Günter Grass: presagio - Antonio Tenorio | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Jueves 09 de Marzo, 2017
Günter Grass: presagio | La Crónica de Hoy

Günter Grass: presagio

Antonio Tenorio

Visión. Magnanimidad. Desciframiento. Advertencia. Todo es rasgo. Aviso. Palpar el presente. Porque el porvenir hay que anunciarlo.

Extispicina. De entre las vísceras el mensaje. Hurgar, primero, para reconocer, después. Porque la menudencia nunca es tal. Yacen ahí las señales sobre el devenir de las cosas. Signos. Alfabeto a cuya decodificación y, por lo tanto, entendimiento, habrán de tener acceso sólo algunos cuantos.

El arúspice hace de su decir, su ciencia. Si en los poetas, “decir es hacer”, en los profetas, su hacer es su decir. Basta poco al adivino de cualquier tiempo, sea el de Babilonia, etrusco, romano o de nuestra era. Crear un vocabulario funcional y asociarlo a las características que se quieren resaltar sobre el objeto descifrado.

En el lejano pasado, “presencia divina”, enlista Raymond Bloch, “apaciguamiento”, “destrucción del enemigo”, configuran para tornar las vísceras en un (seguro) prospecto de futuro. Firme en la creencia de sí mismo, la tarea del adivinador es que ésta se extienda como certeza de los otros.

Una, dos, tres pistas en un hígado, eran suficientes para tornarlas en alocución incontrovertible. No es una parábola lo suyo, es una afirmación apenas revestida de presagio.

Y hay en ello una emoción casi primitiva. ¿Qué viene? ¿Qué se avecina? Saber y hacer saber. Saber y decir que se sabe, haciendo saber a los que han de decir lo que el otro, el arúspice, investido de autoridad en cualquier tiempo, ha dicho.

Tiempos hay, deja ver Günter Grass en su novela Malos presagios, en los que todo parece confabular para que los sujetos busquen más allá de la valla natural del tiempo y traten de reconciliar, de engarzar, de comprender, aquello que el mundo ha ofrecido y tiene por ofrecer.

A la curiosidad recelosa frente al devenir de los comunes, el profeta convence al que desde antes quería serlo. Para ello, use lo que use, el adivino ofrece una proclividad convenientemente disfrazada de sapiencia. Dice así el personaje principal de Grass, “Mi premonición o, mejor, mi capacidad, muy pronto característica, para ver reflejado el futuro como en un espejo, esperaba ser provocada”.

Al augurio le basta su propia palabra. No necesita pruebas, no requiere siquiera argumentos. Es un pedazo de futuro al que ya el tiempo alcanzará.

Y aunque así no fuere, no importa. Para ese entonces, para cuando ese presente llegue, el profeta ya estará en otro tiempo. El suyo. Inaprehensible, inapelable. Su espejo.

 

* Profesor, narrador y ensayista. Su libro más reciente es Bailar/Volar.

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