Trump.

La malhadada visita de Trump a México, que ayudó al republicano cuando más estaba de capa caída, dejó en claro la enorme vulnerabilidad de nuestras cuentas externas frente a lo que sucede en EU. En 2016 estuvimos obligados a ver cómo el mercado del peso mexicano era usado como termómetro de expectativas políticas, sin que nadie pudiera hacer nada al respecto: ya los mercados especulativos son demasiado grandes como para calmarlos con medidas nacionales. Y a atestiguar cómo el gobierno federal está atado de manos, por razones económicas, a la hora de negociar con EU. Lo peor, que no da la sensación siquiera de querer forcejear para desatarse. El resultado: mayor distancia entre el sentir popular y las gestiones y gesticulaciones oficiales.

Ante los flagelos de la inseguridad, la corrupción y las intenciones económicas de Trump, se preparan una Fiscalía General, un Sistema Nacional y una Modernización-no-renegociadora del TLC. Sonaría todo muy bien, si hubiera percepción de cercanía, si no se temiera que todo terminará resolviéndose en una repartición, por cuotas políticas y empresariales, de puestos y canonjías, para que todo siga igual (es decir, peor). El mercado interno suena muy bonito en los discursos, pero se hace muy poco por reactivarlo.

El ciclo que se abre en 2017 verá a los políticos mexicanos acomodarse y reacomodarse, rumbo a 2018, mientras que la economía tendrá que resistir las arremetidas del trumpismo (hasta la hora de la verdad no sabremos qué tan fuertes: si será sólo amenazante como el Huracán Patricia o devastador como el Huracán Gilberto). En medio de la economía –y de la violencia cotidiana– estará la gente. En esas circunstancias, ni la política tradicional ni la vieja política disfrazada de nueva van a tener éxito. Tal vez sea el inicio de una temporada de sorpresas.


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@franciscobaezr

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