2017, la catástrofe que viene - Aurelio Ramos Méndez | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Jueves 26 de Enero, 2017
2017, la catástrofe que viene | La Crónica de Hoy

2017, la catástrofe que viene

Aurelio Ramos Méndez

Catalogado desde sus inicios –en las redes sociales y a nivel global– como un año maldito, el terrible 2016 ya da sus últimas boqueadas; mas es desazonante percatarse de que nada bueno se atisba en el horizonte, si aun antes de llegar con su carga de calamidades el 2017 ha dejado ver su intención de hacer realidad la máxima según la cual todo es susceptible de empeorar.

Aun sin el menor ánimo pesimista, el anuncio de los rudos gasolinazos y el inminente ascenso al poder del deschavetado Donald Trump –por sólo citar dos motivos de angustia– hacen del presente tránsito del calendario un acontecimiento peculiar, que impide abrigar esperanzas en el Año Nuevo. O, peor todavía, que imbuye desaliento incluso en los espíritus más resistentes.

El año que termina empezó marcado como el de la Bestia a partir del ocioso y supersticioso ejercicio de sumar tres veces 666 y agregarle al resultado tres veces seis, lo que da 2016; pero, por si semejante acomodo de número inspirado por Belcebú fuese poco, inició con desgracias al por mayor en todos los ámbitos. Al final, su mote de año maldito se configuró en Twitter como tendencia global más popular.

No es para menos. En 2016 murieron grandes personajes y la guerra causó estragos en diversos puntos del planeta –Alepo como baldón de nuestra época–, mientras en México el año ha discurrido entre escándalos de corrupción y termina con pronósticos de miedo. Como quien dice: ya vimos relampaguear, ahora nos faltan los truenos.

Por duro que suene, no hay motivos para el optimismo. A partir del 20 de enero ocupará el despacho oval de la Casa Blanca el inefable Trump, quien el 21, si debemos creer en sus  amenazas, estará denunciando el TLC. O, en la menos mala de las hipótesis, ordenando su revisión a conveniencia de la potencia vecina. ¡Como si este tratado hubiese sido diseñado para favorecer las otras dos partes contratantes, México y Canadá!

Sobra decir que no ha sido necesario llegar al día después de la asunción del magnate para empezar a resentir las consecuencias de su megalomanía o mesianismo. El sólo anuncio de que colocará el TLC en la picota ha operado como poderoso inhibidor de inversiones. ¿Quién se atreve a producir o hacer negocios en un ambiente de incertidumbre, sin la certeza de que tendrá acceso al codiciado mercado gringo?

La realidad ha demostrado, un cuarto de siglo después, lo que en tiempos de la azarosa negociación del tratado comercial advirtieron no sólo voces sensatas, sino aun el sentido común: el error de poner todos los huevos del comercio en una misma canasta. De, virtualmente, atar el futuro del país al destino del vecino del norte.

Las inversiones a lo largo del sexenio, vale acotar, no han sido precisamente copiosas debido a la animosidad de una élite empresarial ensoberbecida, que desde inicios del sexenio empezó a mirar por encima del hombro al Presidente Peña Nieto y de plano le tomó rencor con la consumación de la tibia reforma fiscal.

Es claro que Trump no podrá hacer todo lo que de modo disparatado ha dicho que se propone. Los poderosos intereses del establecimiento, para muchos de los cuales nuestro país es una mina de oro, condicionarán su actuación.

En todo caso, la sola verbalización por Trump de su enmarañado ideario causa estragos en un país dependiente hasta en su capacidad motriz de los Estados Unidos. Tal como hemos visto por estos días con las inmensas hileras de automotores en las estaciones de gasolina de una decena de estados.

Sin refinerías debido a la incompetencia, corrupción, desidia o entreguismo a intereses foráneos --o todo junto-- de nuestros sucesivos gobernantes, en las últimas tres décadas, a despecho de nuestra riqueza petrolera, los mexicanos dependemos de la gasolina del Tío Sam hasta para trasladarnos a celebrar el Año Nuevo, si éste algo tuviese de festivo.

De acuerdo con el anuncio del equipo de José Antonio Meade, en enero el precio promedio de los combustibles será de 15.99 pesos por litro de gasolina Magna, 17.79 pesos para la Premium y 17.05 por litro de diesel, lo que disparó el dólar a la friolera de 21.05 pesos y ubicó el pronóstico de inflación para finales de 2017 en un optimista 4.3 por ciento.

Es un enigma saber si la escasez de gasolina constituye parte de una estratagema para ablandar el entendimiento de los consumidores, con la finalidad de que el ramalazo del aumento de precios sea aceptado como algo inevitable, o a partir de la máxima según la cual no hay producto más caro que el que no existe. Como quiera que sea, en las gasolineras ya ni siquiera reverbera la fama de competente funcionario con que José Antonio González llegó a Pemex, en febrero del año maldito.

El director de la ahora orgullosa empresa productiva del Estado ofreció en televisión, hace una semana, que en tres días quedaría resuelto el problema de la escasez de gasolina y, como pudo, evitó avalar la versión de que el precio aumentará 22 por ciento a lo largo del atemorizante 2017.

De manera tácita, sin embargo, el director de Pemex convino en que la elevación podría ser de entre 15 y 20 por ciento, porque “las cosas cuestan lo que cuestan” y porque, si bien somos un país petrolero, también lo es --y más grande-- Noruega y allá el precio de la gasolina es dos veces y media más que en México. Nos queda debiendo la información acerca de si los raquíticos salarios mínimos noruegos también subieron 3 por ciento.

Así las cosas, con sólo el descomunal incremento en los precios de los combustibles y la anunciada revisión del TLC –para no hablar de muros, deportaciones ni otros azotes–, y aun sin considerar la calidad, insensibilidad y perversidad de nuestros funcionarios, no se requiere ser Nostradamus para pronosticar para 2017 una catástrofe. Y, por lo mismo, recomendar lo que se pide a los pasajeros de un avión a punto de estrellarse: “ajústense el cinturón y pónganse a rezar”.

aureramos@cronica.com.mx

 

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