Como una historieta de aventuras, 2016 tuvo a… El héroe y el villano | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Jueves 26 de Enero, 2017

Como una historieta de aventuras, 2016 tuvo a… El héroe y el villano

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Justin Trudeau

Basta echar un vistazo rápido a su cuenta de Twitter para entender que Justin Trudeau no es un político al uso. Junto a su imagen institucional en el perfil, le  vemos saludando a un grupo de niños afroamericanos, y chocando la mano con uno de ellos.

Trudeau, de 45 años e hijo del fallecido primer ministro de Canadá Pierre Trudeau, llegó al cargo tras derrotar a las encuestas y vencer en las elecciones federales de octubre de 2015. Su carisma, amplia sonrisa y buen hacer llevaron a los liberales, a los que lidera desde 2013, a lograr el mayor ascenso electoral en la historia de Canadá, pasando del tercer al primer lugar.

En el control de mandos del país, Trudeau, maestro de formación, se ha destacado por comportarse como un hombre dialogante, razonable y sensible a los problemas del mundo, ayudado, siempre, por un ‘look’ de príncipe de Disney: melena al viento y ojos azules.

Trudeu es un hombre moderno -hasta tiene tatuajes— que no apostó por devolver favores cuando llegó al gobierno y tuvo que elegir a su equipo. Entre sus 16 secretarios seleccionó, por ejemplo, a un aborigen, un miembro de la minoría sij o una refugiada musulmana de origen afgano. “Mi gabinete es como Canadá”, aseguró.

El mundo empezó a dirigir su mirada a Canadá cuando, apenas un mes después de asumir el cargo, Trudeau se plantó en el aeropuerto de Toronto para recibir a los primeros de los 25 mil refugiados de Oriente Medio que se dispuso a acoger. Abrazó a familias, lloró, y recordó que esas personas eran, a partir de entonces, ciudadanos de pleno derecho de Canadá.

Levantó una bandera arcoíris durante el desfile anual del Día del Orgullo gay, y se declaró abiertamente feminista ante el foro de Davos, uno de tantos paraísos del poder heteropatriarcal del hombre blanco.

Además, se ganó el amor de México levantando la exigencia de presentar una visa para viajar a Canadá que impuso su predecesor, el antipático y belicista Stephen Harper.

En un 2016 marcado por el odio, la xenofobia, el radicalismo, las amenazas de levantar muros, las bombas, el autoritarismo, la corrupción y la vergüenza política, Trudeau se ha convertido en un héroe para todos aquellos que queremos ver una política diferente y a unos políticos más humanos.

Rodrigo Duterte

Ante la incredulidad de medio mundo, Filipinas eligió como nuevo presidente, el pasado mayo, a un hombre que asegura haber asesinado a gente con sus propias manos. A un hombre que ha iniciado una salvaje cruzada antidrogas por la vía más truculenta: El asesinato, las ejecuciones extrajudiciales; sembrando el terror en las calles de Manila.

Duterte, de 71 años, fue alcalde durante más de 10 años de la sureña ciudad de Davao, en la cual ya dio muestras de su crueldad y falta de empatía. Allí fue donde aseguró que había matado a drogadictos y vendedores para demostrar a la policía, según dijo recientemente, que si él lo hacía, los agentes no debían tener miedo de arrebatar vidas por su cuenta.

Para buena parte de la población filipina, que lo apoya y ruge en las redes sociales para defender a su mandatario, Duterte es el hombre que acabará con la pesadilla del poder del tráfico de drogas en el país. Sin embargo, para la comunidad internacional son un escándalo las más de 6,000 ejecuciones extrajudiciales y miles más de detenidos y reprimidos que acumula el presidente en su haber en medio año de mandato.

Cualquiera que sea sospechoso de producir, distribuir, o incluso consumir cualquier tipo de droga ilegal, vive bajo amenaza de muerte en Manila. Los relatos son escalofriantes: Sicarios motorizados que echan puertas abajo y disparan a bocajarro a padres de familia. Matones que secuestran a hijos delante de sus familias y los arrojan al rato en la carretera junto a carteles donde les acusan de ser consumidores para mandar un serio aviso a toda la población.

Pero no sólo es eso. Duterte no ha dudado en ponerse en el disparadero internacional insultando a todo aquél que se atreva a cuestionarle. Se atrevió incluso con Barack Obama, a quien llamó “hijo de puta” cuando el presidente de Estados Unidos estaba de gira por Asia y tenía programada una visita a Filipinas. Que canceló raudo y veloz, luego de tildar al mandatario de “pintoresco”.

En seis meses, Duterte ha dividido a Filipinas entre aquellos que viven aterrados por la posibilidad de ser asesinados en cualquier momento por grupos paramilitares y aquellos que se sienten libres de sospecha y creen que pueden vivir en paz en un país sumido en el terror. Obra y gracia de un auténtico villano.

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